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España late con fiebre. Sus órganos internos pelean entre sí, cada región tira para su lado, los idiomas chocan en las esquinas, las autonomías negocian divorcios que nunca se concretan. Debería estar en cama, quieta, curándose. Pero en lugar de eso baila flamenco, cocina como si le fuera la vida, duerme siesta bajo el sol y se levanta a tomar cerveza con tapa gratis. Un cuerpo enfermo que se niega a parar.
Llegué a Barcelona hace años sin entender nada. Vi a Gaudí prostituido en imanes de heladera, comí paella que sabía a trampa turística, me fui creyendo que había visto España. Volví mucho después a caminar el norte: Camino de Santiago desde Irún, luego el primitivo desde Oviedo, hasta Finisterre donde el Atlántico te recuerda que Europa termina ahí. Entre lluvia vasca y niebla gallega entendí que este país habla en cuatro idiomas oficiales porque nunca terminó de decidir qué es.
Pero lo extraordinario no fueron las fracturas, sino cómo la vida las atraviesa. En Euskadi me adoptaron desconocidos que compartían sidra y hablaban de independencia sin rencor. En Asturias subí montañas con peregrinos que olvidaban sus nombres al tercer día. Dormí en albergues donde los pies ajenos olían peor que los míos y nadie se quejaba. En Galicia, el pulpo a feira y el Albariño helado curaban las ampollas del camino.
Después vino Andalucía, mi debilidad. Sevilla hierve pero sus patios esconden frescura y azahar. Córdoba guarda su Mezquita como prueba de que la convivencia fue posible. Granada transpira versos árabes en la Alhambra mientras vende helado de pistacho a turistas. El sur duerme siesta como nosotros en Argentina, la cerveza viene con tapa incluida, la gente habla despacio porque el calor no perdona prisas y nadie te apura porque apurarse es de extranjeros tontos.
Madrid intentó ser capital de todo esto. Lo logró a medias, pero compensa con museos que rivalizan con cualquier ciudad europea y noches que no terminan nunca.
Caminé esos senderos hasta reventar. Comí en sus mercados, dormí en sus albergues, me perdí en sus calles. Y en cada lugar encontré lo mismo: un país que debería haberse desintegrado hace décadas pero se mantiene vivo a pura inercia, vino tinto y cabezonería. Lo que sigue es mi intento de descifrar esa supervivencia.
Leer Historia de EspañaCapital: Madrid
Población: 47.5 millones (2023)
Idiomas: Español (oficial), además de lenguas cooficiales como el catalán, gallego, vasco y valenciano.
Superficie: 505,992 km² (4º país más grande de Europa)
Moneda: Euro (EUR), 1 USD ≈ 0.91 EUR (aproximadamente; el tipo de cambio puede variar)
Religión: Predomina el cristianismo (catolicismo), pero hay una creciente diversidad religiosa.
Alfabetismo: 98% (aproximadamente)
Educación y sanidad: El sistema educativo y sanitario es de alta calidad y ampliamente accesible. La sanidad pública es gratuita o de bajo coste, y se recomienda contar con un seguro de salud privado si se requiere atención adicional.
Trabajo: La economía española está diversificada, con sectores clave como el turismo, la agricultura, la tecnología y los servicios. La tasa de desempleo ha disminuido, pero sigue siendo un desafío en algunas regiones.
Deporte más popular: Fútbol.
Seguridad: España es generalmente un país seguro para los turistas, aunque siempre se recomienda precaución en las grandes ciudades y áreas turísticas.
Ciudadanos latinoamericanos: Los ciudadanos de varios países latinoamericanos (incluyendo Argentina, México, Colombia, entre otros) pueden ingresar a España sin visa por un período de hasta 90 días, dentro del marco del acuerdo Schengen.
Proceso de entrada:
Requisitos al ingresar:
Enlaces oficiales:
Precios de hostels en las principales ciudades de España:
Barcelona: 30 EUR (todo el año).
Madrid: 25 EUR (todo el año).
Granada: 25 EUR (temporada alta), 10 EUR (temporada baja).
Sevilla: 25 EUR (temporada alta), 12 EUR (temporada baja).
Córdoba: 25 EUR (temporada alta), 8 EUR (temporada baja).
Costa del Sol: Málaga o Cádiz: 30 EUR (temporada alta), 16 EUR (temporada baja). En pueblos más pequeños: 35 EUR (alta), 20 EUR (baja). En Nerja: 50 EUR (alta), 20 EUR (baja).
Ofertas online: Se pueden encontrar diversas y seguras ofertas de hospedaje a través de plataformas online.
Cómo funciona el Camino de Santiago:
Albergues gratuitos o por donación en casi todas las paradas, con desayuno incluido. Hostales desde 15-40 EUR. Albergues por orden de llegada, algunos permiten reservas en la app "Buen Camino".
Albergues municipales gratuitos por orden de llegada. Hostales: 15 EUR. Consulta la app "Buen Camino" para más detalles.
Albergues por orden de llegada. Hay un grupo de cinco albergues que te ofrecen cena, desayuno y lavan tu ropa por una donación. Funcionan dentro de la organización del camino pero su sistema es diferente. Chequea las localidades en las que están. Son los mejores albergues de toda la ruta. Consulta la app "Buen Camino".
Albergues públicos en Santiago: 10 EUR. En otras localidades de Galicia: 10-15 EUR. En Santiago, se recomienda reservar con antelación. Consulta la app "Buen Camino".
Sevilla - Córdoba:
Córdoba - Granada:
Granada - Madrid:
Vuelos de bajo costo: Existen muchas promociones de vuelos low cost, especialmente si viajas con mochila de mano o carry on. Utilizando aplicaciones de vuelos online, puedes encontrar opciones de vuelos fácilmente.
Madrid:
Barcelona:
Granada y Sevilla:
Córdoba:
Para moverse por la Costa del Sol, la app BlaBlaCar es una excelente opción. Funciona como una plataforma de carpooling, donde puedes encontrar conductores que ofrecen plazas en su coche para viajes interurbanos. Solo tienes que registrarte, seleccionar tu ruta y pagar al conductor de forma segura. Es una forma económica y sostenible de viajar entre ciudades como Málaga, Cádiz y otras localidades cercanas.
En el Camino de Santiago, lo único que necesitas hacer es caminar, pero si necesitas asistencia, siempre puedes tomar trenes o autobuses que conectan las pequeñas y grandes ciudades del recorrido. Estos transportes son frecuentes y te ayudarán a moverte entre las distintas etapas del Camino.
Clima general en España: El clima varía considerablemente según la región. En las costas como Barcelona o el sur, las temperaturas son más templadas. En el interior, como en Madrid, las temperaturas en verano pueden ser extremas. Las mejores épocas para viajar a la mayoría de las regiones son en primavera (marzo a mayo) y otoño (septiembre a noviembre), cuando las temperaturas son agradables y los precios más bajos.
Es mejor evitar el verano debido a los precios elevados y la gran afluencia de turistas. Lo ideal es visitarla en primavera (marzo a mayo) y otoño (septiembre a noviembre), cuando el clima es más suave y los precios más razonables. Sin embargo, hoy en día la ciudad es cara durante todo el año.
En verano las temperaturas pueden superar los 40°C, pero los precios bajan debido a la menor afluencia de turistas. Sin embargo, la mejor época para visitar Madrid es en primavera (marzo a mayo) y otoño (septiembre a noviembre), cuando el clima es mucho más agradable. Por costo: Verano. Por clima: otoño y primavera.
La mejor época para visitar Granada es en primavera y otoño, cuando las temperaturas son agradables y el clima es ideal para recorrer la ciudad. Verano puede ser muy caluroso, y los precios suelen subir en esa época. En invierno, las temperaturas pueden ser frescas pero son soportables. Por costo: Verano. Por clima: otoño y primavera.
Primavera y otoño son las mejores épocas para visitar Sevilla. Durante el verano, las temperaturas pueden ser extremadamente altas, por lo que se recomienda evitarlo si no toleras el calor extremo. Por costo: Verano. Por clima: otoño y primavera.
En mi experiencia personal, el mejor momento para hacer el Camino de Santiago es entre mayo y junio, cuando el clima es fresco por la noche, las lluvias son mínimas, y las temperaturas son agradables durante el día. Además, si tomas un día de descanso, puedes disfrutar de la posibilidad de darte un baño en el mar.
Otra época recomendable es en septiembre y octubre, cuando el clima sigue siendo suave y la afluencia de personas no es tan alta. En cambio, julio y agosto deben evitarse por las altas temperaturas y el número masivo de peregrinos.
En invierno (diciembre, enero y febrero), los albergues públicos suelen estar cerrados, lo que hace que esta época no sea la más adecuada para hacer el Camino de Santiago. Si decides hacerlo en invierno, es esencial verificar las condiciones y disponibilidad de los albergues antes de comenzar.
Telefonía móvil: Las operadoras más económicas en España son Lowi y Pepephone. Puedes consultar sus planes y adquirir una SIM en sus sitios web:
Consejos para el Camino de Santiago:
Explora España con esta guía práctica. Selecciona una ciudad para ver sus lugares clave:
España terminó por cansarme y encantarme en la misma medida. No sé si algún día se entiende del todo; se acepta, se camina, se escucha. Es un país que vive en gerundio: discutiendo, cocinando, celebrando, sobreviviendo. En cada estación algo cambia, pero el pulso es el mismo: la obstinación de seguir siendo pese a todo.
Después de tantos kilómetros, lo que queda no son los monumentos, sino los gestos: la mano que te sirve vino sin preguntar, el vecino que opina como si te conociera, la mujer que barre la vereda mientras canta una copla sin público. Hay un modo de estar en el mundo que no busca aprobación, y eso lo vuelve admirable.
Me fui con la sensación de haber atravesado un territorio que aprendió a vivir con sus contradicciones sin pedir disculpas. El norte me enseñó la dureza; el sur, la calma que se defiende a fuerza de sombra. Madrid me dejó claro que toda centralidad es apenas un intento de equilibrio. En cada lugar, una manera distinta de entender la alegría y el cansancio.
España no es amable ni previsible, pero tiene algo que pocos países conservan: una verdad gastada, vivida. Quizás por eso uno no se despide, solo se aleja un poco. Y mientras el tren se perdía hacia la frontera, entendí que esa intensidad que antes llamé fiebre no era enfermedad, sino carácter. Una forma obstinada —y hermosa— de seguir en movimiento.
Llegué en 2019 sin saber nada. Hice el circuito que hacen todos: bus turístico, Sagrada Familia, Park Güell, foto en La Rambla. Me maravillé frente a los mosaicos de Gaudí mientras cien chinos fotografiaban lo mismo desde el mismo ángulo. Comí paella cara en un restaurante con menú traducido a cinco idiomas. Pagué ocho euros por una cerveza tibia en la Barceloneta. Me fui convencido de que había visto la ciudad.
No vi nada.
La Sagrada Familia me dejó sin palabras, sí. Los vitrales bañando el interior de luz eran obra divina. Pero las colas de dos horas y los treinta euros de entrada me generaron un resentimiento que no supe explicar entonces. El Park Güell era un laberinto de colores donde Gaudí fusionó arquitectura con naturaleza, pero las multitudes pisoteando cada rincón le quitaban magia. La Barceloneta olía más a fritanga turística que a sal marina.
Una noche en el Gótico, borracho de cerveza barata, terminé en el Mariatchi Bar: un antro minúsculo con música en vivo donde la gente bailaba apretada. Soñé con que apareciera Manu Chao. No apareció. Solo quedó el olor a sudor ajeno y tabaco.
Volví en 2024 de casualidad: era la escala más barata desde Buenos Aires. Ya no era turista. Me junté con Poli y Vir, conocidos en Calabria cuando buscaba ciudadanía italiana, y con Augusto, que me había conseguido botas de trekking porque las argentinas costaban el triple. No visitamos monumentos. Caminamos por Gràcia, tomamos cañas en bares de barrio, hablamos de cómo todo había cambiado.
Poli y Vir vivían en el Raval. Me contaron cómo el barrio se había convertido en otra cosa: calles tomadas por gente desesperada, drogadictos tirados en esquinas a plena luz del día, migrantes sin papeles durmiendo en portales. Los alquileres seguían subiendo igual, pero ahora compartían edificio con apartamentos turísticos que rotaban extranjeros cada semana. Llaveros electrónicos, maletas arrastrándose a las tres de la mañana, ningún vecino que durara más de una noche.
El Gótico, que en 2019 me pareció mágico, ahora era decorado. Actores disfrazados de estatuas humanas cobrando cinco euros por foto. Las Ramblas hedían a orina en las esquinas oscuras. La Barceloneta seguía vendiendo la misma paella a precios más altos.
Subimos a Montjuïc al atardecer. Desde ahí, la ciudad brillaba hermosa. Pero Vir soltó algo que me quedó grabado: "Es bonita para mirar. Para vivir, es un infierno".
Los barceloneses se están yendo. No de golpe, sino despacio. A pueblos que antes eran refugio y ahora también subieron porque la gente del centro migra forzada. Los que quedan resisten con contratos viejos o viven amontonados en pisos compartidos, esquivando jeringas en su propia cuadra.
¿De quién es la culpa? Mía también. En 2019 vine a consumir postal sin pensar en nada más. Los propietarios prefieren Airbnb porque ganan en una semana lo que un inquilino paga en un mes. El gobierno aprobó leyes pero las aplica a medias. Y seguimos llegando todos al mismo lugar porque alguien nos dijo que era imperdible.
No sé si hay salida. Limitar apartamentos turísticos, multar especulación, redistribuir visitantes. Pero mientras tanto, la herida sigue abierta.
Aprendí tarde. Ahora elijo rutas que no están en las guías. Pero el daño en esta ciudad ya está hecho. Gaudí sigue brillando, los vitrales siguen filtrando luz. Pero los catalanes se van porque ya no pueden pagar su propia tierra.
Me fui de Barcelona sabiendo que fui parte del problema. Que cada foto que saqué en 2019 sumaba al peso que ahora aplasta a quienes nacieron ahí.
Mientras terminaba de recorrer la Carretera Austral en la Patagonia chilena, entre carpas heladas y fideos con atún, la idea se materializó: quería algo que me rompiera físicamente sin vaciarme el bolsillo. El Camino del Norte, desde Irún hasta Finisterre, sería mi próxima forma de castigo voluntario. Tras una noche en bus desde Barcelona –ahorrar contra los precios de Euskadi era estrategia de supervivencia–, llegué al albergue de peregrinos con la mochila cargada de 15 kilos de dudas mal empacadas.
Un voluntario me señaló Hondarribia: pueblo de murallas del siglo XVI y balcones con geranios que parecían puestos con pinzas. Calles empedradas bajando al puerto pesquero, barcazas azules meciendo redes vacías. En la plaza Mayor, abuelos jugaban cartas bajo los soportales mientras turistas franceses –separados de su país por un río– fotografiaban escudos heráldicos con sus celulares. El olor a marmitako escapaba de los ventanales abiertos. Euskadi no iba a ser fácil de olvidar.
De regreso, una fila de mochilas ultralivianas esperaba frente al refugio: viajeros asiáticos con bastones telescópicos, europeos del norte revisando mapas en papel, una argentina maldiciendo el peso de su secador. Las literas prometían sinfonía de ronquidos, pero esa noche solo éramos diez almas compartiendo historias de otros caminos. El amanecer me recibió con café aguado y tostadas con mermelada. Era gratis, no podía quejarme.
A las 9 AM mis botas pisaban el primer mojón: Lezo, pueblo de caseríos blancos donde las macetas tenían flores más perfectas que en un cuadro de Frida Kahlo. Pasé junto a una sidrería cerrada, su olor a madera fermentada flotando en el aire. Crucé el puente de Santiago sobre el Bidasoa. Un pescador me saludó con un «¡Ongi ibili!». Después supe que significaba «buen camino».
La ruta siguió hasta Pasaia San Pedro, secreto marinero escondido entre acantilados. Para continuar había que tomar una barca que atravesaba la ría: dos euros por cinco minutos entre fachadas color pastel y barcos de pesca varados. El barquero, vasco con boina y piel tostada por años de trabajo, bromeó: «Aquí hasta las gaviotas hablan euskera». En el muelle, niños pescaban caballas mientras abuelas colgaban ropa en balcones que casi se besaban sobre el agua. Comí un pintxo de tortilla en una taberna donde el retrato de Sabino Arana vigilaba desde la pared.
Los últimos siete kilómetros fueron prueba de fuego: subidas empinadas con escaleras talladas en roca. Cada escalón me recordaba que 15 kilos eran 14 de más. En la cima del monte Ulia, el premio: San Sebastián se extendía abajo, su bahía de La Concha abrazada por los montes Urgull e Igeldo. La ciudad brillaba entre palacetes Belle Époque y tabernas donde los txikiteros desafiaban al hígado con chupitos microscópicos.
Pero Donosti tiene su lado oscuro. El hostel que reservé por 30 euros –un robo– canceló mi reserva en el check-in. Tras discutir con el recepcionista que hablaba español como si fuera castigo, terminé golpeando la puerta de una iglesia. El padre Pachi, fanático de la Real Sociedad, me salvó con una habitación de literas vacía. Esa noche, mientras mordía un bocata de txistorra en la Plaza de la Constitución, entendí que el sendero ya estaba escribiendo su propia historia.
El amanecer en Donosti tenía aroma a cafeteras insomnes y croissants cansados de panadería low cost. Salí de la iglesia con el estómago lleno de frutas y una ruta de 20 kilómetros hacia Zarautz. Esta vez solo. Caminé sin compañía, fundiéndome con el paisaje. La senda serpenteaba entre colinas verdes salpicadas de caseríos con tejados rojos, donde el mugido de las vacas competía con el rumor del Cantábrico. Cerca de Orio –pueblo de pescadores donde las fachadas tienen más azul que el cielo–, el trayecto se convirtió en túnel de eucaliptos cuyas hojas crujían como pasos fantasma.
Zarautz emergió tras una curva: playa kilométrica de arena grisácea, surcada por surfistas en neopreno negro que parecían focas rebeldes. El pueblo, aunque pequeño, heredaba los precios abusivos de su vecina. Mi alojamiento –10 euros con desayuno incluido– olía a lejía y esperanza. Dejé la mochila y salí a explorar.
