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Llegar a Nepal fue como abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo esperando. No era un país más en el camino: era uno de esos lugares que uno imagina de chico, cuando las montañas parecen escenarios imposibles, cuando las películas de expediciones en VHS todavía te hacían creer que el mundo tenía rincones intactos. Para mí, Nepal era eso: una utopía vieja, una imagen suspendida en el tiempo que nunca pensé que iba a pisar de verdad.
Venía agotado. No del viaje, sino de Delhi. Dos días ahí alcanzan para saturar a cualquiera: bocinas que no paran, olores que chocan, calor que empuja, gente que aparece por todos lados, una ciudad donde respirar se vuelve una tarea mental. Llegué a Nepal con el cuerpo cansado y la cabeza secándose por dentro, buscando algo que sí sabía identificar: espacio. Aire. Silencio. Montaña. Un lugar donde pudiera caminar sin que nadie me interrumpiera cada cinco pasos. No buscaba refugio; buscaba libertad.
El cruce por Sunauli fue sorprendentemente simple para un límite que separa dos mundos. Veinticuatro horas de tren desde Delhi a Gorakhpur, cuatro más en un bus reventado hasta la frontera, y de golpe estaba en un país donde todo se movía más lento. Había poco trabajo del lado nepalí —las protestas de principios de septiembre habían frenado casi todo— y, aun así, me invitaron un café como si fuese un vecino más. Ese gesto mínimo fue la primera fisura en la idea que tenía de Nepal: no era solo montañas. Era otra forma de vivir.
Después vinieron las rutas: estrechas, frágiles, derrumbándose con una lluvia mínima. Camiones mordiendo el abismo, polvo que tapaba la curva siguiente, un país que no se cuidaba de parecer seguro. Y en ese desorden duro, en esa belleza que no pedía permiso, encontré algo que Delhi me había negado: una claridad casi física, como si la montaña ordenara lo que el ruido había roto.
Empecé los trekkings desde abajo, donde la montaña es parte del día y no un objetivo. Allí donde nadie vende iluminación, donde el Himalaya no es postal ni desafío: es trabajo, es rutina, es paisaje heredado. Los turistas arrancaban más arriba. Yo no. Yo subí desde los pueblos donde todavía se cocina lento, donde el té se comparte sin cálculo.
Y fue en uno de esos caminos, mucho antes de saberlo, donde apareció el Nepal que iba a marcarme: una mujer dejándome un plato enfrente como si fuera su propio hijo. Un gesto breve, sin ceremonia, pero tan hondo que quedó flotando incluso antes de entender su historia.
Ese fue mi primer Nepal:
el que se revela sin explicarse,
el que mezcla peligro con hospitalidad,
el que te enfrenta a lo real antes de mostrarte lo extraordinario.
Capital: Katmandú
Población: 30.5 millones (49º)
Idiomas: Nepalí (oficial), Maithili, Bhojpuri, inglés en zonas turísticas
Superficie: 147,516 km² (93º país más grande)
Moneda: Rupia nepalesa (NPR), 1 USD ≈ 133 NPR
Religión: Hinduismo (81%), Budismo (9%), Islam (4%), otras (6%)
Alfabetismo: 67.9% (en mejora continua)
Educación y sanidad: Sistema educativo en desarrollo. Servicios de salud básicos en ciudades, limitados en zonas rurales.
Trabajo: Economía basada en agricultura, turismo, remesas y manufactura textil.
Deporte más popular: Fútbol, cricket y deportes de montaña.
Seguridad: País seguro para turistas. Precaución en áreas montañosas y durante trekking.
Gastronomía: Dal Bhat (plato nacional), momos, thukpa, sel roti, y curry nepaleses tradicionales.
Ciudadanos argentinos pueden obtener visa al llegar para estancias turísticas de hasta 90 días.
Requisitos de entrada:
Ingreso por fronteras terrestres:
Aunque Nepal tiene varios pasos fronterizos abiertos, los extranjeros solo pueden ingresar legalmente por dos puntos desde India:
- Sonauli – Bhairahawa
- Raxaul – Birgunj
No es posible entrar por otros pasos fronterizos con India o China debido a restricciones impuestas por los países limítrofes (India y China), no por Nepal.