En la calle Mayor, una escena surrealista: militantes del partido de Santiago Abascal montaban su puesto de propaganda ultraderechista. Frente a ellos, una treintena de vascos –estudiantes con pañuelos pro-independencia, abuelas que podrían derribar un toro con la mirada– coreaban «¡Ez eskerrik asko!» («¡No, gracias!» en euskera). Un joven con chaqueta de la Real Sociedad gritó: «¡Esto es Euskadi, no vuestra puta sucursal! ¡Andáis a tomar por culo!». El aire vibraba con cada insulto, cada puño alzado. Cuando les dije «Aupa», una mujer me entregó un pin con la ikurriña: «Eskerrik asko, lagun» («Gracias, amigo»), sonrió, como si hubiera aprobado un examen de humanidad básica.
La playa, fría y desierta bajo cielo plomizo, fue mi refugio improvisado. Mientras el mate amargo combatía el viento, pensé en las contradicciones: cómo un pueblo tachado de cerrado me recibía con una protesta revolucionaria. Al regresar –no sin antes pasar por el supermercado para comprar pasta y atún–, conocí a Andy, un inglés de fe inquebrantable. Esposa lejana, tres hijos en Birmingham, prisa por llegar a Santiago. Me contó su historia apenas nos conocimos. Al día siguiente arrancaríamos juntos, después de un desayuno suculento en el hospedaje.
Andy y yo emprendimos la marcha a las 7:30 AM, mochilas ajustadas y piernas resentidas. Los 26 kilómetros prometían desfile de postales vascas: Getaria, Zumaia, Deba. Tres joyas talladas por el Cantábrico.
Getaria nos recibió con su aroma a txakoli y pescado a la brasa. El pueblo, encaramado en un tómbolo como barco varado, exhibía casas medievales que parecían inclinarse para besar el puerto. Pasamos junto a la estatua de Juan Sebastián Elcano –el primer circunnavegador– que señalaba el mar con gesto de «yo estuve más lejos».
Zumaia nos deslumbró con su teatro geológico: los acantilados de Flysch, gigantescas capas de roca verticales que el tiempo y el mar habían convertido en códice de 60 millones de años. Caminamos por la rasa mareal de la playa de Itzurun –donde se grabaron escenas de Juego de Tronos–, pisando superficies pulidas por siglos de oleaje. Las rocas, estratificadas como páginas de un libro abierto, revelaban fósiles de ammonites y grietas donde el agua rugía como bestia enjaulada. Arriba, el pueblo se aferraba al risco: casas de piedra con contraventanas verdes, la iglesia de San Pedro vigilando desde lo alto, calles empedradas que olían a leña quemada y algas frescas.
Deba llegó con su puente medieval y calles empinadas que ponían a prueba mis cuádriceps. El pueblo, colgado entre montañas y mareas, olía a sidra recién escanciada y algas secándose al viento. En un bar de la plaza, compramos bocadillos de tortilla mientras un abuelo jugaba al mus con furia vasca, golpeando la mesa al gritar «¡Hostias!» cada vez que perdía.
El albergue de Izarbide –una casa de piedra colgada en la montaña– era regentado por Alicia, mujer con carácter de hierro forjado y sonrisa de sidra dulce. «Aquí las normas son como en mi casa: respeto, silencio a las 10 PM, y el que no lava su plato, duerme con las ovejas», anunció mientras nos asignaba literas.
La habitación era un microcosmos: Helena (la coreana de nombre impronunciable y español titubeante), Daniel (sudafricano que fumaba como locomotora y hablaba de rugby como otros de religión), y Manuel (madrileño sesentón que enrojeció cuando dije «El Madrid solo gana con penales inventados»).
La noche fue caos de idiomas: Helena intentando explicar su trabajo en Barcelona con mímica, Daniel cantando himnos de los Springboks, Manuel discutiendo fútbol como si el VAR lo escuchara. Alicia nos sirvió patatas con chorizo, gruñendo «Comed, que mañana subís al infierno». Al acostarme, supe que los vascos –tan tildados de hoscos– eran como sus montañas: ásperos por fuera, pero con verdes valles de hospitalidad dentro.
La cordillera vasca nos recibió con niebla espesa y senderos de piedra resbaladiza. El grupo se dispersó: Andy rezagado buscando señal para WhatsApp, Helena avanzando como metrónomo humano, yo zigzagueando entre hayedos que susurraban en euskera. El trayecto a Ziortza era sucesión de puentes medievales sobre riachuelos furiosos y praderas donde pastores con boina inclinada y mirada de granito saludaban con un «Egun on!».
A medio trayecto, sorpresa histórica: en lo alto de una colina, una placa recordaba que Simón Bolívar, el Libertador de América, tuvo ancestros en este valle. Su bisabuelo, Simón de Bolíbar, nació en una casona cercana. Ironías del destino: el hombre que liberó seis naciones latinoamericanas tenía raíces en estas montañas que, siglos después, aún luchaban por su identidad.
Ziortza emergió como sueño medieval: el Monasterio de Cenarruza, fundado en el siglo X, se alzaba entre robles centenarios. Sus muros de piedra musgosa guardaban silencios de monjes guerreros y peregrinos hambrientos. El refugio, regentado por voluntarios de sonrisa cansada pero cálida, olía a pan recién horneado y cera de velas. La cerveza Xiortza –elixir dorado fermentado en las bodegas del claustro– fluyó como agua bendita. Helena y yo brindamos con cuatro botellas, mientras ella repetía «¡Salud!» con un acento dulce que parecía un brindis a la vida.
La cena fue banquete de legumbres y confesiones: un médico andaluz –cara de Quijote moderno– me habló de Granada como si fuera el ombligo del mundo. «Allí se mezclan las lágrimas de Boabdil con los suspiros de Lorca», dijo, mientras Daniel el sudafricano, rompe pelotas con su pasión por el rugby, intentaba explicar las reglas del juego con un tenedor y un pan.
Esa noche dormí en el comedor convertido en dormitorio. El silencio –roto solo por el ronquido de un peregrino francés– me recordó que hasta en los lugares más sagrados, lo humano persiste. Estas montañas, con su historia tejida de migraciones, me enseñaban que cada paso era diálogo entre raíces y horizontes.
El desayuno en el monasterio fue rápido: café recalentado y pan con mantequilla que sabía a madrugada antigua. Salí a las 6:30 AM, cuando la niebla aún dormía entre los robles. La mañana temprana se había convertido en mi aliada: evitaba multitudes, aseguraba literas y regalaba amaneceres que pintaban Euskadi de melancolía dorada. Ese día caminaría 27 kilómetros hasta Gernika, con parada obligada en Guernica, ciudad grabada a fuego en la memoria colectiva.
Entrar a Guernica fue pisar un lienzo de Picasso hecho realidad. El 26 de abril de 1937, aviones nazis de la Legión Cóndor –aliados de Franco– redujeron la ciudad a escombros en tres horas de bombardeo incendiario. Más de 1,600 civiles murieron, muchos quemados vivos mientras corrían a refugiarse bajo el Árbol de Guernica, símbolo sagrado donde los reyes juraban respetar los fueros vascos. Hoy, ese roble milenario sigue en pie frente a la Casa de Juntas, sus raíces bebiendo lágrimas de tierra.
La ciudad reconstruida es museo al aire libre: en la plaza del Mercado, un mosaico reproduce el Guernica de Picasso en escala real. Las calles, amplias y rectas como cicatrices mal curadas, contrastan con el laberinto del casco viejo original. En el Museo de la Paz, audios de supervivientes relatan el horror: «El cielo se llenó de cruces gamadas y luego… nada». Pero Guernica no es solo dolor: en el frontón municipal, pelotaris jóvenes golpean pelotas con furia ancestral, y en los bares, abuelos juegan al mus bajo fotos en blanco y negro que muestran la ciudad renaciendo de las cenizas.
Almorcé una ensalada de supermercado frente al mercado –Helena mordisqueaba un sándwich picante que le recordaba a Corea– mientras observaba turistas japoneses fotografiando murales antifascistas. Cada grafiti, cada placa, cada mirada de los guerniqueses llevaba el peso de una pregunta: ¿Cómo seguir cuando tu símbolo de paz fue bombardeado?
Si en Guipúzcoa todo huele a Real Sociedad, en Vizcaya el aire es athletizista. El Athletic de Bilbao no es un club: es dogma. Desde 1912, solo juegan vascos –nacidos aquí o con raíces–, política que convierte cada partido en acto de resistencia identitaria. Para mí, la elección fue clara: cómo no admirar al equipo que contrató a Marcelo Bielsa –el Loco que hizo jugar a los leones como posesos– y que en 2016 rechazó al Manchester United porque «el dinero no compra el alma». Mientras caminaba, un anciano con boina me gritó: «¡Athletic, aurrera!» («¡Adelante!»), y supe que en este rincón del mundo, el fútbol también es religión y los milagros se pagan con sudor y orgullo.
El resto fue mezcla de charlas intrascendentes y reflexiones profundas. Le escribí a Ainhoa –la vasca de Bolivia–, pero su visto azul fue más elocuente que cualquier discurso. En Gernika, el refugio público –gratis y espartano– me recibió con literas vacías y una cocina donde preparé pasta con atún mientras escuchaba a dos franceses discutir sobre si esta ruta es más dura que la francesa.
Esa noche soñé con Bilbao: ¿sería el Guggenheim tan imponente como decían? ¿O acaso su fama era otro producto del turismo masivo?
La mañana comenzó con lluvia fina que pronto se convirtió en cortina de agua. Mi mochila –protegida por una funda de plástico de tres euros– se rindió a los cinco kilómetros. Helena y Andy avanzaban como soldados espartanos, mientras yo, empapado hasta los calcetines, maldecía cada gramo de equipaje innecesario. «En Asturias te mando la mitad a Santiago», juré, imaginando mi espalda liberada de siete kilos de ropa seca que nunca usé. El trayecto serpenteaba entre fábricas abandonadas –esqueletos de la industrialización vasca– y grafitis que proclamaban «Euskal Herria ez da Espainia» («El País Vasco no es España») junto a murales del León de San Mamés.
Bilbao me recibió con su skyline de titanes: el Guggenheim, esa nave alienígena de titanio que brilla como moneda falsa, dominaba la ría. Florien –un guía belga que conocí dos días atrás– me había advertido: «Es como un cuadro de Dalí: impacta, pero no sabes por qué». Recorrí sus curvas junto a turistas que fotografiaban la araña gigante de Bourgeois sin entender su simbolismo. El Casco Viejo, en cambio, olía a autenticidad: bares donde los txikiteros escanciaban sidra con precisión cirujana, y el Mercado de la Ribera –techos de hierro forjado– exhibía bacalaos que parecían esculturas.
Subí al Monte Artxanda en funicular –2,50 euros bien invertidos–. Desde arriba, Bilbao mostraba su dualidad: a un lado, el ensanche moderno con boutiques de lujo; al otro, barrios como San Francisco, donde inmigrantes senegaleses vendían paraguas bajo carteles de «Etxebizitza Eskubidea» («Derecho a Vivienda»). Florien tenía razón: «Esta ciudad es un sándwich de jamón ibérico y pan precario».
En el hostel –un cubículo con olor a detergente económico– conocí a Federico, italiano juventino que hablaba de Del Piero como de un santo, y a Lucía, neoyorquina que viajaba con una mochila más pequeña que mi ego. Mientras secaba mis zapatos con el secador de pelo, una alemana rubia me señaló el mate: «En la universidad de Stuttgart tenemos dispensers de agua caliente en las bibliotecas para esto». Me reí: el ritual rioplatense ahora era cultura global, exportado en termos y memorizado en manuales de intercambio estudiantil.
Al día siguiente transitaría mis últimos pasos por Euskadi. Mientras empacaba, pensé en cómo Bilbao encapsulaba la esencia vasca: hierro forjado en museos de titanio y sidra derramada en bares sin pretensiones. Una ciudad que negociaba su pasado industrial con el brillo turístico, como pelotari que juega en zapatillas de lujo pero sigue golpeando la pelota con manos callosas. Me dormí imaginando Asturias –donde los verdes son más salvajes y la lluvia sabe a manzana fermentada–, pero con una certeza: Euskadi ya había tallado sus montañas en mi forma de andar.
Los 18 kilómetros entre Bilbao y Portugalete fueron paseo militar: botas ajustadas, ritmo de metrónomo y lluvia que amagaba sin concretar. Llegué a Portugalete a las 10:30 AM, cuando el puente colgante de Vizcaya –Patrimonio de la Humanidad– empezaba a tragar turistas. Tomé un café en un bar donde el camarero, al ver mi credencial, me ofreció un txakoli gratis: «Para que lleves el sabor vasco hasta Finisterre». Ahí supe que extrañaría este lugar.
Decidí alargar la etapa hasta Pobeña. Los 14 kilómetros adicionales me regalaron vistas de acantilados donde el Cantábrico estrellaba su furia contra rocas con forma de dragones dormidos. Al llegar a la playa de La Arena –arena negra volcánica, aguas turquesas–, corrí hacia las olas como niño en recreo. Helena y Federico ya estaban allí, descalzos y riendo. «¿Viste? Hasta el mar aquí tiene carácter», dijo ella, señalando un cartel que prohibía bañarse por corrientes traicioneras.
En el refugio de Pobeña –antigua escuela convertida en albergue– conocí a Marta y Lia: una madrileña irónica con ampollas del tamaño de uvas, y una neoyorquina que enseñaba filosofía en California. Esa noche, mientras organizábamos las mochilas para cruzar a Cantabria, Federico propuso una estrategia distinta: «Mañana caminamos poco, vemos la final de la Champions y bebemos mucho». Todos asentimos sin debate; por una vez, el plan no era sobrevivir al camino, sino celebrarlo. Helena comunicó que continuaría un poco más y que nos veríamos nuevamente en Loredo.
Me dormí con la certeza de que Euskadi ya era parte de mi piel, y que Cantabria –verde y húmeda como prometía– tendría que esforzarse para igualarla.
Euskadi no me recibió con los brazos abiertos. Me midió primero. En cada subida empinada, en cada precio inflado, en cada mirada de desconfianza inicial. Pero cuando me aceptó –después de gritar «Aupa» en una protesta, de tomar sidra con desconocidos, de respetar sus silencios–, me entregó algo más valioso que cualquier recuerdo: autenticidad sin disfraces.
Caminé siete días entre montañas que guardan memoria de bombardeos y resistencias. Entre pueblos que hablan un idioma sin parentesco conocido con ninguna lengua del planeta. Entre gente que te trata con distancia hasta que demuestras que no sos otro turista de consumo rápido. Y cuando cruzás esa línea invisible, te adoptan. Te dan su cerveza artesanal, te cuentan sus historias sin filtro, te regalan pins independentistas como si fueran medallas de honor.
El Athletic de Bilbao resume todo: un equipo que podría fichar estrellas mundiales pero elige solo jugadores con raíces vascas. Pierden finales, sí. Pero nunca pierden identidad. Eso es Euskadi: un territorio que prefiere ser auténtico antes que exitoso según parámetros ajenos.
Me voy con las piernas destruidas, la mochila todavía demasiado pesada, y la certeza de que estos siete días me enseñaron más sobre resistencia cultural que cualquier libro de historia. Cantabria me espera. Pero una parte de mí ya se quedó en estos montes, hablando euskera sin saberlo, entendiendo que hay batallas que se pelean caminando.
El día comenzó temprano, equipaje cargado y mente llena de sensaciones encontradas. Había dejado atrás el 25% del trayecto, y aunque el cuerpo aguantaba, el asfalto constante empezaba a pasar factura.
Dieciséis kilómetros separaban Pobeña de Santullán, etapa corta pero dura por el pavimento interminable. Mis rodillas y tobillos protestaban con cada paso, y mi mente añoraba los senderos naturales, lejos del ruido de coches y cemento.
Llegué al refugio de Santullán a las 10:30 AM, mucho antes de lo esperado. La señora que gestionaba el lugar me recibió con sorpresa: "¿Ya estás aquí? Vuelve más tarde, el check-in es a las 13:00". Dejé el equipaje y salí a explorar.
Santullán era pequeño y tranquilo, con casas de piedra y calles adoquinadas que parecían detenidas en el tiempo. En un bar cercano, un grupo de locales discutía animadamente sobre la final de la Champions que se jugaría esa noche.
Después de almorzar en la cocina del hostal, pude hacer el check-in, darme un baño y dormir una siesta reparadora. Por un momento, disfruté de la soledad, pero esa paz duró poco. Para las seis de la tarde, el lugar estaba lleno de peregrinos.
Entre ellos estaba Fede, y después de ningunearlo con un "por fin llegaste hermano" nos fuimos a comprar cervezas y vinos para ver la final.
Antes del partido, cenamos en un bar local con una chilena y una belga que también se alojaban. Ambas viajaban solas y compartieron historias fascinantes sobre sus rutas y experiencias. Charlamos durante horas, intercambiando anécdotas y risas. Esos encuentros casuales son, sin duda, uno de los mayores regalos de esta aventura.
El partido comenzó a las 9:30 PM. Nos sentamos frente a un smart TV gigante, cerveza en mano, mientras Marco Reus daba el primer toque de balón. El primer tiempo fue dominado por el Dortmund, pero sin goles. Federico y yo nos miramos: "El Madrid va a ganar", dijimos al unísono. Y así fue. En el segundo tiempo, el Real Madrid despertó y se llevó la victoria.
Solo quedaba descansar, o por lo menos intentarlo, ya que al día siguiente se me presentaba un gran desafío: andar 41 kilómetros.
La noche anterior terminó con mis auriculares ahogando una sinfonía de ronquidos. A las 5 AM, decidí empezar bajo un cielo que parecía taller de joyero: estrellas titilantes, luna menguante, y el rumor del Cantábrico como banda sonora.
El aire olía a sal y tierra húmeda. Tras horas de pasos monótonos, el sol asomó sobre Liendo, un valle donde el tiempo se mide en cosechas. Paré en un bar –mesas de formica, máquina de café de los 80– y pedí un café con leche y una tortilla española. La dueña, mujer de manos encallecidas, la sirvió humeante: "Solo huevo y papa, como Dios manda". Fue una revelación: gruesa, jugosa, con los bordes dorados. Comí como si fuera mi último alimento antes de un apocalipsis.
Liendo es un caserío encajonado entre montañas verdes que parecen pintadas con acuarela, donde las construcciones de piedra con tejados rojos guardan secretos de pastores y panaderos. Aquí no hay semáforos ni prisas: el sonido más estridente es el cloqueo de las gallinas en los corrales.
Cruzar Liendo fue como entrar en una postal de 1950: ancianas con mandiles bordados sacudiendo alfombras, huertos donde las lechugas crecen en filas militares, y un perro callejero que me siguió tres calles como si fuera su deber moral.
Tras Liendo, la ruta serpenteó hacia Castro Urdiales, ciudad que mezcla historia y salitre con maestría. Su iglesia de Santa María –fortaleza gótica del siglo XIII– se alza sobre acantilados donde las olas rompen con furia. Anduve por el paseo marítimo, pasando junto al castillo-faro de Santa Ana, que vigila el puerto desde 1853.
En la plaza del Ayuntamiento, un grupo de abuelos jugaba a las cartas bajo el reloj de sol, mientras turistas fotografiaban la Casa de los Chelines –edificio modernista que parece un pastel de colores–. Compré un pincho de tortilla de bacalao en una taberna con suelo de madera crujiente y paredes llenas de fotos de regatas.
A las 15:30, el sol quemaba mi nuca cuando entré a Laredo. La costa de La Salvé –una lengua de arena de cinco kilómetros– brillaba como un espejo roto bajo la luz del atardecer. El hospedaje, regentado por monjas de hábito azul y sonrisas cálidas, tenía una sorpresa: María, una peruana de Cusco que me recibió con un "¡Hermanito, bienvenido!".
Pasamos una hora hablando de Machu Picchu, ceviche y la Virgen del Carmen –"En Perú, ella es más famosa que Messi"– antes de asignarme una habitación con dos italianos sesentones.
Con Hendrick y Laura (dos alemanes que conocí y que se convertirían en grandes amigos con los cuales hasta hoy en día sigo en contacto), recorrimos el casco antiguo –calles empedradas donde las construcciones blasonadas lucían escudos con leones desdentados– y la costa, donde ellos intentaron nadar sin éxito ya que el agua en esa época del año seguía helada.
Al regresar, el drama comenzó: uno de los italianos roncaba como un motor diésel en plena aceleración. "Es así todas las noches", se encogió de hombros su compañero. Sin pensarlo, arrastré mi colchón al comedor y dormí bajo carteles de Silencio, por favor que parecían burlarse de mí. A las 23:00, con el cuerpo como un trapo, juré que Güemes sería mejor.
Laredo es una paradoja: su casco histórico, encerrado tras murallas del siglo XIII, habla de mercaderes y navegantes; mientras la costa, con sus chiringuitos y sombrillas, grita turismo playero. Pero su verdadera magia está en los detalles: la monja peruana que guarda fotos del Cusco bajo su almohada, los pescadores que reparan redes al ritmo de rancheras mexicanas, y ese italiano que ronca como si su vida dependiera de ello.
Antes de dormir en el suelo –rodeado de mesas plegables–, entendí algo: esto no se elige, se sobrevive. Y a veces, sobrevivir implica convertir un comedor en santuario.
Partí de Laredo al amanecer, las piernas aún resentidas por los 41 kilómetros del día anterior. El trazado, fiel a su estilo cántabro, me regaló 28 kilómetros de asfalto intercalados con breves respiros de tierra. Paisajes de postal verde grisácea: praderas salpicadas de vacas inmóviles como estatuas, algún caserío con ropa tendida al viento, y el Cantábrico asomando entre colinas como un viejo amigo.
La única excepción fue Santoña, localidad que irrumpió en la monotonía como un golpe de ola fresca. Santoña huele a salazón y resistencia. Enclavada entre el monte Buciero y las marismas de Victoria, este enclave pesquero vive por y para la anchoa.
Sus calles estrechas están flanqueadas por fábricas de conservas centenarias donde los trabajadores, manos curtidas por la sal, enrollan filetes con precisión de relojero suizo. La costa de Berria, con su arena oscura y aguas bravas, fue mi parada obligada: descalzo, dejé que las olas me recordaran que seguía vivo. En el paseo marítimo, un viejo con boina y pipa me contó: "Aquí hasta los niños saben filetear una anchoa. Es el ADN".
A las 14:00, arribé a Güemes con el peso pegado a la espalda. El refugio de Güemes no es un alojamiento: es un experimento social. Creado por el Padre Ernesto Bustio –cura octogenario, exmisionero y viajero incansable–, este lugar es un himno a la hospitalidad radical.
Con capacidad para 120 peregrinos, funciona gracias a voluntarios de todo el mundo y donaciones. Aquí no hay precios, solo contribuciones. El padre, con su barba blanca y ojos que han visto 85 inviernos, da charlas nocturnas traducidas al inglés por algún voluntario improvisado: "Esto no es una ruta, es una revolución silenciosa". Aquel día, éramos más de 100 almas compartiendo lentejas, risas y planes para llegar a Santiago.
Entre la multitud, reconocí a Helena –la coreana de sonrisa tímida y español entrecortado–. Estaba sentada en un banco de madera, mirando el horizonte con nostalgia: "Debo volver a Corea. Extraño a mi familia y a mis amigos. Pero también estoy triste porque quería continuar con ustedes". Había andado desde Santiago hasta Finisterre, y ahora el destino la obligaba a detenerse.
Le prometí visitarla en Seúl, pero con una condición: "Solo si me das hospedaje gratis". Se rio, me abrazó, y partió con su bolso azul, dejando atrás un vacío que solo los caminantes comprenden.
Con Hendrick (el teutón de zancadas largas), Laura (su compañera de libreta y risas), y Fede (el italiano amante del vino), decidimos romper la rutina: alquilamos un departamento en Airbnb en Santander para cuando finalizáramos la próxima jornada. "16 kilómetros mañana, pero después privacidad, un buen sofá y ducha caliente!", expresó Laura.
Se unió Lucía, neoyorquina amiga de Fede que acababa de llegar. Todo un personaje, se la pasaba haciendo ruidos y preguntándole a todo el mundo acerca de favoritismos: ¿cuál es tu canción favorita de Los Beatles?; ¿cuál es tu etapa favorita?... y así seguía y seguía sin parar. Tenía una energía que electrizaba el aire.
Esa noche, mientras el Padre Ernesto contaba historias de África, nosotros planeábamos nuestra mini-revolución urbana.
La etapa fue un paseo comparado con jornadas anteriores: 16 kilómetros de sendas costeras y barrios residenciales donde el Cantábrico asomaba entre edificios. Yo, obsesivo con los sellos, añadí tres kilómetros extra para estampar mi credencial en un hostal perdido entre callejuelas.
Santander nos recibió con su bahía aristocrática: yates balanceándose, el Palacio de la Magdalena –residencia de verano de reyes– vigilando desde lo alto, y un viento que olía a sal y diesel.
El departamento era un loft con vistas a tejados rojizos y ropa tendida. Tras las duchas –un lujo después de días de baños comunales–, fui a la recepción. Belén, la mexicana de pelo negro azabache y sonrisa que iluminaba la pantalla del ordenador, accedió a lavar nuestra ropa: "Métanlo todo en estas bolsas, pero shh… si me descubren, me fusilan". Regresé con ocho kilos de prendas sucias que olían a sudor peregrino. Cuando le entregué un chocolate como agradecimiento, sus ojos brillaron: "En México, esto es moneda corriente. ¡Gracias, hermano!".
La costa de El Sardinero fue nuestro santuario. Hendrick y Laura, los alemanes, se sentaron a contemplar el paisaje. Lucía y Fede discutían para ver quién de los dos sería más rápido en una carrera de 100 metros sin obstáculos. Yo, tras dos cervezas, caí rendido bajo una sombrilla, soñando con senderos sin asfalto.
Luego de un hermoso día volvimos al departamento, y mientras todos descansábamos, Fede cocinaba y se quejaba de que le dolían los tobillos. Nada para decirle, se puso la diez y se mandó un risotto de puta madre que pudimos degustar con un buen vino tinto. Por la noche, anduvimos por el muelle, viendo cómo los barcos pintaban líneas plateadas en el agua.
Santander es como un traje de Armani con una mancha de café: elegante pero imperfecta. Sus pros: la Biblioteca Menéndez Pelayo –joya modernista con libros del siglo XV–, las tapas de bonito en vinagre del Mercado del Este, y atardeceres que pintan la bahía de oro líquido. Sus contras: precios que escalan como en Suiza, barrios periféricos donde el abandono se pega a las paredes, y una sensación de que la ciudad vive más de su pasado que de su presente. Al partir, entendí por qué no me enamoró: quería autenticidad, y ella ofrecía postal.
Al amanecer del día 12, Fede anunció su rendición: "Mis tobillos están como el Titanic después del iceberg". Decidió quedarse en Santander, prometiendo alcanzarnos en dos jornadas. Hendrick, Laura, Lucía y yo partimos hacia Santillana del Mar, dejando atrás risas, ropa limpia y un italiano en rehabilitación.
Partimos al amanecer, el grupo reducido a cuatro: Hendrick, Laura, Lucía y yo. Los 22 kilómetros serpenteaban entre carreteras secundarias y senderos flanqueados por eucaliptos que susurraban secretos antiguos.
Santillana del Mar apareció como un decorado perfecto: calles empedradas pulidas por siglos, fachadas de piedra con blasones borrosos, y una quietud que solo rompía el arrastre de bultos sobre adoquines. El hospedaje, un complejo con jardines que habrían enamorado a Monet, tenía rosales trepando por arcos de hierro y bancos de madera bajo sombras generosas.
En el jardín, me topé con Lía y Bastián, dos rostros conocidos de etapas pasadas. Bastián, quien había comenzado un día antes que yo, reveló noticias sombrías: Manuel, el madrileño obsesionado con el Real Madrid, había abandonado por problemas familiares. "Se fue sin despedirse, espero no sea nada grave", murmuró Lía –habían compartido varios tramos y lo quería como a un padre postizo–, mientras yo arrancaba con mi tanda diaria de mates.
Presenté a Hendrick y Laura, cuyas sonrisas chocaron con la melancolía del relato. La tarde se deslizó entre sorbos de yerba y planes para los próximos tramos.
Al caer el sol, recorrimos Santillana: la Colegiata de Santa Juliana guardaba capiteles tallados con dragones y santos de miradas perdidas. Las tiendas de recuerdos vendían queso picón envuelto en papel de estraza. En la plaza Mayor, un grupo de niños jugaba al fútbol frente a un palacio del siglo XV, sus risas contrastando con los escudos heráldicos que observaban desde las paredes. Santillana no necesita esforzarse para encantar: su mera existencia es un acto contrario a la modernidad.
Al día siguiente, el grupo se fracturó: Lucía decidió quedarse una jornada más, Bastián y Lía optaron por un ritmo pausado, y yo, junto a Hendrick y Laura, partimos hacia Comillas bajo un cielo plomizo. Los alemanes, antes imbatibles, ahora consultaban el reloj con frecuencia. "Tenemos que llegar a Santiago antes de que mi jefe recuerde que existo", bromeó Hendrick, aunque su voz delataba urgencia real. Santillana quedó atrás, pero su eco medieval nos siguió hasta el primer mojón.
La ruta desde Santillana del Mar hasta Comillas fue un lienzo de contrastes: bosques de hayas que filtraban la luz en hilos dorados, praderas donde el rocío aún brillaba como cristal partido, y el Cantábrico apareciendo y desapareciendo entre colinas.
Hendrick y Laura, con sus bultos ultraligeros y ritmo de marcha militar, se adelantaron pronto. Yo, en cambio, elegí la lentitud, deteniéndome en Cóbreces, aldea donde el tiempo parece haberse detenido en la época de los indianos. Construcciones de estilo montañés, con galerías acristaladas y jardines de hortensias, hablaban de emigrantes que volvieron de América cargados de sueños y riqueza.
En Sierra, el puente medieval sobre el río Escudo era una obra de arte en piedra musgosa. Arcos perfectos, tallados por manos anónimas en el siglo XV, sostenían el peso de historias de arrieros y peregrinos. Un pastor pasó con su rebaño de ovejas, sus botas chapoteando en el barro, y me ofreció un queso fresco envuelto en trapo. "Pa' recuperar fuerzas", dijo, sin detenerse. Comí sentado en la orilla, viendo cómo las truchas dibujaban círculos en el agua. Aquel lugar, pequeño y olvidado en los mapas, encapsulaba la esencia de todo esto: generosidad sin pretensiones.
Arribé a Comillas al mediodía, con el sol alto y la mente llena de preguntas. ¿Por qué ciertas personas cruzan nuestro sendero solo para desaparecer después? ¿Qué hilos invisibles tejen las amistades efímeras? La ciudad, una mezcla de elegancia decadente y energía vibrante, me distrajo con sus joyas: el Capricho de Gaudí, palacio de cerámica verde y torres que parecen brotar de un cuento oriental; y las arenas de Comillas, donde corrí descalzo hasta que las olas me alcanzaron, riendo como un niño.
En el hostal, mientras guardaba mi equipaje, apareció Lía. Venía exhausta, polvo en las botas y una sonrisa triste. "Esta es mi última etapa. Mañana tomo un tren a Barcelona", confesó. Anduvimos juntos hasta el Palacio de Sobrellano, donde las gárgolas nos observaban desde las cornisas. No hubo grandes discursos, solo un abrazo frente a la estatua del Marqués de Comillas, cuyo rostro de bronce parecía entender la fugacidad de los encuentros.
El último tramo en Cantabria comenzó con un peso que pesaba como un reproche. Tras 15 jornadas y 15 kilos a cuestas, mi espalda exigía clemencia. Los 28 kilómetros hasta Colombres serían un ritual de despedida: caminata ligera, paisajes que ya sentía familiares, y la urgencia de enviar siete kilos al correo. Pero primero, una parada en el Parque Natural de Oyambre, donde el Cantábrico y los bosques se funden en un abrazo húmedo.
Dejé el bulto bajo un roble, anduve una hora por senderos bordeados de helechos, y fotografié marismas donde garzas posaban como estatuas vivas. El aire tenía ese aroma a musgo y sal, una combinación que Cantabria domina como nadie.
San Vicente de la Barquera apareció como un escenario de cuento: su puente medieval de 14 arcos cruzaba la ría de La Rabia, mientras barcas de pesca dormitaban en el muelle. La localidad, famosa por su mercado medieval anual, lucía construcciones blancas con balcones de hierro forjado y geranios que competían en color. En una tienda de ultramarinos, compré queso picón envuelto en papel de estraza –último souvenir cántabro–.
En la sucursal postal de San Vicente, mientras enviaba siete kilos de equipaje a Santiago, el azar me cruzó con tres figuras inesperadas: Cristen, croata de 30 años con aire de mochilero eterno; Ho, surcoreano de 65 años, jubilado y hermético como un muro; y Cris, inglés de 74 años residente en Francia, quien viajaba "para escapar de las quejas de mis hijas". Cris, con su bastón de trekking y sonrisa burlona, me recordó a mi padre: "Tenés su edad. Si él intentara esto, lo internarían en dos días". Él rio: "La vejez es un invento de los que le temen al polvo". Ho, en cambio, solo asintió, guardando silencio como un mantra coreano. No hubo fotos de nietos ni historias familiares: solo tres hombres, tres nacionalidades y un destino común bajo el techo de Correos.
Con siete kilos menos, el resto a Colombres fue un respiro. Paré en un puesto chino de carretera –lonas azules, luces parpadeantes– y compré un poncho de lluvia verde fosforescente. "Para que no te confundan con un fantasma", rio el vendedor.
Colombres, aldea de construcciones indianas con fachadas color pastel, me recibió bajo un cielo plomizo. El hospedaje, moderno y silencioso, estaba vacío, pero solo tenía espacio para ocho personas. Formaba parte de una organización con reglas más particulares y abiertas: con un mínimo de donación, recibías desayuno, cena y lavaban tu ropa. Antes de dormir, miré el mapa: Asturias esperaba al otro lado del río Deva. Cantabria se despedía sin estridencias, como un amigo que sabe que volverás.
Cantabria me enseñó algo que Euskadi no: que no hace falta gritar para existir. Mientras los vascos defienden su identidad con banderas y protestas, los cántabros la viven en silencio. En tortillas de bar de aldea. En anchoas que enrollan con las manos desde hace generaciones. En curas octogenarios que abren refugios para 120 desconocidos sin pedir nada a cambio.
No hubo grandes revelaciones acá. No me crucé con manifestaciones independentistas ni conversaciones sobre autonomía. Cantabria no necesita explicarse: se muestra. En Santoña, donde el olor a sal impregna todo. En Laredo, donde una monja peruana guarda fotos del Cusco bajo su almohada. En Güemes, donde el Padre Ernesto repite cada noche que esto es una revolución silenciosa.
Silenciosa. Esa es la palabra. Cantabria no compite con nadie. No tiene la épica de Galicia ni el dramatismo vasco. Es verde, húmeda, modesta. Sus villas no salen en las guías turísticas principales. Sus costas no están colapsadas de sombrillas. Su comida no tiene estrellas Michelin pero alimenta mejor que cualquier restaurante caro.
Anduve 200 kilómetros por esta tierra y lo que más me quedó no fueron los monumentos, sino los pequeños gestos: el pastor que me regaló queso sin preguntar mi nombre, Belén lavando mi ropa a escondidas, el italiano que roncaba tan fuerte que terminé durmiendo en el comedor. Esas cosas no se planean, no se buscan en mapas. Pasan porque Cantabria funciona así: sin aspavientos, sin poses, sin pretensiones.
Me voy con siete kilos menos en el bulto y la certeza de que esta región no me marcó con fuego como Euskadi, sino con lluvia fina que cala despacio. Asturias me espera al otro lado del río. Pero una parte de mí ya sabe que volveré acá, aunque sea solo para comerme otra tortilla de esas que te arreglan el día.
La noche en Colombres terminó con risas y confesiones alrededor de una mesa compartida. Junto a Lucía, Cris, Hendrick, Ho, Rodrigo y un italiano cuyo nombre se perdió en la niebla de la memoria, intercambiamos historias que trascendían idiomas. Yo, poco hablador esa noche, escuché cómo el croata Cristen defendía su decisión de comer solo en restaurantes: "La cocina es parte del viaje, no quiero perdérmela". El italiano, con inglés fragmentario, necesitó de mis rudimentos de español para contar su travesía desde Sicilia. Aprendí que un "grazie" o un "dove?" abren más puertas que cualquier guía turística.
Llanes, primer hito del día, es una villa donde el Cantábrico esculpió leyendas. Su puerto pesquero, protegido por el Torreón medieval, alberga barcas con nombres como «María de la Paz» y «San Roque». La Basílica de Santa María, gótica y sobria, guarda retablos dorados que contrastan con los murales urbanos del Paseo de San Pedro, donde artistas locales pintaron sirenas y ballenas sobre muros descascarados. Los bufones, grietas en los acantilados que escupen agua marina con la marea alta, son el latido geológico de esta costa. Aquí, hasta el aire huele a sal y sidra escanciada.