Para trekking en áreas restringidas: permisos especiales TIMS y de parques nacionales requeridos.
Opciones principales: Hostales, guesthouses, hoteles básicos, lodges de trekking.
Precios reales según zona:
Katmandú:
- Cama en hostel: 500–700 NPR
- Habitación privada básica: desde 1,200 NPR
- Hoteles más cómodos: 2,000–3,500 NPR
Phokara:
- Cama en hostel: 300 NPR
- Habitación privada con baño: desde 500 NPR
- Privadas mejores: 800–1,500 NPR
Trekking (Annapurna, Langtang, etc.):
- **Annapurna:** dormir puede ser gratis si hacés todas las comidas en la guesthouse.
- **Langtang:** habitación usualmente 1,000 NPR, pero pagando las comidas no pagás más de 500 NPR (y muchas veces es gratis).
- Lodges sin consumo: 500–1,000 NPR según la altitud.
Servicios (realidad):
- En ciudades y pueblos turísticos: agua caliente y calefacción casi siempre disponibles.
- En zonas altas de trekking: no hay ducha caliente o tiene costo extra; calefacción limitada a estufas del comedor.
- Electricidad: disponible en todos lados, incluso en montaña.
- Wifi: funciona bien en ciudades; en trekking funciona solo al inicio/mitad del camino y se pierde por completo al final.
Consejo: En temporada alta (oct-nov / mar-abr) conviene llegar temprano a los pueblos para asegurar habitación.
Estado general: Las rutas están en mal estado, con pozos, derrumbes y tráfico denso. Los horarios rara vez se cumplen — es normal sumar 1–3 horas extra. Comprar el pasaje directamente en la estación y temprano es siempre lo más fiable. En muchas guesthouses/hostels pueden reservarlo, aunque a veces con recargo o poca precisión horaria.
Katmandú: Gongabu / New Bus Park (terminal principal para todo el país).
Pokhara: Prithvi Chowk Bus Station (punto central para buses interurbanos).
Besisahar: Besisahar Bus Park (salida hacia el Circuito Annapurna).
Syabrubesi: Syabrubesi Bus Park / Machhapokhari (salidas para Langtang).
Sonauli: Terminal junto al puesto fronterizo (lado nepalí).
Consejo práctico: Los buses suelen salir entre las 6:00 y 9:00. Llegar con antelación aumenta mucho las chances de conseguir buen asiento y evitar sobrecargos.
En Katmandú y Pokhara la forma más simple de moverse suele ser caminando, pero existen opciones:
En Nepal, el clima lo determina todo. No solo la experiencia del viaje: también la seguridad, especialmente en los trekkings. Cambios bruscos de temperatura, lluvias repentinas, neblina espesa y nieve pueden volver un sendero sencillo en algo peligroso. Elegir bien la época es fundamental.
✓ Octubre – Noviembre (temporada alta)
La mejor época del año. Cielos muy despejados, visibilidad perfecta para montañas y clima estable. Es el momento ideal para trekking. También es la temporada más concurrida.
✓ Marzo – Abril (segunda mejor época)
Días agradables, flores en floración y buenas condiciones generales. La visibilidad puede ser menor por polvo o neblina, pero sigue siendo muy buena época para senderismo.
✗ Junio – Septiembre (monzón)
Lluvias intensas, desprendimientos, barro y niebla. Muchos caminos se vuelven peligrosos o directamente inaccesibles. No recomendable para trekking. Ideal para quien busca paisajes verdes, cultura y selva (Chitwan).
✓/✗ Diciembre – Febrero (invierno)
Buen clima en ciudades y tierras bajas, pero muy frío en montaña. En trekking de altura puede haber nieve, pasos cerrados y temperaturas extremas. Es crucial verificar el estado de las rutas y equiparse bien.
- El clima en montaña es impredecible: puede cambiar en minutos.
- Evitar salir tarde: las tardes suelen traer nubes, viento y tormentas.
- En pasos altos (Thorong La, Laurebina, etc.) la visibilidad baja es uno de los principales riesgos.
- Consultar siempre el pronóstico local y hablar con guías o lodges antes de avanzar.