Celorio, meta final, es una mezcla de espiritualidad y naturaleza indómita. El Monasterio de San Salvador, ahora hospedaje de peregrinos, se alza sobre marismas donde garzas reales anidan entre juncos. Su claustro románico, con capiteles tallados con motivos vegetales, parece un recordatorio de que la fe también florece en la simplicidad. La costa de Celorio, de arena dorada y aguas frías, está flanqueada por un paseo marítimo donde ancianos juegan a las cartas bajo toldos descoloridos. Este lugar no busca turistas: los recibe con la autenticidad de quien nada tiene que probar.
La caminata de 29 kilómetros fue un diálogo constante con el mar. Paré en costas escondidas para grabar el sonido de las olas en mi mente, y en tramos de asfalto que Asturias convirtió en senderos bordeados de eucaliptos. Arribé a Celorio a las 14:00, justo antes de que una llovizna persistente convirtiera la tarde en un lienzo gris. En el supermercado local, compré pasta, pesto y queso –presupuesto de ocho euros para dos comidas–, mientras observaba a turistas gallegos comprar botellas de sidra como si fueran agua.
Sin querer hablé de costos, es importante que les aclare que mientras Cristen optaba por restaurantes –un gasto que rondaba los 60 euros diarios–, yo priorizaba supermercados y cocina comunal. No hay juicio en esto: cada peregrino elige su ruta, tanto en el asfalto como en el bolsillo. Esa noche, entre el aroma a pollo al horno y arroz con azafrán, el dueño del hostal –asturiano de voz ronca y orgullo regional– me advirtió: "Aquí no critiques a Luis Enrique, que lo tenemos por santo". La lluvia, convertida en compañera, me obligó a refugiarme en películas y charlas intrascendentes, recordándome que hasta en la monotonía hay belleza.
La mañana comenzó con un milagro asturiano: la lluvia cesó justo al amanecer. Partí a las 7:00, decidido a aprovechar la tregua meteorológica. Esta etapa, penúltima del Norte antes de abrazar el Primitivo, sería un desafío en soledad. El trazado serpenteó entre prados donde el rocío brillaba como diamantes sueltos, hasta llegar a Ribadesella, villa que detuvo mi reloj interno.
Ribadesella es un libro abierto de geología e historia. La Cueva de Tito Bustillo, Patrimonio de la Humanidad, guarda pinturas rupestres de caballos y renos que artistas anónimos trazaron hace 14,000 años. En el puerto, barcas pintadas de azul y verde mecían redes recién reparadas, mientras niños correteaban junto al puente romano que desafía al río Sella. En la plaza Mayor, bajo soportales del siglo XVIII, ancianos jugaban al mus entre risas y sorbos de vino blanco. Compré un bollo preñao –pan relleno de chorizo– en una panadería donde el dueño, con acento cerrado, me contó cómo el Descenso Internacional del Sella –una competición de piraguas– llena la localidad de color cada agosto.
Dejé Ribadesella con pesar, prometiendo volver. Los últimos cuatro kilómetros hasta San Esteban fueron una subida brutal por carretera secundaria –pendiente del 18%, según mi aplicación–, donde cada paso quemaba músculos que ni sabía tener. Al arribar, una mujer sevillana de pelo canoso y acento andaluz me recibió con un "¡Vaya pinta de peregrino traes, churumbel!". Su marido, argentino de Córdoba como yo, había convertido la casa en un santuario del mate y el fernet. "Al principio extrañaba el asado, pero aquí el cachopo me adoptó", confesó, mostrando una foto de él junto a una parrilla portátil en el jardín.
La tarde se tornó surrealista cuando Ho, el surcoreano, intentó freír carne en una sartén olvidada en la cocina. El humo espeso alertó a la dueña, quien llegó gritando "¡Esto no es un samgyeopsal, hombre!". Ante la barrera idiomática, medié como pude: "No fire, Ho. Fire bad", dije en inglés roto, señalando el detector de humo. Dos horas después, mientras cocinaba pasta entre risas, dos españoles sesentones entablaron una competencia épica: "Yo hice el francés y el portugués", "Pues yo el del norte tres veces". Escapé bajo la excusa de dolor de cabeza, prefiriendo el silencio de mi litera al ruido de egos inflados.
Esa noche, bajo un techo asturiano que olía a leña quemada y lavanda, entendí que la soledad del peregrino no es vacío: es espacio para escucharse. Ribadesella me había regalado su historia tallada en cuevas; San Esteban, una lección de paciencia entre humo y anécdotas ajenas. Al dormir, soñé con el Primitivo: veredas de tierra donde solo mis pasos y el viento tendrían derecho a hablar.
Los 32 kilómetros entre San Esteban de Leces y Carda fueron una prueba de resistencia física y mental. Comencé al alba, bajo un cielo plomizo que prometía lluvia pero solo cumplió con brisa fría. Asturias reveló su rostro más agreste: veredas entre bosques de castaños, prados donde ovejas masticaban indiferentes, y aldeas como Bueres, donde el único sonido era el repique de una campana olvidada. Arribé a las 13:00 al hospedaje de Carda –uno de los cinco especiales de Asturias–, donde Valeria, una mujer de ojos azules y manos curtidas por el jabón, me recibió como a un hijo pródigo. "Veo que sobreviviste al polaco de Colombres", dijo, reconociendo los sellos de mi credencial. Su refugio era un santuario de hospitalidad: cena casera de fabada, ropa lavada con mimo, y donaciones voluntarias. Entre bocado y bocado, me confesó que su hija estudiaba Medicina en Madrid: "La extraño más cuando lavo sábanas de peregrinos que cuando veo su foto". Me recomendó hacer una parada en Oviedo antes del Primitivo: "Descansarás y entenderás por qué esta tierra enamora". No sabía entonces cuánta razón tendría.
Esa noche, por primera vez en semanas, no hubo ronquidos ni susurros ajenos. La soledad me confrontó con una verdad incómoda: extrañaba las peleas de fútbol con mi padre –ese River versus Boca maravilloso–, necesitaba saber en qué andaba mi hermana, y cómo estaba de salud mi madre. Acá, donde cada jornada es una página en blanco, esas ausencias se volvieron ecos que resonaban en cada curva del trazado. Escribí mensajes que no envié –"¿Viste el último partido de la selección?", "¿Seguís usando mi remera de Bowie?"–, guardando las palabras para cuando mis botas pisaran suelo firme.
Al cerrar los ojos, me despedí mentalmente del Norte. El Primitivo me llamaba con sus montañas escarpadas y senderos de tierra rojiza. Necesitaba dejar atrás el asfalto que había marcado mis pasos desde Irún, cambiar el rumor del mar por el crujir de hojas bajo las botas. Valeria tenía razón: Oviedo sería el puente perfecto entre ambas rutas. Esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas, soñé con cumbres nevadas donde el único ruido sería mi propia respiración.
iv>Al cerrar los ojos, me despedí mentalmente del Camino del Norte. El Primitivo me llamaba con sus montañas escarpadas y senderos de tierra rojiza. Necesitaba dejar atrás el asfalto que había marcado mis pasos desde Irún, cambiar el rumor del mar por el crujir de hojas bajo las botas. Valeria tenía razón: Oviedo sería el puente perfecto entre ambas rutas. Esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas, soñé con cumbres nevadas y caminos donde el único ruido sería mi propia respiración.
Arribé a Oviedo en bus desde Villaviciosa bajo un cielo despejado que parecía una bienvenida. Era un descanso antes de empezar la ruta original a Santiago que nació aquí en el siglo IX. El hostal, una casona reformada cerca del centro, me asignó una habitación individual –un lujo que ya empezaba a saborear como vino añejo–. Con el equipaje aún húmedo de la caminata matutina, salí a explorar con la urgencia de quien sabe que el tiempo es prestado.
La conexión argentina con Oviedo nace de una viñeta de Quino –en 2014 recibió el Premio Príncipe de Asturias– de 1971: Mafalda, señalando un mapa, exclama "¡Oviedo existe!". El chiste, nacido de un error periodístico que ubicaba aquí un atentado de ETA, hoy es motivo de orgullo local. Encontré un mural en su honor cerca de la Plaza del Fontán, donde turistas sacaban selfies sin entender el contexto, pero sonriendo igual. No debo mentir, no estaba al tanto de la conexión simbiótica Mafalda-Oviedo, por lo cual, tuve que pedirle ayuda a Google. Descubrí que el impacto de Mafalda en la sociedad es tan profundo que se ha creado una ruta específica para explorar la ciudad a través de los ojos de la "niña rebelde". La ruta abarca detalles indispensables del personaje y su creador, expuestos en placas conmemorativas, frases originales y estatuas.
Mientras andaba por la Calle Uría, una calva brillante bajo el sol delató a Andy –el inglés de Birmingham que anduvo conmigo desde Zarautz–. Junto a él estaba Luna –neuquina de 25 años–, quien instantáneamente clavó sus ojos en mi mate. "¡Che, tenés mate! ¿No me convidarías uno?", me preguntó con voz temblorosa. Al primer sorbo, sus ojos se humedecieron: "¡Cuánto lo extrañaba!". Compartimos tres rondas mientras Andy, fiel a su estilo, hablaba de su esposa como si la hubiera dejado ayer. Les comenté a ambos que estaba en jornada de descanso, que quería recorrer la ciudad, y antes de despedirme programamos encuentros en las próximas etapas.
Mi ruta fue un mosaico de contrastes que comenzaba frente a la estatua de Woody Allen, instalada en 2003 tras su visita al Festival de Cine. Desde allí, su figura de bronce contemplaba con perplejidad permanente la Calle de las Tiendas. Avanzando hacia el Teatro Campoamor, respiré el aura de ceremonias pasadas donde las alfombras rojas aún guardan ecos de ambición literaria y versos pronunciados bajo focos. El trazado me llevó después al Mercado del Fontán, un santuario de aromas terrosos donde el queso Cabrales –ese azul picante madurado en cuevas– dialogaba con el chisporroteo de la sidra al caer en tazas de barro, mientras las pescaderas entonaban precios con ritmo de copla. La travesía terminó en la Calle Gascona, entre mesas donde jubilados debatían sobre realismo mágico junto a tazas de café humeante que costaban exactamente un euro.
Había emprendido el regreso al hostal, cuando me crucé –sin programarlo– con el Museo del Real Oviedo. Entré, por supuesto. En una primera vitrina eran visibles camisetas de los antiguos ídolos del club como Isidro Lángara –goleador década del 30–, Carlos Muñoz Cobo –delantero década del 90– y Santi Cazorla (el único al que conocía) –volante talentoso de estos tiempos, ya retirado–, y fotos en blanco y negro de estadios llenos. Un anciano, con la fragilidad emocional que caracteriza a las personas de la tercera edad, me contó cómo en 2003 casi desaparecieron: "Los hinchas donaron hasta céntimos. Esto es más que fútbol: es religión", me comentó evidenciando una nostálgica mezcla de tristeza y orgullo.
Oviedo susurra. Su belleza se esconde en los pliegues de lo cotidiano: en las vetas de cuarzo de los adoquines de la Calle Mon, en los murmullos que reptan por las piedras milenarias del claustro de San Vicente, en la promesa que late bajo cada arco medieval. Esta ciudad se revela en el roce de una brisa que transporta memorias de manzana fermentada y en el crujir de las páginas de un libro viejo en alguna librería de trastienda. Un lugar que, una vez descubierto, se eterniza, como esas esquinas que guardan secretos entre sus sombras, esperando al próximo caminante dispuesto a escuchar su relato.
La madrugada en Oviedo olía a asfalto lavado y café de máquina. Partí bajo una lluvia tenaz que dibujaba círculos en los charcos. El equipaje cargaba ahora con otro peso: la certeza de que el Primitivo sería un diálogo entre mis pasos y la montaña asturiana. Los 32 kilómetros planeados serían una prueba de resistencia bajo cielos plomizos, con paradas breves en villas que apenas marcaban el mapa.
Los primeros diez kilómetros los compartí con Miguel, un madrileño que abandonó en Grado para tomar un autobús. "Mis tobillos son traidores", confesó mientras ajustaba su bastón. Continué solo hasta Tiós, donde el trazado se bifurcó entre prados de hierba saturada y veredas que trepaban colinas como costuras en un tapiz verde. Fue allí donde apareció África: catalana rebelde y botas embarradas, quien andaba con la determinación de quien busca respuestas en la marcha. "Vine a Asturias para escuchar el silencio", dijo, quien sería mi compañera por el resto de la jornada.
Arribamos a San Marcelo al filo de las 15:00. La aldea, un puñado de construcciones de piedra rodeadas de robles centenarios, albergaba la Casita Mandala. En la entrada, un cartel de madera torcida advertía: "Cuidado: Niños peligrosos". Más allá, tallada en un dintel, la frase de Eduardo Galeano desafiaba al transeúnte:
"Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean."
Mathias, el dueño eslovaco, emergió entre el humo de un cigarrillo casero. Su melena castaña y ojos grises contrastaban con el dialecto asturiano que había adoptado. Mientras su esposa tejía bufandas en un rincón, conversamos sobre Bratislava –le comenté que había visitado su país y mostró signos de nostalgia–. África, ajena a las referencias, escuchaba intrigada. La charla derivó en política balcánica, hasta que Violeta, su hija de siete años, irrumpió con un dibujo de dragones y montañas. "Este es el monte donde viven las hadas que ayudan a los peregrinos", anunció con seriedad de cartógrafa.
La tarde se transformó en un lienzo de espontaneidad. Los niños, dueños absolutos del patio, inventaban reglas para juegos sin nombre: corrían entre los árboles dibujando mundos con tizas de colores, convertían palos en varitas mágicas, y organizaban carreras de hojas secas sobre charcos. Violeta, líder natural del caos creativo, me arrastró a su "castillo secreto" –un montículo de tierra junto al gallinero– donde declaró solemnemente: "Aquí somos piratas que rescatan dragones". Su hermano menor, más tímido pero igual de imaginativo, construía puentes con piedras mientras narraba historias de gigantes que hablaban en rimas. África, observándolo todo desde un banco de madera, compartió su reflexión entre risas: "Viajo para encontrar lugares donde la rutina no decida por mí. En estos lugares, hasta el polvo tiene algo que enseñar". Al ver a los niños abrazar el desorden con tanta naturalidad, entendí que la verdadera magia no estaba en los planes, sino en dejar que las horas se desarmaran como puzzles sin manual.
Al anochecer, mientras Mathias encendía velas de cera, la conversación giró hacia los "Nadies" de Galeano –yo propuse la conversación, preguntándole si lo conocía, ya que el uruguayo es mi escritor favorito–. "Esta casa es para ellos", dijo, señalando las literas vacías. "Los que andan sin credencial, los que duermen bajo puentes o en estaciones. Aquí nadie es nadie, por eso todos son alguien".
Oviedo fue un parate glorioso, San Marcelo un paréntesis totalmente inesperado. Entre niños que reinventan la realidad y migrantes que cargan patrias en bultos, entendí que esto también se teje en las pausas. Mathias, con su utopía eslovaca-asturiana, y África, buscando silencios que curaran ruidos urbanos, me recordaron que las rutas no son líneas rectas: son laberintos donde a veces hay que detenerse para oír el pulso de los demás. Al partir al día siguiente, Violeta me entregó una piedra con forma de corazón: "Para que no olvides que los dragones existen".
La madrugada comenzó con silencios elocuentes. Había abandonado San Marcelo antes del amanecer, evitando despedidas que entorpecieran el ritmo de la marcha. Los primeros kilómetros –hoy tocaban 36– fueron un diálogo entre mis botas y la tierra mojada: el asfalto desapareció tras una curva, dejando paso a veredas de arcilla rojiza que se aferraban a las laderas como raíces antiguas. El hambre se volvió compañero incómodo hasta que, cerca de una aldea sin nombre, el letrero de una panadería emergió entre la bruma. A las 9 AM, ya mordía un torto de maíz caliente –masa crujiente untada con mantequilla salada– mientras el café con leche humeante dibujaba espirales en el aire frío. En Asturias, hasta el desayuno es una declaración de resistencia: chorizo ahumado, queso de Cabrales en láminas gruesas, y pan de escanda que parece hecho para soportar inviernos enteros.
El trazado a Tineo fue una sucesión de bosques donde los robles extendían sus ramas como brazos protectores. Crucé puentes medievales de piedra musgosa –arcos perfectos que desafían siglos de crecidas– y pasé junto a hórreos abandonados que aún guardaban aromas de cosechas pasadas. Los encuentros fueron breves: un peregrino francés que fotografiaba líquenes con devoción científica, una pastora que me ofreció agua de un manantial oculto a la vista de los caminantes. Cada «buen camino» intercambiado resonaba como un mantra colectivo, mientras las ostras talladas en los bultos –símbolo de los peregrinos– tintineaban con cada paso, recordatorios móviles de que el mar nunca está lejos en estas tierras.
La ciudad apareció tras una colina, desplegándose como un manuscrito medieval. Tineo nació sobre un castro prerromano, y eso se nota: sus calles empedradas tienen esa terquedad de las cosas que no se mueven aunque pasen siglos. En 1222, los reyes de León decidieron que todos los peregrinos pasaran por acá —protección real, decían, aunque quizás solo querían controlar quién cruzaba sus montañas—. Sus edificios blasonados –como el Palacio de Merás, con escudos heráldicos desgastados por la lluvia ácida– hablan de linajes que gobernaron estas montañas. En la Plaza del Ayuntamiento, la iglesia de San Pedro apostaba su torre románica contra nubes que amenazaban tormenta, mientras el Museo del Oro recordaba la fiebre aurífera que atrajo a romanos a lavar las arenas del río Navelgas.
Pero Tineo no es solo pasado: en sus bodegas subterráneas aún se elabora vino de uva verdejo siguiendo recetas celtas, y las tallas de madera de los artesanos locales –santas de rostros severos, cruces decoradas con motivos solares– se venden junto a imanes de nevera con el escudo jacobeo. Es una ciudad que negocia su memoria sin traicionarla, donde los jóvenes beben sidra en bares con WiFi gratis mientras los abuelos juegan a la llave –juego asturiano de lanzar herraduras– frente al lavadero público.
El hospedaje era funcional: literas metálicas, duchas de timer y una cocina donde alguien había dejado medio paquete de fideos. Tras una ducha rápida, ya habiendo explorado un poco la localidad, no me quedó más remedio que descansar debido a que el cielo descargó su furia en forma de chaparrón horizontal. La noche se volvió un monólogo de gotas contra cristales, interrumpido solo por el crujir de las páginas del "Silencio de los Inocentes" –libro que estaba leyendo en ese momento y que fuera inmortalizado en el cine por Anthony Hopkins en su gloriosa interpretación de Hannibal Lecter–. Seguía teniendo algo de tiempo libre y estaba sin sueño y la jornada se negaba a terminar; me puse a escribir. Quise poner en palabras la paradoja de buscar soledad mientras se anhelan conexiones.
El amanecer en Tineo olía a leña quemada y pan recién horneado. Cargué el equipaje con una mezcla de entusiasmo y nostalgia: cada paso me alejaba del corazón de Asturias, acercándome a Galicia como quien se despide de un amor intenso. Los 26 kilómetros prometían un diálogo íntimo con la tierra –seguía sin asfalto– a través de veredas que serpenteaban entre montañas peladas y bosques de hayas temblorosas.
Tras 13 kilómetros de subidas que quemaban pantorrillas, arribé al punto crítico: el desvío de Hospitales. A la izquierda, la ruta mítica –vertiginosas vistas, cumbres batidas por vientos épicos–. A la derecha, la variante de La Pola –villas con nombres de novela pastoril, chimeneas humeantes, panaderías de siglo XIX–. El cielo, gris plomizo, tomó la decisión por mí: "Hospitales con este temporal es para suicidas", murmuré, ajustando la capa de lluvia mientras torcía hacia Borres.
El hospedaje era una casona de piedra con geranios escapándose de las ventanas. Peter, el holandés dueño del lugar, me recibió con un "¡Che, boludo! ¿Trajiste facturas?" que me sacó una carcajada –había vivido en Tigre, Buenos Aires, por más de seis años–. Su español era porteño post-crisis 2001: mezcla de lunfardo y términos de albañilería aprendidos en obras bonaerenses. Mientras mostraba las instalaciones –habitaciones con nombres de localidades asturianas, duchas que funcionaban con energía solar– contó cómo había cambiado Ámsterdam por esta vida: "Aquí hasta la lluvia es más copada".
Las encargadas de la jornada eran un tándem explosivo:
Myriam (Mendoza, Argentina): Ex empleada de servicio del Hotel Aconcagua en el año 2000. Estaba de turno el 3 de marzo de 2000 cuando Charly García, en medio de un escándalo por su estadía, saltó al vacío desde el noveno piso hacia la pileta del patio. "Nunca vi algo así –relató mientras fregaba ollas–. Subió como un demonio, la gente abajo gritaba. El golpe contra el agua sonó como un disparo. Milagrosamente, salió ileso, pero ese día todos creímos que había terminado mal. Así era Charly: espontáneo, loco e indescifrable".
Susana (Bogotá, Colombia): Ex subchef del restaurante El Cielo en Medellín. Su especialidad: reinventar sobras con técnicas de alta cocina. Esa noche transformó donaciones del día –pan duro, huesos de jamón, berzas mustias– en una fabada que desafiaba las leyes de la termodinámica: espesa como lava, humeante y con un umami que hacía cerrar los ojos al primer bocado.
La noche fluyó entre vino de Cangas, anécdotas de rutas rotas, y un momento mágico cuando Myriam puso un cassette de Serú Girán que Peter guardaba como reliquia. Las quejas de dos gallegas sobre el estado de las veredas se ahogaron en el coro de risas cuando Susana sirvió una tarta de queso que desafió todas las leyes de la física. "Esto es lo que pasa cuando eliges la variante menos transitada –dijo Peter brindando con sidra–. Encuentras familias donde debería haber extraños".
Empecé mi última jornada en Asturias con sensaciones encontradas, como con cada provincia española que iba dejando atrás. Teniendo en cuenta el promedio de kilómetros andados por día en los últimos tramos, 22 hasta La Mesa parecían un paseo. El hospedaje de Pola de Allande vibraba con despedidas: Susana, la colombiana de manos mágicas, me entregó un "Que mi Diosito lo bendiga en todo el recorrido" que me transportó a las veredas de Medellín. Esa costumbre cafetera de encomendar viajeros a la buena de Dios siempre me conmovió, aunque mi fe cabalgara entre escepticismo y nostalgia.
La ruta comenzó con una subida de 1000 metros que la ansiedad convirtió en ligera. Los ríos, hinchados por lluvias recientes, rugían bajo puentes medievales como recordatorios de fuerzas naturales indomables. En la cima del Puerto del Palo, el viento helado me obligó a enfundarme la campera mientras miraba hacia atrás: Asturias se desplegaba en un tapiz de verdes que Galicia pronto reclamaría como propios.
En Berducedo, villa encajonada entre peñas, el tridente de Cristen (croata gastrónomo), Ho (coreano silencioso) y Cris (inglés septuagenario) almorzaba en un restaurante de manteles a cuadros. Opté por mi ritual de tortilla de patatas y mate amargo bajo un roble centenario. Dos horas después, en un parque donde el musgo alfombraba bancos de piedra, Andy y Luna compartían historias de Birmingham y Neuquén. Después de caminatas solitarias fue un verdadero placer volver a ver estos dos, que eran la fiel representación de padre e hija.
La entrada a La Mesa fue un acto de magia forestal: robles cuyos troncos necesitaban tres brazos para abarcarse, helechos que ondeaban como banderas de un reino vegetal. El hospedaje –construcción de piedra con chimenea siempre encendida– albergaba ya a Vasilij, ucraniano de voz grave y mirada cargada de ausencias. "En Kharkiv era cantante de una banda de heavy metal, ahora solo canto para que mi hijo olvide los orígenes", confesó mientras me miraba con escepticismo mientras preparaba mi mate. Su español, aprendido en Polonia a causa de la guerra, tenía la textura áspera de quien reconstruye identidades.
Asturias me enseñó que hay territorios que no se atraviesan: se habitan aunque sea por semanas. Entre sus montañas aprendí que la resistencia no siempre grita –a veces susurra en el vapor de una fabada, en el escanciado preciso de la sidra, en los ojos de Vasilij contando bombardeos mientras prepara té–. Esta tierra verde no pide adoración: ofrece refugio a cambio de respeto.
Aquí conocí familias que se construyen en cocinas comunales, donde Myriam recuerda a Charly García volando hacia una pileta y Susana transforma sobras en milagros culinarios. Vi niños que inventan dragones en patios embarrados mientras sus padres eslovacos buscan en Asturias lo que Europa del Este les arrebató. Entendí que el Primitivo no es solo geografía: es una decisión de cambiar el rugido del Cantábrico por el silencio de los robles, el asfalto por la arcilla que se pega a las botas como memoria física.
Los asturianos no hablan de grandeza: te lavan la ropa, te escancan sidra, tallan frases de Galeano en dinteles. La hospitalidad acá no es discurso, es verbo. Esta provincia no vende imagenes: regala instantes que se clavan en el pecho como las flechas amarillas en los árboles.
Me voy de Asturias con piedras de Violeta en el bolsillo, con el sabor del torto de maíz en la lengua, con la certeza de que hay lugares que te adoptan aunque solo pases de largo. Galicia espera del otro lado del puerto, pero parte de mí ya decidió que volveré: a caminar bajo esta lluvia que no moja sino que bautiza, a escanciar sidra con la torpeza del forastero que aprende, a sentarme en cocinas donde extraños te llaman hijo y te alimentan como si te conocieran de siempre.
Porque Asturias no se explica: se respira, se mastica, se lleva en las suelas del calzado mezclada con barro y leyendas. Y cuando alguien me pregunte qué encontré en estas montañas, diré simplemente: encontré que a veces el hogar no es donde naciste, sino donde tus pasos decidieron detenerse a escuchar.
La madrugada en A Mesa sabía a despedida asturiana y promesa gallega. Con Vasilij, Cristen, Cris el inglés y Ho como compañeros de ruta fantasmal —cada uno a su ritmo, cada uno con su meta— emprendí el primer tramo en tierras gallegas bajo un cielo que jugaba al escondite con el sol. Los 41 kilómetros hasta Fonsagrada serían un bautismo de fuego (o más bien de barro y piedra), donde Galicia mostraría su primer rostro: implacable y acogedor a la vez.
La estrategia fue clara desde el alba: desayuno de legionario en A Mesa —tortilla de patata que pesaba como armadura, café que quemaba las tripas— para evitar paradas y tentaciones monetarias. La vereda, convertida en ritual tras 21 jornadas, ahora trazaba su danza entre colinas que recordaban a Asturias pero con un algo distinto: el aire cargaba humedad más densa, a tierra que guardaba lluvias ancestrales.
Los molinos eólicos dominaban las cumbres como gigantes borrachos. Quise citarle a alguien lo del Quijote, pero el viento se tragaba las palabras. Total, ya éramos suficientes locos arrastrando bultos hacia ninguna parte. Estos molinos no molían trigo sino vientos atlánticos, convirtiendo brisas en pulsos eléctricos que alimentaban aldeas escondidas en los valles.
Fonsagrada emergió como un reto final: cuesta arriba que transformaba músculos en gelatina tras 38 kilómetros de batalla. El refugio municipal, faro de peregrinos, funcionaba con eficiencia gallega —primero en arribar, mejor litera—. Mi recompensa: habitación con José (65 años, historias de media España en la mochila), Ruth (paraguaya de sonrisa que desarmaba fronteras) y Lena (alemana que rompía estereotipos teutónicos con 1,55m de estatura y risa de trueno).
La cena fue fiesta de acentos: español con deje madrileño, guaraní musical, alemán cortado y argentino cansino. Ruth habló de Pilar, su hija estudiando en Oviedo, mientras la lluvia acariciaba los cristales. "Aquí hasta el frío abraza", dijo José, sirviendo vino tinto que sabía a fortaleza. Esa noche, mientras Galicia me arrullaba con su humedad pertinaz, juré no dejar que la prisa empañara estos últimos días de marcha.
Mis piernas eran dos troncos muertos que alguien había olvidado enterrar. 79 kilómetros en dos jornadas: Galicia cobrándose la osadía de haber pisado fresco desde Asturias. El paisaje, empecinado en su monotonía de verdes apagados y senderos embarrados, se volvió cómplice de mi hastío. Hasta el Cantábrico parecía haberse quedado sin fuerzas, dejando caer una llovizna grisácea que empapaba el ánimo más que la ropa.
La villa emergió como ilusión óptica entre la niebla. Castroverde —"castro verde" en gallego antiguo— guardaba secretos bajo sus piedras musgosas. Su castillo del siglo XIV, fortaleza de los Condes de Altamira, se alzaba como fantasma de piedra con solo tres torres en pie. Pasé junto a su muralla derruida imaginando batallas medievales que nunca ocurrieron aquí, mientras ancianas con faldas negras susurraban en ese idioma que sonaba a portugués borracho: "¡Ollo coa choiva, rapaz!" ("Cuidado con la lluvia, muchacho").
En la tienda Décimas —nombre irónico para el infierno de los precios—, armé sandwiches con precisión de cirujano: queso tetilla bautizado así por su forma cónica, jamón del país que despedía humo de roble, y pan de centeno que habría saciado a un legionario romano. Mientras masticaba frente a la iglesia de San Pedro (siglo XII), vi desfilar peregrinos como zombis: coreanos con ponchos de bolsa de basura, italianos discutiendo de Berlusconi, y un vasco que maldecía en euskera cada charco.
El idioma me rodeaba como niebla sonora. En la farmacia, la dependienta recitaba precios en esa cadencia que sube y baja como olas: "Vinte euros e trinta céntimos... garda o ticket para a peregrinación". Palabras que mezclaban dureza castellana y dulzura portuguesa: "morriña" (nostalgia que duele), "orballo" (llovizna persistente), "camiñantes" (nosotros, los condenados a andar). En el bar O Cruceiro, un grupo de abuelos jugaba al dominó entre risas guturales que parecían salir de las piedras milenarias.
Los últimos 8 kilómetros hasta Vilar de Cas fueron prueba de fuego. Cada mojón marcaba una derrota: 10,000 pasos calculados con odio matemático, charcos que reflejaban un cielo igual de gris que mi humor, vacas que me observaban con indiferencia de filósofos estoicos. Al cruzar el puente medieval sobre el río Ferreira, juré que si veía otro hórreo —esos graneros elevados que pueblan Galicia— lo incendiaría con la mirada.
El hospedaje de Vilar de Cas —edificio moderno que despedía pintura fresca— se convirtió en mi bunker anti-peregrinación. Encontré mi santuario: litera 12, esquina superior derecha, enchufe funcional. Mientras el Racing e Independiente jugaban su guerra particular en mi portátil, entendí la paradoja final de la ruta: a veces, para encontrar humanidad, necesitamos refugiarnos en lo impersonal.
Esa noche, mientras Copetti erraba goles, las palabras de Ruth resonaban: "El camino no perdona debilidades". Galicia, con su crudeza de piedra mojada, estaba escribiendo su capítulo más honesto: no todo es epifanía, a veces solo es poner un pie delante del otro. Y avanzar.
No quise aminorar la marca. Me autoimpuse nuevamente un objetivo elevado: 35 kilómetros hasta São Romão da Retorta. Esta etapa implicaba un paso glorioso por Lugo, ciudad que desde el inicio había orbitado en mi imaginario como un punto luminoso. Varios peregrinos la mencionaban con un respeto cercano a lo sagrado, y ahora entendería por qué.
Comencé la caminata bajo un cielo aún dormido, las primeras luces del amanecer arañando el horizonte. A las 8:30, mientras el resto de Galicia despertaba, yo ya pisaba las calles de Lugo. Dejé mi equipaje en un bar de la Praza do Campo, donde el dueño —gallego de manos anchas y sonrisa pícara— me sirvió un café que sabía a tierra húmeda y promesas cumplidas.
Lugo se alza como un relicario de piedra. Su muralla romana, Patrimonio de la Humanidad, encierra dos milenios de historias: desde las legiones de Augusto hasta los mercados medievales que aún resuenan en sus arcos. Las torres defensivas, convertidas en miradores, vigilan un casco antiguo donde el tiempo se mide en pasos de peregrinos y repiques de campanas. Las calles empedradas —Rúa da Cruz, Rúa Nova— son venas que conectan iglesias románicas con tabernas donde el pulpo á feira se sirve en platos de madera. Fuera de las murallas, el río Miño traza un límite líquido entre lo antiguo y lo moderno, mientras los bosques de eucaliptos susurran leyendas celtas.
La ciudad late con dualidad gallega: tradición arraigada y una ironía que desarma. Sus habitantes, lucenses de hablar pausado y mirada astuta, defienden su identidad entre fachadas barrocas y grafitis que cuestionan el centralismo madrileño. Económicamente, Lugo baila entre la agricultura —ferias de ganado que huelen a hierba y tierra— y el turismo que busca autenticidad más allá de Santiago. Políticamente, es un bastión donde el nacionalismo gallego se filtra en conversaciones de bar, entre vasos de ribeiro y queimadas rituales.
La energía de Lugo operó en mí como un bálsamo. Recorrí la muralla al ritmo de mis pasos, sintiendo cómo cada piedra contaba batallas y romerías. En la Catedral de Santa María, la luz filtrada por los vitrales tejió un manto de colores sobre el altar, mientras una anciana rezaba en gallego, sus palabras mezclándose con el incienso. Compré un bollo preñao en una panadería cercana al Mercado Municipal, donde los puestos exhibían quesos de Arzúa y navajas de Perlio. Al salir, el sol bañaba la Praza Maior, y por un instante, todo —el murmullo de las fuentes, el eco de una gaita lejana— pareció conspirar para recordarme que algunos lugares no se visitan, se experimentan con los poros.
Arribé a São Romão con las últimas luces. El refugio, una antigua casa rehabilitada, despedía leña quemada y ropa recién lavada. Y entonces, en el jardín, vi sus siluetas: Hendrick, alto como un faro, y Laura, cuyo pelo castaño ahora tenía reflejos dorados por el sol gallego. El asombro fue mutuo. "¡Estás loco! ¿Cuántos kilómetros por día?", exclamó Laura, abrazándome como si hubiera resucitado. Ellos habían saltado etapas, presos del calendario alemán que los llamaba de vuelta a la rutina.
Nos sentamos en un banco de madera, cervezas frías en mano. Hendrick habló de su jefe, un tipo que creía que esto era "vacaciones pagas". Laura, más introspectiva, confesó que extrañaría las noches sin WiFi, donde el cielo estrellado era la única red social. Reímos, brindamos, y en ese momento —entre historias de ampollas épicas y refugios con duchas heladas— entendí que la ruta no se mide en kilómetros, sino en las personas que, como ellos, se convierten en faros en la niebla.
Antes de dormir, revisé mi bulto. La piedra en forma de corazón que Violeta me dio en San Marcelo seguía ahí, recordándome que incluso en la soledad del trazado, los dragones —y los amigos— siempre encuentran la forma de aparecer.
La mañana trajo una energía renovada, ese tipo de impulso que solo aparece cuando el final se atisba en el horizonte. Decidí mantener el ritmo: 38,5 kilómetros hasta Ribadiso. Tras despedirme de Hendrick y Laura —un abrazo rápido, una promesa de reencuentro en Santiago—, retomé la soledad de la marcha. Mis piernas, ya convertidas en metrónomos de asfalto y tierra, parecían moverse por inercia. La forma física acumulada era un traje invisible que me permitía desafiar las etapas recomendadas sin pausa.
Los primeros kilómetros fueron un diálogo con la Galicia rural: aldeas sin nombre, construcciones de piedra con geranios en los alféizares, hórreos que se inclinaban como ancianos contando historias. En una curva del sendero, una furgoneta abandonada capturó mi atención. Su carrocería oxidada estaba cubierta de grafitis y frases desgastadas por la lluvia: «Sin prisa», «El norte está en todas partes». Por un instante, imaginé comprarla, convertirla en un hogar rodante. Pero la realidad golpeó: Europa del Norte, con sus climas gélidos y precios astronómicos, no perdonaría ese romanticismo. Seguí andando, riéndome de mi propia fantasía efímera.
Al mediodía, noté un cambio sutil en el ambiente. Los «buen camino» de los lugareños sonaban más breves, menos cálidos. En un bar de Portomarín, donde paré a llenar la botella, el dueño me sirvió un café sin mirarme, ocupado en atender a un grupo de peregrinos con bultos relucientes. No era hostilidad, sino una especie de resignación ante la marea creciente de caminantes. Algo se avecinaba.