- Un cambio de clima puede obligar a retroceder: es normal y es parte del trekking en Nepal.
Consejos esenciales:
- Saludos: “Namaste” con manos juntas. Es respetuoso y bien recibido en todo el país.
- Templos: Se ingresa sin calzado, con ropa que cubra hombros y piernas. Algunas zonas son solo para hindúes. Preguntar antes de tomar fotos.
- Comida: Lo más común y barato es el dal bhat (arroz, sopa de lentejas y curries) que suele tener refill. También momo, thukpa, chow mein y té masala. Evitar carnes en zonas remotas (no siempre están bien conservadas).
- Agua: No es potable. Usar embotellada o tratada con pastillas/cloro o filtro. El hielo suele hacerse con agua no tratada.
- Altitud: Subir despacio. Si aparecen dolor de cabeza fuerte, mareos o falta de aire: detenerse y bajar. Nunca forzar. En Nepal el mal de altura es una causa real de rescates.
- Dinero: La mayoría de pagos son en efectivo. ATMs funcionan en ciudades, pero fallan seguido. Llevar efectivo extra para trekkings.
- Electricidad y cargadores: Hay energía casi siempre, incluso en trekking. Acopladors tipo C y D. En zonas altas pueden cobrar por cargar baterías.
- WiFi: Gratis en la mayoría de guesthouses. En ciudades es bueno; en los últimos tramos de los trekkings suele ser débil o directamente no funciona.
- Regateo: Normal en mercados, taxis sin medidor y tiendas pequeñas. No en supermercados ni restaurantes.
- Traslados: El tráfico es caótico. Saliendo temprano se evita la congestión y se llega más rápido.
- Ropa: En ciudades se viste normal. Para templos, hombros y rodillas cubiertas. Para trekking, ropa térmica, campera impermeable y buen calzado.
- Seguridad: Nepal es uno de los países más seguros de Asia. Los mayores riesgos están en montaña, no en las ciudades.
- Seguro de viaje: Obligatorio si vas a trekking. Debe cubrir evacuación en helicóptero (muy costosa sin seguro).
Explora Nepal con esta guía práctica. Selecciona un destino para ver sus lugares clave:
Nepal nunca fue un destino. Fue una puerta que llevaba décadas esperando ser abierta. Desde adolescente, esas montañas eran una utopía difusa: imágenes en revistas viejas, nombres que sonaban imposibles. Y sin embargo, cuarenta años después, crucé esa puerta. No con la épica del que va a conquistar algo, sino con la curiosidad tranquila de quien quiere ver si todavía puede sorprenderse.
Y Nepal respondió. En Ghyaru, con ese primer amanecer descomunal. En Manang, donde todo se aquieta para dejarte escuchar la altura. En Ice Lake, Tilicho, el Thorong La: no con postales, sino con la confirmación silenciosa de que la energía sigue ahí, de que el viaje de casi cinco años todavía tiene impulso.
Pero sobre todo, Nepal respondió con su gente. Con Sunita en Manang, dándome hogar sin pedírselo. Con la familia del Sary Cottage, regalándome una tela blanca bendecida. Con Samu en Meghauli, llorando sin hacer ruido mientras me contaba que su casa estaba triste hasta que yo llegué. Había viajado miles de kilómetros para caminar montañas, y terminé siendo la alegría accidental de una mujer que había perdido todo. Y lo peor, o lo mejor: en tres días me fui. Y esa alegría se fue conmigo.
Nepal me enseñó algo que ninguna cumbre puede enseñar: que la vida no se mide en metros ganados, sino en presencia. En rituales que se repiten cada mañana. En la forma en que una familia abre la puerta como si volvieras después de una larga ausencia. El Annapurna fue confirmación. El Langtang fue resiliencia. Pero Meghauli fue pertenencia.
Nepal no me cambió la vida. Me devolvió una certeza que no sabía que había perdido: la de que estoy exactamente donde tengo que estar cuando camino. La de que los sueños que parecían utópicos de adolescente pueden cumplirse a los cuarenta. Y que, si pudo ser este, puede ser cualquiera.