Ribadiso apareció como un remanso junto al río Iso. El hospedaje, un antiguo hospital de peregrinos rehabilitado, tenía un jardín donde lavé mi ropa junto a una alemana que hablaba de «energías telúricas». Manso mambo me tuve que fumar, no paraba un segundo de hablar de cosas que yo ni siquiera registraba. El menú del día costó dos euros: caldo gallego, lacón con patatas y un trozo de tarta de queso que sabía a victoria. Mientras comía, observé el bullicio creciente. El número de huéspedes se había duplicado: mochilas de colores vivos, bastones de carbono, risas en idiomas que no reconocía. Entonces lo entendí: estábamos a solo dos pasos de la confluencia con el Francés. La paz del Primitivo se desvanecía bajo el peso de los que andaban solo los últimos 100 kilómetros.
Esa noche, en el dormitorio compartido, el aire despedía desinfectante y expectativa. Un italiano voceaba su playlist desde un altavoz portátil, mientras una coreana intentaba meditar con tapones en los oídos. Me acosté temprano, abrazando la contradicción: añoraba la soledad de las etapas asturianas, pero también sentía curiosidad por el caos que se avecinaba. Santiago estaba cerca, y con ella, la certeza de que ningún trazado —ni físico ni interno— termina como comienza.
La jornada comenzó con el fin de la soledad en todos sus matices. Anduve solo veinte minutos hasta Arzúa, donde las rutas Primitivo y Francés se funden en un torrente humano. La confluencia oficial fue un shock sensorial: de la introspección de los bosques asturianos al hormiguero de peregrinos que avanzaban como células en un torrente sanguíneo. Cada metro cuadrado de sendero contenía tres idiomas, cinco mochilas y diez historias diferentes.
El paisaje se convirtió en telón de fondo. Grupos de adolescentes coreaban canciones pop coreanas, ciclistas con auriculares esquivaban bultos ultraligeros, y señoras de Texas fotografiaban hórreos con iPads. Mi andar se transformó en técnica de supervivencia: esprintes entre familias alemanas, frenos bruscos ante selfies improvisados, y cambios de ritmo para evitar choques frontales. Me sentía como el burrito Ortega esquivando patadas bosteras.
Durante una hora, anduve junto a Eduardo —venezolano de 62 años residente en Houston— cuyo relato era un mapa de migraciones: "En EE.UU. trabajo 14 horas diarias limpiando aviones, pero aquí soy solo otro peregrino". Su análisis de la crisis venezolana se mezclaba con consejos para encontrar tacos baratos en Texas. Lo dejé en una cuesta, donde su filosofía callejera se fundió con el rumor de la multitud.
Arribar a Lavacolla fue una odisea logística. Tres refugios municipales mostraban carteles de "Completo - No beds" pasado el mediodía. En el cuarto intento, un recepcionista gallego con cara de póker me tendió una llave: "Te toca la cama 42, última y la habéis cogido por una cancelación". La habitación despedía desesperación y pies cansados —15 literas apretadas como latas de sardinas— donde coreanos grababan vlogs y brasileños planificaban fiestas post-ruta. Paciencia, solo quedaba un tramo para Santiago, y si todo salía bien 3 a Finisterre.
El tsunami numérico: El 53% de los peregrinos certificados en Santiago (438,000 en 2022) inician en Sarria —último punto para obtener la Compostela—. Esta masa crítica colapsa servicios: refugios que cobran €30-50 por litera (vs €5-15 en variantes alternativas), restaurantes con menús básicos a €25, y taxis que triplican tarifas. La Xunta de Galicia reporta que el 78% de las quejas anuales se concentran en estos últimos 100 kilómetros —principalmente por sobrecupos y precios abusivos—. Mientras, emprendedores locales montan "tiendas express" vendiendo bastones de trekking a €40 y credenciales plastificadas por €15. El milagro económico jacobeo muestra su cara menos santa cuando la ruta espiritual se convierte en commodity turística.
Señoras y señores, ladies and gentlemen, pisé Santiago de Compostela. Tras esquivar la marea matutina de peregrinos desde las 6 AM, aparecí en la recepción del hostal a las 9:00 con aspecto de náufrago urbano. El dueño, anclado en su rutina de horarios rígidos, casi arruina mi momento épico con un "¿Check-in a esta hora?". Contuve las ganas de explicarle con gestos medievales que llevaba 27 jornadas andando y preferí negociar: equipaje depositado, muda rápida, y salida hacia la Catedral con la urgencia de quien busca oxígeno.
La Catedral emergió como un imán de emociones crudas: jubilados vascos abrazándose, mochileros coreanos haciendo TikTok con la fachada barroca, y algún solitario llorando contra su bastón. Yo, extrañamente sereno, cumplí el ritual: fotos obligatorias, visita al sepulcro, y trámite de la Compostela —documento necesario para cuando algún boludo cuestione mi honestidad caminera—. La burocracia sagrada tardó 45 minutos, justo el tiempo para reencontrarme con Cristen, quien hizo sus dos últimos tramos en bus porque se lesionó.
La despedida fue un banquete de pulpo en Rúa do Franco donde Ho repetía "Octopus, nice" como mantra, mientras Vasilij el metalero brindaba por "no morir aplastado por turistas". Bastian apareció como fantasma del Norte, completando nuestro círculo de supervivientes. Al caer la noche, mi celular se llenó de mensajes: Laura y Hendrick atrapados en la marea humana, Helena felicitándome desde Seúl, Fede dando señales desde algún monte gallego.
La ciudad Patrimonio lucha por digerir 327,378 peregrinos anuales (62% concentrados en verano). Los precios se disparan: menús básicos a €18-25 en zona monumental, refugios que multiplican por 5 sus tarifas en temporada alta, y taxis aplicando "tarifa peregrino" (+40% sobre metro oficial). El casco histórico sufre gentrificación extrema: 73% de viviendas son ahora apartamentos turísticos, según el Colegio de Arquitectos Gallegos.
La Xunta implementó medidas paliativas fallidas: "corredores peregrinos" que nadie respeta, y una app para gestionar refugios que colapsa cada tarde. Mientras, vecinos de zonas como San Pedro protestan contra el ruido nocturno: "Esto parece Ibiza con capucha", gritaba un anciano durante mi visita. El negocio mueve €400 millones anuales, pero el 68% de los establecimientos pertenecen a cadenas foráneas según Cámara de Comercio. La paradoja gallega: veneran al Apóstol pero expulsan a sus jóvenes por precios imposibles.
Al retirarme a la litera —€25 en habitación compartida con 8 desconocidos— revisé el equipaje. Quedaban 89 kilómetros hasta Finisterre, tres jornadas para escapar de la Disneylandia jacobea y encontrar mi propio final en el fin del mundo conocido.
El amanecer en Santiago traía piedra mojada y café recalentado. Mi hostel, escondido en las afueras como un secreto mal guardado, me obligó a andar 4 kilómetros de asfalto gris antes de encontrar el centro. Las calles vacías resonaban con eco de botas anteriores: peregrinos que ya habían partido, turistas aún dormidos bajo sábanas de hotel. En la Praza do Obradoiro, donde días atrás recibí la Compostela, las baldosas brillaban bajo una llovizna que limpiaba restos de celebraciones. Bastian y Cristen arrancarían más tarde.
La comuna de Ponte Maceira emergió tras una curva como un cuadro viviente. El puente medieval de siete arcos, construido en el siglo XIV, cruzaba el río Tambre con elegancia de ballesta tendida. Sus piedras musgosas contaban historias de arrieros, peregrinos y contrabandistas que hallaron refugio bajo sus arcadas. En la orilla izquierda, molinos de agua semiabandonados aún conservaban ruedas dentadas que antaño molieron trigo para panes de misa y fiestas paganas. El sonido del río, constante como un rosario, se mezclaba con el crujir de ventanas de madera en construcciones de piedra donde ancianas tejían calceta en umbrales centenarios.
La villa respiraba dualidad: junto a cruceiros de granito desgastado por siglos de rezos, grafitis modernos firmados «Roi 2023» decoraban muros de antiguos almacenes. En el Café Vilaseco, establecimiento que sobrevivió a guerras y pandemias, probé una tarta de almendra mientras el dueño —hijo y nieto de meseros— explicaba cómo el Tambre inunda la plaza cada invierno: «El río nos limpia las penas y se lleva lo que ya no sirve». Afuera, niños jugaban a saltar losas en el puente, sus risas rebotando contra los muros de la capilla de San Brais, donde peregrinos medievales dejaban ofrendas de cera antes de enfrentar los peligros del Monte Aro.
Negreira me recibió al mediodía con el pragmatismo de quien sabe ser etapa final. El hospedaje —antigua casa rectoral reformada— despedía lejía y madera encerada. Deposité el bulto y marché al supermercado como náufrago a tierra firme: pan, latas de atún, manzanas, chocolate negro del 85%, y dos birras. Cada compra era un cálculo exacto: «Dos desayunos, un almuerzo frío, cena reciclable». La cajera, al ver mi credencial ajada, añadió un surtido de té sin cargo: «Para el frío de Costa da Morte», dijo con complicidad.
La tarde se deshilachó entre siestas reparadoras y charlas efímeras. En el jardín del refugio. Ningún intercambio trascendió el aquí y ahora: los huéspedes, ese día, éramos fantasmas en tránsito, compartiendo migajas de humanidad.
Al caer el sol, recorrí calles empedradas donde los bares competían en ofertas de chupitos. En el «Luar do Tambre», tres euros compraban un «queimada» ritual —licor ardiente con cortezas de naranja— servido en tazas de barro mientras el DJ mezclaba panderetas electrónicas con reggaeton. Juventud local fumaba en esquinas, sus miradas evaluando a los caminantes como especímenes exóticos. Compré una empanada de zamburiñas en un puesto callejero y la devoré junto al puente medieval, viendo cómo las luces de la villa se reflejaban en el río como estrellas caídas.
De regreso, preparé una cena espartana: pasta con atún y tomate triturado, calentada en microondas comunal. Mientras comía junto a la ventana, una pareja de bicigrinos alemanes discutía en voz baja sobre rutas alternativas. Sus palabras («¿Y si seguimos hasta Muxía?») flotaron en el aire como ofrendas a un dios del trazado que ya no escuchaba. Me acosté temprano, consciente de que el último tramo exigiría fuerzas que ni el sueño ni el café podrían reponer. Galicia, con su bruma y sus presagios, me susurraba que el verdadero viaje comenzaría donde terminaran las flechas amarillas.
La jornada comenzó con el peso de lo inevitable: 37 kilómetros rectos hacia Logoso, última parada antes del final. El asfalto quemaba las suelas mientras el aire salitroso arañaba la garganta. "Dale que falta poco", me repetía como mantra, aunque cada mojón parecía burlarse de mi bulto, testigo de 820 kilómetros andados.
Oliveira fue un paréntesis de piedra musgosa: caseríos con balcones vacíos, un horno comunal abandonado y un cruceiro cuyas figuras religiosas habían perdido narices y dedos al intemperie. En el único bar abierto, una anciana sirvió café en tazas de porcelana resquebrajada mientras murmuraba sobre hijos emigrados a Vigo. Comí un bollo prensado mirando gallinas picotear entre adoquines, preguntándome cuántos peregrinos habían dejado aquí sueños inconclusos.
El momento crucial apareció al mediodía: dos flechas amarillas divergentes. Una señal de cemento en perfecto estado indicaba «Muxía», la otra, «Finisterre». Toqué la roca erosionada por el viento donde estaban marcadas las flechas, imaginando estar ya en las playas solitarias de Muxía. Pero mis pies, cansados de promesas, eligieron seguir recto. "Otro día", mentí al viento, sabiendo que jamás volvería.
El tramo final a Logoso fue un borrón: piernas en automático, canciones de Manu Chao repitiéndose como letanías, y el equipaje frotando la misma costilla de siempre. En el refugio, un módulo de cemento funcional, cociné pasta con atún por última vez. Mientras masticaba, contemplé mis botas que todavía lucían en perfecto estado, todo lo contrario a mi espalda. Mañana Finisterre, el final.
Madrugué con la certeza brutal de que sería el último amanecer como peregrino. 860 kilómetros desde Irún latiendo en las pantorrillas. Me ajusté las botas por última vez —viejas cómplices agujereadas— y salí al frío que cargaba sal y resina de eucalipto. El mapa mental ya no registraba aldeas: solo flechas amarillas clavadas como cicatrices en postes eléctricos.
Al mediodía, el primer destello de mar. Un azul violento recortado entre colinas. Me quité las botas en Playa Langosteira —acto ritual— y anduve los últimos 10 kilómetros con los pies desnudos hundidos en arena húmeda. Las olas limpiaban heridas abiertas durante 30 etapas. «Prohibido bañarse», rezaba un cartel oxidado, pero el Atlántico me lamía los tobillos como perro fiel. No pensé en meta: solo en no detenerme.
Pisé Finisterre con el sol clavado en la nuca. Hostal Mar de Fondo, tres noches pagadas por adelantado. Dejé caer el bulto —sudario de 9 kg— y me duché hasta que el agua fría arrancó capas de Asturias, Galicia y Castilla. Almorcé pulpo en una tasca donde turistas alemanes fotografiaban el menú.
Con Bastian —compañero de hueso del Norte— ascendimos al faro —Cristen, el croata esperaba para tomar unas cervezas a vuelta— entre ráfagas que cortaban la respiración. En el km 0.00, apoyé mi mate tibio sobre la placa de bronce mientras un alemán incineraba sus botas y chinos gritaban «oppa!» —no tengo la menor idea de lo que significa—. Me saqué una foto obligatoria: mejilla izquierda al viento, sonrisa cansada, dedos marcando la v. Más de un millar de pasos. 39 años convertidos en carne que derrotó montañas, burócratas y la voz interna que repetía «abandoná». Ahí entendí: los finales son espejismos —solo existe seguir.
Al atardecer, busqué una cala prohibida. Oleaje salvaje rompiendo contra acantilados. Me senté en una roca a ver cómo el sol desgarraba el horizonte. No hubo epifanías: solo cansancio glorioso y la certeza de haber pisado sin trampas. Cuando la oscuridad fue completa, recité para mí los versos de la voz áspera y rugiente del Chizzo: «Es el final y siempre empieza todo / Corre el riesgo al vivir». La vida —esa peregrina hambrienta— ya soplaba brasas bajo mis plantas para que volviera a andar. Todo había terminado. Todo comenzaba.
El Camino de Santiago no es un retiro espiritual ni una maratón turística. Es un trámite absurdo donde 860 kilómetros te enseñan que el cuerpo aguanta más que la mente, que la gente buena existe en lugares inesperados, y que ninguna epifanía vale la pena si no podés contarla después con una birra en la mano.
Desde Irún hasta Finisterre, el paisaje te cambia la conversación. Los acantilados vascos te gritan que la naturaleza no negocia. Las montañas asturianas te enseñan que subir duele, pero bajar duele más. Los bosques gallegos te empapan sin pedir permiso y luego te ofrecen queso tetilla como disculpa. Cada provincia tiene su forma de romperte: el País Vasco con sus cuestas verticales, Cantabria con su humedad traicionera, Asturias con sus senderos que parecen diseñados por sádicos, y Galicia con su capacidad infinita de llorar sin parar.
Los refugios son laboratorios de humanidad comprimida. Compartís literas con coreanos que roncan en Do menor, alemanes que organizan sus mochilas con precisión de relojero, y españoles que discuten de fútbol a las 6 AM como si el mundo dependiera de eso. Algunos se convierten en familia: Vasilij cantando heavy metal para que su hijo olvide la guerra, Myriam recordando a Charly García volando hacia una pileta, Violeta entregándome una piedra "para que no olvide que los dragones existen". Otros son extras de película que desaparecen en la siguiente etapa.
La ruta te confronta con versiones de vos mismo que preferirías no conocer. El día que querés mandar todo a la mierda porque te duelen las rodillas y el cielo lleva tres días llorando. El momento en que te das cuenta de que estás caminando solo para no pensar en lo que dejaste atrás. La noche en que extrañás a tu viejo discutiendo de River y Boca, y escribís mensajes que nunca enviás porque las palabras pesan más que la mochila.
Santiago de Compostela es una trampa bien montada. La Catedral te parte al medio —esa fachada barroca, esos peregrinos llorando contra sus bastones— pero después salís y te das cuenta de que te querían cobrar €25 por un menú que en Asturias costaba €8. La ciudad vende el final del Camino como si fuera un producto enlatado: souvenirs con conchas, Credenciales plastificadas, hostales que multiplican precios porque saben que estás demasiado cansado para negociar.
Finisterre te devuelve la honestidad. El faro del km 0.00 no tiene nada especial: es un faro, punto. Pero cuando llegás después de 30 días andando, con las botas rotas y la espalda hecha mierda, ese pedazo de roca donde la tierra se rompe contra el mar te dice algo que Santiago no pudo: "Llegaste. Ahora ¿qué vas a hacer?".
No hay manual de instrucciones para lo que viene después. Volvés a tu vida con las mismas deudas, los mismos problemas, la misma familia que te espera preguntando "¿y? ¿te iluminaste?". Pero algo cambió: ahora sabés que podés caminar 40 kilómetros con ampollas reventadas. Que podés cocinar pasta con atún en una cocina comunal sin querer matar a nadie. Que podés dormir en una litera rodeado de desconocidos y despertar agradecido de seguir vivo.
El Camino no te da respuestas. Te da ampollas, músculos que no sabías que tenías, y una lista de gente que nunca vas a volver a ver pero que te marcó más que algunos amigos de toda la vida. Te enseña que los finales son espejismos: cuando pensás que terminó, todo está empezando de nuevo.
Y cuando alguien te pregunte si vale la pena, vas a responder con la única verdad que importa: "No sé si vale la pena. Pero lo hice. Y eso ya es suficiente".
El Camino de Santiago no es un retiro espiritual ni una maratón turística. Es un trámite absurdo donde 860 kilómetros te enseñan que el cuerpo aguanta más que la mente, que la gente buena existe en lugares inesperados, y que ninguna epifanía vale la pena si no podés contarla después con una birra en la mano.
Desde Irún hasta Finisterre, el paisaje te cambia la conversación. Los acantilados vascos te gritan que la naturaleza no negocia. Las montañas asturianas te enseñan que subir duele, pero bajar duele más. Los bosques gallegos te empapan sin pedir permiso y luego te ofrecen queso tetilla como disculpa. Cada provincia tiene su forma de romperte: el País Vasco con sus cuestas verticales, Cantabria con su humedad traicionera, Asturias con sus senderos que parecen diseñados por sádicos, y Galicia con su capacidad infinita de llorar sin parar.
Los refugios son laboratorios de humanidad comprimida. Compartís literas con coreanos que roncan en Do menor, alemanes que organizan sus mochilas con precisión de relojero, y españoles que discuten de fútbol a las 6 AM como si el mundo dependiera de eso. Algunos se convierten en familia: Vasilij cantando heavy metal para que su hijo olvide la guerra, Myriam recordando a Charly García volando hacia una pileta, Violeta entregándome una piedra "para que no olvide que los dragones existen". Otros son extras de película que desaparecen en la siguiente etapa.
La ruta te confronta con versiones de vos mismo que preferirías no conocer. El día que querés mandar todo a la mierda porque te duelen las rodillas y el cielo lleva tres días llorando. El momento en que te das cuenta de que estás caminando solo para no pensar en lo que dejaste atrás. La noche en que extrañás a tu viejo discutiendo de River y Boca, y escribís mensajes que nunca enviás porque las palabras pesan más que la mochila.
Santiago de Compostela es una trampa bien montada. La Catedral te parte al medio —esa fachada barroca, esos peregrinos llorando contra sus bastones— pero después salís y te das cuenta de que te querían cobrar €25 por un menú que en Asturias costaba €8. La ciudad vende el final del Camino como si fuera un producto enlatado: souvenirs con conchas, Credenciales plastificadas, hostales que multiplican precios porque saben que estás demasiado cansado para negociar.
Finisterre te devuelve la honestidad. El faro del km 0.00 no tiene nada especial: es un faro, punto. Pero cuando llegás después de 30 días andando, con las botas rotas y la espalda hecha mierda, ese pedazo de roca donde la tierra se rompe contra el mar te dice algo que Santiago no pudo: "Llegaste. Ahora ¿qué vas a hacer?".
No hay manual de instrucciones para lo que viene después. Volvés a tu vida con las mismas deudas, los mismos problemas, la misma familia que te espera preguntando "¿y? ¿te iluminaste?". Pero algo cambió: ahora sabés que podés caminar 40 kilómetros con ampollas reventadas. Que podés cocinar pasta con atún en una cocina comunal sin querer matar a nadie. Que podés dormir en una litera rodeado de desconocidos y despertar agradecido de seguir vivo.
El Camino no te da respuestas. Te da ampollas, músculos que no sabías que tenías, y una lista de gente que nunca vas a volver a ver pero que te marcó más que algunos amigos de toda la vida. Te enseña que los finales son espejismos: cuando pensás que terminó, todo está empezando de nuevo.
Y cuando alguien te pregunte si vale la pena, vas a responder con la única verdad que importa: "No sé si vale la pena. Pero lo hice. Y eso ya es suficiente".
Julio en Sevilla es una prueba de resistencia térmica. El bus avanzó como tortuga bajo un sol que derretía el asfalto, cuatro horas donde el aire acondicionado libraba su batalla final contra la física. Al pisar la estación Plaza de Armas, el termómetro marcaba 47°C. "Calorcito de mentira, en agosto se pone bueno", me dijo un maletero con sonrisa de dientes dorados que parecía inmune al infierno. El hostal, refugio de azulejos y cortinas de lino, traía limpieza con notas de lejía recién aplicada. Amplio, con cocina comunal donde planeé estrategias para no gastar un euro de más. La siesta se volvió ritual sagrado: de 14:00 a 19:00, la ciudad pertenecía a las moscas y a los locos. Los sevillanos desaparecían como vampiros al revés, y las calles quedaban vacías salvo por turistas alemanes que insistían en caminar bajo el sol con sombreros de paja comprados en tiendas chinas.
Fundada por tartesios, moldeada por romanos (Hispalis) y convertida en joya omeya (Ishbiliya), esta tierra respira siglos por los poros. Su riqueza —construida sobre oro americano y sudor de almadrabas— se esconde tras fachadas descascaradas donde geranios desafían la gravedad. Hoy el turismo infla precios mientras el 28% de jóvenes está en paro, pero las tapas siguen costando 2€ en tabernas sin cartel. Blas Infante —padre del andalucismo fusilado en 1936— susurra desde cada esquina que otra Andalucía es posible. Nadie lo escucha porque están ocupados sacándose selfies frente a la Giralda.
Mi primera mañana comenzó a las 6:30 AM, cuando todo dormía entre sombras azules. La Plaza de España —monumento kitsch de la Exposición Iberoamericana de 1929— emergía como set de cine abandonado. Sus 50,000 m² de ladrillo, cerámica trianera y canales venecianos son puro teatro: regionalismo andaluz disfrazado de grandilocuencia imperial. Recorrí sus bancos provinciales —cada uno un mosaico de historia local— bajo la mirada de conquistadores esculpidos que parecían pedir disculpas. A las 10:00, cuando los autobuses turísticos empezaban a vomitar selfie-sticks, ya estaba en los Jardines de María Luisa, donde pavos reales despliegan colores que desafían a Gaudí. Me senté en un banco a tomar agua tibia mientras una pareja china posaba para fotos pre-matrimoniales con un fotógrafo que gritaba instrucciones en mandarín.
La Torre del Oro —vigía del Guadalquivir desde 1220— brillaba como joyero de rutas indianas. Subí hasta el mirador, donde el río se extendía como serpiente perezosa. La Plaza de Toros de la Maestranza, con su arena dorada y gradas fantasmas, cargaba cuero viejo y tragedias románticas. "Aquí hasta las piedras saben de duelos", murmuró un vigilante ajustando su gorra. La Catedral, visitada de noche para evitar colas, me dejó sin aliento: la tumba de Colón flotaba bajo bóvedas góticas mientras la Giralda vigilaba desde las alturas. Gratis, como todo buen espectáculo divino cuando sabés moverte fuera del horario turístico.
Las tardes se medían en tapas: montaditos de pringá en El Rinconcillo (1670), espinacas con garbanzos en Bodega Santa Cruz, y caña de Cruzcampo que sabía a protesta obrera fermentada. Las tabernas, templos de mármol manchado de aceite, funcionaban como democracias líquidas: jubilados discutiendo política con vehemencia de senadores, estudiantes fumando vapeadores de chicle, y chefs peruanos reinventando el gazpacho. Aprendí que el "tapeo" es coreografía urbana donde el jamón ibérico baila y el vino de Rioja acompaña. Cada local tiene su especialidad, su clientela fija, su drama interno.
La noche del 14 de julio escribí mi propio capítulo futbolero. En el hostal conocí a Camila y Sofía —colombianas de Bogotá con mochilas más grandes que su estatura—. Juntos ocupamos una mesa en algún antro del cual no recuerdo el nombre (soy vago para llevar notas). Compartimos espacio —todo lleno— con una pareja de noruegos que tenían menos fútbol que profesor de yoga, pero generosidad inmensa para hacernos hueco. Todos conversaban, menos yo. Silencio absoluto, concentrado en el match. Inglaterra, con Foden y Bellingham atrofiados por el miedo, no atacaba. España manejaba la pelota con la prolijidad cerebral de Rodri, pero carecía de profundidad. Todo cambió en el segundo tiempo: Williams adelantó, Palmer —insólitamente iniciaba en el banco— igualó. El 2-1 final fue justicia: Oyarzabal, tras pase de Olmo, definió con frialdad de quien sabe que el destino juega de su lado. La explosión en las calles fue alegría pura: abuelas con mantillas y niños en hombros cantaban "Lami, Lami, Lami Yamal, cada día yo te quiero más" al ritmo de bulerías. La ciudad se convirtió en río humano de banderas rojas y amarillas donde hasta los turistas gritaban sin entender por qué.
La coronación española fue aperitivo. El plato principal arrancaba a las 3:00 AM: final Argentina-Colombia. Durante los festejos me crucé con Johana, la argentina conocida en Lagos, Portugal. Junto a las dos colombianas nos pusimos a buscar dónde verlo. Gracias a un argentino y su novia, encontramos un antro cerca de mi hospedaje: banderines del Betis y fotos de Julio Cardeñosa. El ambiente era distinto. Entre españoles e ingleses no había cantos ni chicanas; entre argentinos y colombianos flotaban en el aire. Latinoamérica en estado puro, guerra futbolera entre tangos y cafés. Colombia dominó el primer tiempo sin situaciones claras. A los 15 minutos del segundo, Messi no pudo continuar y el equipo sintió un simbronaso fortísimo. El partido fue al alargue. Ahí sí fue todo celeste y blanco: entraron Paredes, Lo Celso, y Lautaro. El primero recuperó, el segundo asistió, el tercero convirtió. 1-0 para nosotros y a otra cosa. Los festejos no fueron más allá porque la policía cierra todo con eficiencia germánica. Mayoría de colombianos se fueron con tristeza, pero sin peleas ni problemas, solo abrazos consoladores.
Bonus track: En el entretiempo compro cerveza y me cruzo con un tipo de Río Cuarto, Córdoba. Al mencionar Serrano, mi pueblo, me dice: "Conozco al Colorado, a Imanol de ahí". El Colo, un gran amigo. ¿Qué tan chico es el mundo? Nos sacamos foto y se la mandé. Respondió con un abrazo desde la distancia, con la buena onda que lo caracteriza.
Cádiz apareció en BlaBlaCar, compartiendo asiento con una enfermera que narró su divorcio como telenovela. La ciudad más antigua de Occidente —fundada por fenicios en 1100 a.C.— respira salitre y rebeldía. En el Estadio Ramón de Carranza, el "Templo del Mágico González", un bartender sirvió manzanilla mientras filosofaba: "Ningún equipo sufrió más ascensos y descensos. Como la vida misma, ¿no?". Recorrí su Catedral Nueva —cúpulas doradas dialogando con gaviotas cínicas que cagan sobre turistas— y el Barrio del Pópulo, laberinto de balcones que escupen ropa tendida como banderas de rendición. La playa de La Caleta, entre castillos moros y barcas pesqueras, fue mi bautismo atlántico: tres horas de sol y olas que limpiaron hasta la última neurona quemada. Pescadores remendaban redes mientras discutían de fútbol con acento gaditano —español cantarín que parece portugués después de tres copas—. Me senté en la arena a ver el atardecer pensando que si los fenicios eligieron este lugar para fundar ciudades, algo sabían que nosotros olvidamos.
Fui temprano al mercado trianero: vitrinas relucientes, puestos geométricos donde el jamón se alineaba como soldados en formación. Todo limpio, predecible, opuesto al vértigo olfativo de La Salada o Liniers. Extrañé el regateo, el grito de "¡A diez la manga!", ese caos que hace latir los mercados de mi continente. Quise entrar a una peña del Sevilla FC cerca de calle Pureza. "Only members", me espetó un tipo con acento de hierro fundido, cerrando la puerta como si llevara el escudo bordado en la piel. Mi indignación duró lo que tardé en encontrar la sede del Betis: local modesto con banderas desflecadas y aroma a tortilla de papas. Al decir "soy argentino", se iluminaron como niños en Navidad: "¡Lo Celso hizo magia aquí! ¡Pezzella, un muro!". Me invitaron café de máquina que supo a ambrosía mientras repasaban goles de Denís en VHS con reverencia de quien muestra reliquias sagradas. Cuando preguntaron "¿Con cuál te quedarías?", no dudé: "El Betis es pueblo, no postureo". Se abrazaron como si hubiera citado a Machado.
La noche terminó en La Carbonería, santuario donde el flamenco no se vende, se regala. Entre tinto de verano y palmas que marcaban compás irregular, una bailaora retorcía el aire con su bata de cola mientras el cantaor arañaba versos de desamor con voz que parecía salir del estómago de un volcán. Los turistas callaban, los locales gruñían "¡Olé!" como si escupieran huesos de aceituna, y entendí que el duende no es mito: es ese nudo en la garganta cuando la guitarra llora más que la voz.
Me voy con 47°C clavados en el disco duro y contradicciones en cada esquina. Acá las iglesias guardan oro robado mientras ONGs reparten arroz en La Alfalfa. El Betis y el Sevilla no son equipos: son clases sociales disfrazadas de deporte, rabia acumulada en gradas que huelen a Cruzcampo. En Triana aprendí que la autenticidad no necesita desorden: hasta lo pulcro puede tener vida si lo habitan manos que tallaron la Giralda. La Carbonería me enseñó que el arte verdadero evade tarjetas de crédito: nace en bodegas donde el sudor salpica más que el vino. Al partir hacia Córdoba, llevaba el aroma a azahar que no oculta basura en callejones, los "¡guapo!" que enmascaran paro juvenil, esa manera de bailar como si el mundo se acabara mañana. Abraza y apuñala en el mismo compás, vende folclore pero guarda secretos bajo mantones de lágrimas. Visitar esto no es turismo: es terapia de shock para quienes creen entender España. Te vas intoxicado de belleza áspera, preguntándote cuánto de paraíso y cuánto de trampa late bajo los adoquines. La respuesta, como todo en Andalucía, depende de quién te escancie el vino y cuánto estés dispuesto a pagar por la mentira.
El BlaBlaCar fue mi transporte hacia el horno andaluz. Carlos, conductor de manos curtidas por el volante y acento ceceante, desgranó historias entre olivares: "Aquí hasta los perros ladran en árabe los viernes". Dos horas de ruta donde el termómetro marcó 44°C y la austeridad se midió en botellas de agua recicladas. Llegué a un hostal que parecía escenografía de película árabe: arcos de herradura recortando sombras geométricas, yeserías con versos del Corán borrados por el repinte cristiano, y un patio donde el rumor de una fuente competía con el zumbido del aire acondicionado. Por 7€, heredé un cubículo con cama estrecha y ventana al laberinto que Ibn Hazm alguna vez describió como joya del Islam.
Esta tierra fue capital del Islam occidental. En el siglo X, bajo el califa Abderramán III, compitió con Bagdad y Constantinopla en esplendor: bibliotecas con 400,000 manuscritos, iluminación nocturna cuando Europa era oscuridad total, y baños públicos donde judíos, musulmanes y cristianos debatían filosofía entre vapores. Hoy, ese pasado vive en la Judería —laberinto de paredes encaladas y geranios— donde Maimónides escribió guías para perplejos, y en la Mezquita, cuyo bosque de columnas fue testigo del primer sálvese quien pueda religioso: en 1236, Fernando III reconquistó la ciudad, consagró el templo al culto cristiano, y mandó incrustar capillas entre los pilares como clavos en un ataúd dorado.
Caminar por acá me devolvió a mi Córdoba natal —la argentina—, fundada en 1573 por españoles que añoraban estos rincones. Allí, los jesuitas replicaron patios andaluces entre sierras de cuarzo; aquí, los omeyas trazaron veredas que luego inspiraron cuadrículas coloniales. Ambas comparten el gen de la resistencia: si en Argentina sobrevivimos a dictaduras con mate y rock nacional, aquí aguantan 45°C con sombra de naranjos y la terquedad de quien sabe que el Guadalquivir, como el río Suquía, siempre trae nuevas historias.
La ciudad se mide en platos hondos: salmorejo que es sopa y pintura abstracta, berenjenas con miel de caña que reconcilian religiones, flamenquín crujiente como fatwa culinaria. En el Mercado Victoria —templo gourmet de techos de cristal—, chefs con tatuajes de al-Ándalus reinventan el rabo de toro mientras jubilados piden "croquetas como las de la abuela Amalia". Por la noche, el Puente Romano se convierte en balcón de desencuentros: parejas de Tinder, músicos que desafinan sevillanas, y policías que persiguen a vendedores de hashish con nombre de profeta.
La Judería es un archivo con páginas borradas. En la Sinagoga —una de las tres que quedan en España—, las inscripciones en hebreo comparten muro con grafitis de turistas. Niños corren donde mercaderes sefardíes vendían sedas, y tiendas de "recuerdos auténticos" venden imanes de la Torre de la Calahorra, fortaleza que vigiló tanto a invasores cristianos como a vecinos indeseables. Al atardecer, cuando las sombras alargan las fachadas, jurás escuchar murmullos en ladino mezclados con reggaetón.
En el Callejón de las Flores —ese que sale en todas las postales— una abuela regaba geranios con manguera de jardín. Le pregunté si le molestaban los turistas. "¿Molestar? No, hijo. Pero antes esto era un barrio, ahora es un decorado". Señaló las casas: "Esa es un hotel boutique, esa otra un restaurante para guiris, aquella la compraron unos ingleses que vienen dos meses al año. Yo soy la única que queda de los vecinos de toda la vida". Le ofrecí ayuda con la manguera. Mientras regábamos juntos, me contó que su marido había sido cantero en la restauración de la Mezquita en los 80: "Decía que cada columna pesaba como tres pianos. Y que cuando trabajaban de noche, juraba escuchar rezos en árabe saliendo de las paredes. Yo le decía que estaba loco, pero él insistía: 'Los muertos no se van, Mercedes, solo esperan que los vivos los recuerden'". Cerró la llave del agua y entró sin despedirse. Me quedé mirando las columnas desde la calle, preguntándome cuántos fantasmas caben en 850 pilares de mármol.
Entré a la Mezquita a las 8:30 AM gratis, siguiendo el consejo de una malagueña que despedía azahar y rebeldía. El interior desplegó su trampa visual: 850 columnas de mármol y jaspe creando perspectivas infinitas, luz filtrada por celosías que dibujaban versículos en el suelo. En el mihrab, dorados que cegaban como el sol del desierto, mientras el coro cristiano —incrustado como diamante en barro— entonaba silencios de culpa. Turistas japoneses disparaban cámaras hacia las bóvedas, influencers posaban en el shadirwan, y yo caminaba descalzo sobre alfombras imaginarias, sintiendo el peso de los siglos en cada paso.
No se recorre, se interroga. Los mismos techos que guardaron rezos en árabe hoy cobran entrada a turistas con cámaras Canon. La Judería vende imanes donde antes se vendían sedas. El Puente Romano es escenario de Tinder y traperos que rapean sobre Abderramán III sin saber quién fue. Esta ciudad no eligió ser museo: la convirtieron en eso cuando decidieron que vender pasado era más rentable que construir futuro.
Al marcharme, miré al Guadalquivir y pensé en su hermano lejano, el Suquía, que riega la Córdoba argentina. Ambas comparten nombre, pero no destino: una carga con el mármol roto de los imperios; la otra, con el cemento de las promesas incumplidas. Antes de irme, dejé caer una moneda al río. No fue un deseo inocente: fue un mensaje en clave. "Llévale esto al Suquía", le dije al agua. "Que sepa que resistir no es sobrevivir al pasado, sino negarse a ser un souvenir del presente".
Llegué a Granada en un bus de ALSA con el aire acondicionado luchando contra los 45°C exteriores. Tras un viaje desde Córdoba, pisé la estación sabiendo que esta ciudad sería distinta. El hostal, ubicado en pleno centro histórico, desafiaba todo cliché: edificio reformado con decoración minimalista, paredes blancas con acuarelas locales, y un patio andaluz donde el murmullo de fuentes competía con risas en cinco idiomas. Por solo 7€ la noche (temporada baja de verano), accedí a un oasis de hamacas, lockers modernos y el verdadero tesoro: cenas comunitarias gratuitas preparadas por viajeros voluntarios. En mi estadía, vi gestarse una amistad entre un marroquí y un argelino, países con fronteras bloqueadas por problemas políticos. "Hoy toca paella", anunció la recepcionista con sonrisa que ya auguraba conexiones.
La convivencia fue un mosaico humano: Flor y Raiza (ambas argentinas, la primera psicóloga de pasión milonguera y la segunda, hippie perfeccionándose en Astrología), Doug, Evelyn, y Luiza (brasileños, los tres voluntarios que cocinaban de puta madre; Doug —São Paulo— organizaba eventos, Evelyn —creo que era de Belém— funcionaba como madre dentro de la casa, la más responsable, y Luiza —Río de Janeiro— la rompía toda danzando, fiel a su origen), Rob (británico tratando de escapar del sistema capitalista de su región), Youssef (marroquí viajero que se hizo una escapada para ver el show de Manu Chao, previo a viajar por un año a Latinoamérica), Marilyn (colombiana bogotana fanática del café y de las noches de karaoke) y el último en incorporarse fue Mauro (canalla, peronista y fanático del Diego, más de Rosario imposible). Había más personas, prometo esforzarme en el libro. Las noches terminaban en karaokes espontáneos donde Marilyn convertía "La Bicicleta" en himno grupal y los brasileños no paraban un segundo de bailar, mientras un periodista calvo de EEUU insistía: "¡Milei tiene ojos de lobo! Lo entrevisté en Buenos Aires". Esa última frase tiene menos credibilidad que la criptomoneda Libra.
Mientras escribo este apartado desde Siem Reap, Camboya, la nostalgia se hace presente: las charlas, las caminatas, las birras, las salidas nocturnas y la milonga. En fin, esto también es parte de viajar.
Cada mañana recorría el Albaicín, barrio declarado Patrimonio de la Humanidad. Sus calles empedradas seguían el trazado del siglo XI, cuando era el corazón de la Granada musulmana. En la Plaza Larga, compraba dátiles a un vendedor marroquí frente a murallas nazaríes. Subía al Mirador de San Nicolás para ver la Alhambra, imaginando cómo Boabdil lloró aquí en 1492. Un día, un anciano me señaló una casa con grafitis de Lorca: "Aquí nació el duende del flamenco".
Bajo las piedras del Albaicín yacen quienes levantaron la Alhambra. En el siglo XIV, mientras los sultanes soñaban palacios, canteros moriscos tallaban versos del Corán en el yeso de los arcos, ocultos tras capas de cal durante la Reconquista. En el Mirador de San Cristóbal, un arqueólogo me señaló marcas de herramientas en los muros: "Aquí trabajaron esclavos cristianos y artesanos judíos; esta joya es un collage de sudor". Hoy, en la Cuesta de los Chinos —trazado que usaban los cargadores para subir materiales—, aún se encuentran fragmentos de cerámica nazarí entre los adoquines. Granada no solo es poesía de reyes, sino también de manos callosas.
Granada inventó las tapas gratis en los años 20 para atraer obreros a las tabernas. Seguí la tradición en el Bar Los Diamantes, donde cada caña (2€) venía con platillos como berenjenas con miel de caña —receta heredada de los moriscos—. En el Mercado de San Agustín, probé tortilla del Sacromonte (hecha con sesos y criadillas) mientras un vendedor explicaba: "Esto comían los gitanos cuando no tenían nada". Las noches terminaban con helado de turrón en la Plaza Bib-Rambla, antigua plaza de toros árabe.
Entre las tapas de berenjenas y el aroma a incienso de la Calderería, late la memoria de la Granada de las tres culturas. En la Placeta de las Descalzas, una lápida recuerda que aquí estuvo la madraza árabe quemada en 1499 por el Cardenal Cisneros. Cerca, en la Calle Oficios, el Corral del Carbón —alhóndiga del siglo XIV— fue refugio de mercaderes judíos hasta su expulsión. Un profesor de la Universidad me contó que, en los años 30, republicanos y anarquistas usaron las tapas gratis como acto de resistencia: "Compartir platos era desafiar al hambre y al fascismo". Así, cada bocado en Granada es un acto político disfrazado de tradición.
Para huir del calor asfixiante (45°C a la sombra), tomaba buses a pueblos costeros. Salobreña era un sueño blanco y azul: su castillo árabe del siglo X, erguido sobre acantilados devorados por buganvillas, vigilaba playas de guijarros donde familias marroquíes extendían manteles bordados para picnics con msemmen y té de menta. Pero era en Almuñécar —antigua Sexi Firmum Iulium romana— donde la historia me golpeaba con su peso. Entre callejuelas que despedían salazón, exploraba en solitario el Acueducto del Toro, construido en el siglo I d.C. para llevar agua a las fábricas de garum (salsa de pescado que enloquecía a los patricios de Roma). En el Museo Arqueológico, oculto en una cueva fenicia, descubrí ánforas con inscripciones en púnico: "Aquí yacen los huesos de los que comerciaban con la Atlántida", bromeó un custodio mientras señalaba restos de un naufragio del siglo IV a.C. Al caer la tarde, subía al Castillo de San Miguel —donde Boabdil firmó su rendición secreta en 1489— y desde sus almenas vacías, hojeaba un libro de Lorca comprado en el mercadillo, mientras el mar lamía la costa como perro sediento. Regresaba al hostal con la piel salitrosa y la mochila llena de piedras con memoria.
El clímax llegó con el recital de Manu Chao en el Coliseo Ciudad Atarfe, organizado para financiar La Azucarera —un proyecto cultural en una fábrica abandonada—. Con Youssef, Flor, Marilyn, Doug y Rob, cantamos y bailamos bajo las estrellas entre "Clandestino" y "Desaparecido". El público, mezcla de hippies sesentones y jóvenes con banderas antifascistas, coreaba canciones como mantras. Manu, sudando la camiseta, gritó: "¡Granada resiste!" mientras sonaban acordeones y trompetas.
A la salida, Youssef me agarró del brazo. "Hermano, esto es lo que extrañaré de Europa". Estábamos rodeados de cientos de personas, pero él solo miraba hacia Sierra Nevada, visible desde el parking. "En Marruecos, este tipo de conciertos no existen. El gobierno tiene miedo de que la gente se junte y piense". Encendió un cigarro y me lo pasó. "Manu Chao canta sobre clandestinos, sobre los que cruzamos fronteras sin papeles. Yo crucé el estrecho hace cinco años, escondido en un camión. Casi me ahogo". Se rio con amargura. "Y ahora estoy acá, viendo a un tipo que canta mis miedos en español, francés, árabe. ¿No es jodido?". No supe qué responder. Le devolví el cigarro y nos quedamos en silencio, viendo cómo la multitud se dispersaba en buses nocturnos. Granada, esa noche, no fue solo música: fue un recordatorio de que hay gente que paga con la vida por escuchar lo que nosotros damos por sentado.
La Alhambra la dejé para el final. Desde el Mirador de San Nicolás, observé sus torres entre vendedores de bisutería y turistas haciendo selfies. Decidí no entrar: las colas kilométricas y los grupos con auriculares me recordaron el turismo masivo que devora lo auténtico. Preferí imaginarla a través de los versos de Lorca y lo que Mauro me contó sobre Boabdil llorando en el Suspiro del Moro. A veces, la mejor foto es la que no sacás.
Me voy con dátiles en la mochila y la voz de Youssef en la cabeza. Esta ciudad no es la postal perfecta que te venden: es el anciano que te señala grafitis de Lorca sin pedir propina, el arqueólogo que te explica que la Alhambra se construyó con sudor de esclavos, el profesor que te dice que compartir tapas fue resistencia antifascista. Granada te recibe con geranios y te despide con preguntas incómodas sobre quién construyó tanta belleza y a qué precio.
Volveré, pero no cuando florezcan los geranios ni cuando se vayan los turistas. Volveré cuando necesite recordar que hay ciudades que no se doblegan ante el merchandising, que siguen siendo políticas aunque vendan imanes de la Alhambra. Porque acá aprendí que lo valioso no está en los palacios que cobrán 15€ de entrada, sino en los bares donde una caña te da derecho a un plato de resistencia histórica. Y eso, amigos, no lo encontrás en ninguna guía Lonely Planet.
Llegué a Atocha con la mochila al hombro y la sensación de que algo no cuadraba. La estación, con su jardín tropical bajo techo de hierro, parecía sacada de una novela steampunk. Palmeras de plástico convivían con turistas alemanes perdidos y vendedores senegaleses ofreciendo paraguas bajo un sol que no perdona. Mi hostal en Lavapiés costaba 12€ la noche —record europeo hasta ese momento— y tenía todo lo que no necesitaba: WiFi lento, ducha con presión de grifo roto, y un cartel que advertía "No fumar hachís en las habitaciones". Bienvenido a la capital del reino.
Recorrí la Gran Vía sintiendo el peso de su arquitectura neoclásica. Edificios como el Metrópolis con su cúpula de oro, o el Telefónica que vigiló la Guerra Civil desde sus ventanas de francotirador. Pero tras el mármol y los balcones floridos, había otra historia: turistas fotografiando el oso y el madroño mientras repartidores venezolanos esquivaban patinetes eléctricos. El Palacio Real, con sus 3.418 habitaciones vacías, parecía un museo de ambiciones donde hasta los guardias de seguridad bostezaban de aburrimiento.
Entré al Prado buscando las Meninas de Velázquez. Las encontré rodeadas de japoneses con audioguías y estudiantes de arte que las dibujaban con carboncillo. Me senté en un banco frente al cuadro y me quedé media hora mirando esa trampa visual donde nadie sabe quién mira a quién. Un vigilante se acercó: "¿Primera vez?". Asentí. "Vas a volver. Todos vuelven. Es como una droga, pero gratis los domingos". Tenía razón a medias: volví, pero nunca logré entender por qué Velázquez decidió pintarse a sí mismo mirándome desde 1656.
La gastronomía fue un desencanto calculado. Bocadillos de calamares en Plaza Mayor a precio de caviar, jamones ibéricos tras vitrinas como reliquias intocables. Busqué el Madrid castizo en las cuevas de La Latina y solo encontré menús turísticos con paella congelada. El único destello real: un mercadillo en Usera donde peruanas vendían ceviche picante junto a colombianos que freían arepas con ritmo de salsa. Ahí, bajo cables de luz colgando como lianas urbanas, latía el verdadero pulso multicultural que el centro histórico había momificado.
Una tarde, en un bar de Malasaña, me senté al lado de un tipo que leía "Poeta en Nueva York" de Lorca. Le pregunté si era bueno. Me miró con cara de "¿en serio no lo leíste?". "Es lo mejor que escribió. Y lo hizo acá, antes de irse a Nueva York y volverse loco". Se llamaba Héctor, trabajaba de camarero y estudiaba Filosofía. "Llevo siete años en la carrera. No la termino porque no quiero. En cuanto me reciba, tendré que irme a Alemania a lavar platos con título". Pidió otra cerveza. "Acá no hay futuro, hermano. Solo hay museo. Nos pagan por ser extras de nuestra propia historia". Le pregunté por qué se quedaba. "Porque afuera es peor. Al menos acá sé dónde están las grietas".
Agosto reveló la peor cara de la capital: negocios cerrados con persianas oxidadas, colas interminables en el Museo del Jamón, y un calor de 45°C que convertía las aceras en planchas. El Retiro, ese pulmón verde idealizado, despedía cloro de piscina pública y crema solar rancia. Corrí a refugiarme en La Central de Callao —librería donde el aire acondicionado y las primeras ediciones de Lorca fueron mi único consuelo—. Compré "Romancero Gitano" y lo leí sentado en el suelo entre turistas que buscaban guías de viaje. Pensé en Héctor, en su Lorca subrayado, en su futuro atrapado entre filosofía y cervezas baratas.
Una noche fui a una jam session en un sótano de Vallecas. Músicos senegaleses mezclaban kora con coplas manchegas mientras un público de veinte personas fumaba en la puerta. Ahí conocí a Aminata, cantante de Dakar que llevaba cinco años limpiando oficinas de noche para poder cantar de día. "Aquí la cultura es solo para ricos o turistas. Nosotros tocamos gratis en sótanos porque arriba todo cuesta 30€ la entrada". Me invitó a un té con menta en su casa de Tetuán. Vivía en un piso compartido con otras cuatro personas, todas migrantes, todas artistas, todas invisibles para la postal oficial que vende flamenco y jamón. "Algún día nos descubrirán", dijo mientras servía el té en vasos reciclados. "O nos echarán. Aquí pasa cualquiera de las dos".
Me fui sin nostalgia. Esta capital posa de abierta mientras clava rejas en sus plazas, celebra su diversidad pero segrega en barrios-almacén. Comparada con la calidez de Lisboa o el caos vibrante de CDMX, se siente como un decorado caro que repite su libreto sin convicción. Acá hasta la rebeldía tiene horario: grafitis comisionados por el ayuntamiento, okupas convertidos en influencers.
Pero me llevo a Héctor leyendo Lorca en un bar de Malasaña, sabiendo que su futuro es lavar platos con título de filósofo. Me llevo a Aminata cantando en sótanos porque arriba todo cuesta lo que ella no tiene. Me llevo ese ceviche de Usera que costaba 3€ y sabía más a resistencia que cualquier menú de La Latina. Porque si algo aprendí acá es que las capitales que se venden como museos ya están muertas. Solo siguen cobrando alquiler.
Llegué a Nerja con la mochila cargada de sospechas. Este pueblo blanco encaramado en los acantilados de Maro se vendía como “joya virgen”, aunque detrás de los muros encalados asomaban urbanizaciones con nombres de inmobiliaria inglesa: Sunny Golf Paradise, Costa Azul Residence. Planeaba pasar allí la última quincena de agosto, esquivando el calor africano antes de seguir rumbo a Marruecos.
Mi refugio fue el Hostal Bahía: cuatro horas diarias de recepción y barra a cambio de una litera en el ático y arroz congelado para comer. Óscar, el dueño, regía su pequeño reino con una lógica sencilla: “todo vale si después limpias los baños”. Había cerveza libre tras el turno y siestas en hamacas cuando el calor derretía el mármol del bar.
Carlos, el cocinero granadino, tatuado con el escudo de su club de motos, se volvió mi cómplice nocturno. Mientras fileteábamos boquerones, le hice escuchar a La Renga. Le fascinó. Decía que algún día viajaría con su grupo de moteros para verlos en vivo. Esas madrugadas, el hostal olía a pescado fresco y sonaba a rock argentino.
Las mañanas eran lentas y ruidosas. Dani, el “Loco del Sombrero”, llegaba al hostal en su Fiat Panda del 87, con un altavoz que alternaba reguetón y coplas. Su cargo oficial era “animador turístico”, pero en realidad era el bufón necesario del sistema: organizaba karaokes con abuelas británicas, bailaba sevillanas sobre las mesas y grababa TikToks donde imitaba a Antonio Banderas con un sombrero deshilachado. “Aquí o te adaptas o te vuelves loco”, me dijo una vez, mientras preparaba su cámara para un concurso de paellas improvisadas.
Por las tardes, escapábamos a Cala Torre del Pino, una grieta entre acantilados donde el Mediterráneo aún respira sin hoteles encima. Jessica, la brasileña del hostal, me llevó a Las Alberquillas: una playa dividida entre jubilados rosados por el sol y hippies que leían a Castaneda. El agua era tan clara que el fondo parecía una constelación marina. En una cueva, encontramos grabados de contrabandistas del siglo XIX. Nerja escondía su verdad bajo capas de yeso turístico.
Málaga llegó como una revelación dividida. Jessica me llevó al Centro de Arte Contemporáneo, una vieja fábrica reciclada en templo del desconcierto visual. En una sala, un video sobre migraciones africanas se mezclaba con el olor a pescaíto frito que entraba por las ventanas. Más tarde cruzamos el Mercado de Atarazanas: bajo los arcos nazaríes, las vendedoras gritaban “¡bocabajo fresco!” mientras chefs hipster compraban atún rojo para sushi de cincuenta euros. Esa noche cenamos en El Palo, frente al mar. Un anciano con manos curtidas por las redes nos contó que en los sesenta esos mismos espetos de sardinas alimentaban familias enteras por unas pocas pesetas.
En los días libres nos perdimos por los pueblos blancos de la sierra. Frigiliana parecía una escenografía de Almodóvar hasta que leímos un grafiti en una pared encalada: No somos tu parque temático. En Cómpeta, un agricultor nos vendió vino moscatel directo de la tinaja. Lo bebimos bajo un almendro mientras contaba cómo sus viñas habían sobrevivido a la filoxera, pero no a los promotores inmobiliarios. “Ahora produzco vino para alemanes que quieren fotos con campesinos auténticos”, dijo escupiendo una semilla al polvo.
Tarifa fue el cierre lógico. Allí el viento de levante dobla las banderas y las palmeras, y el continente africano parece al alcance de un salto. Caminé por la playa de Los Lances: quince kilómetros donde kitesurfers millonarios comparten arena con pescadores senegaleses que venden pulpos recién sacados del agua. En la Isla de las Palomas, último extremo de Europa, las murallas guardan grafitis del siglo XVIII tallados por soldados que esperaban incursiones berberiscas.
El ferry a Tánger zarpó al amanecer. Desde la cubierta vi cómo el perfil de Tarifa se borraba entre la niebla. Las gaviotas seguían al barco como almas indecisas, y el Estrecho brillaba como una hoja de plata. Pensé en Nerja y sus playas alquiladas, en Jessica rumbo a Recife, en Dani buscando fama con su sombrero deshilachado. La Costa del Sol ya no era un destino: era una cicatriz geográfica, un espejo donde el paraíso aprendió a venderse por habitaciones.
“Es el final y siempre empieza todo. ¡Corre el riesgo al vivir!”
La Renga seguía girando en los auriculares mientras el mapa cambiaba de continente. África esperaba al otro lado.