Las montañas te devuelven el silencio. Pero Nepal me devolvió algo distinto: la certeza de que importo. De que mi presencia —frágil, temporal, accidental— puede cambiar algo en la vida de alguien. Esa reciprocidad inesperada pesa más que cualquier cumbre. Porque cuando me voy, dejo algo que debería quedarme. Y me llevo algo que no debería llevarme.
Hay lugares que se visitan, y hay lugares —y personas— que te visitan para siempre. Nepal es de los segundos. No duele. Es otra cosa. Es gratitud con peso. Es pertenencia que no se borra.
Me voy sabiendo que el verdadero Himalaya no está en los picos: está en las manos que te ofrecen té sin razón, en las historias que te cuentan sin filtro, en los abrazos que te dan sin pedirte nada a cambio. Sentada afuera de la casa con Samu, escuchando las cigarras, sosteniendo una mano áspera que había perdido todo y que todavía encontraba fuerzas para sonreír.
Hay heridas que no cierran pero se transforman en fortaleza. Hay vidas que siempre vuelven. Y hay una forma de pertenecer que no requiere quedarse: solo ser recordado.
Nepal: donde los dioses caminan entre el humo y el caos, donde la tragedia y la esperanza se abrazan, donde el viaje se convirtió en pertenencia. Hay lugares que no se olvidan. Y este es uno de ellos.
Llegué a Nepal con la sensación física de estar cumpliendo algo que había empezado décadas atrás. Después del caos de Delhi, Nepal aparecía como una promesa intacta: esas montañas que de chico veía en revistas viejas, esos senderos imposibles que parecían reservados para gente que vivía vidas más valientes que la mía. Por primera vez, ese mundo imaginado desde tan lejos estaba adelante, tangible, esperándome.
El cambio se sintió apenas crucé la frontera de Sunauli. No hicieron falta gestos épicos: bastó el silencio. Del lado indio, el aire era una mezcla densa de bocinas, barro, vendedores y urgencia. Del lado nepalí, el ruido cedía, el espacio se abría, la gente caminaba sin atropellarse. Era la misma calle partida en dos mundos. Un lado gritaba; el otro respiraba.
Desde allí tomé un bus hacia Pokhara. Era septiembre, una época en que la temporada debería empezar a calmarse, pero ese año las lluvias seguían aferradas al cielo. Las nubes viajaban bajas, rozando las montañas como si se negaran a irse. Yo sabía que quería hacer el circuito del Annapurna, mi primer trekking en Nepal, pero no tenía idea de cuándo podría empezar. El clima tenía el control.
En Pokhara reservé un hostal barato: habitación privada, internet decente, agua caliente intermitente. Lo manejaba una familia nepalí amable y trabajadora. Los dos adolescentes del lugar estaban fascinados con cualquier dato sobre Argentina, como si fuera un país inventado.
Los primeros tres días los dediqué a entender la ciudad. Pokhara es grande, pero tiene un ritmo propio, una calma que no necesita explicarse. La paz alrededor del Phewa Lake te desarma. Caminé su borde decenas de veces: a veces con un té hirviendo, otras solo mirando los botes de colores moviendo la quietud del agua.
Pokhara desde adentro
Subí a la World Peace Pagoda por una senda que combina barro, selva húmeda y templos desperdigados. Desde arriba, el lago se vuelve un espejo inmenso donde se duplican los techos, los botes y las montañas. Es un balcón perfecto para entender dónde uno está parado.
Otro día fui a Davis Falls y a la Gupteshwor Mahadev Cave, donde el agua desaparece bajo tierra como si se tragara a sí misma. Arriba, motos, bullicio y calor; abajo, oscuridad y un rugido constante que hace temblar las paredes. Salir de la cueva y volver a la luz tiene algo de renacimiento involuntario.
También caminé por Lakeside, esa mezcla improbable de cafés, puestos, mochileros en suspensión temporal y nepalíes que ya vieron pasar todas las versiones del viajero. Hay movimiento, pero sin la agresión del sur asiático. Pokhara fluye con su propio humor.
Probé momos torpes, thukpa cargado de ajo y dal bhat que cura más que alimenta. Comida honesta, directa, sin adornos: perfecta para ese clima.
Pero todos los días, sin excepción, a partir de las cinco, la lluvia destrozaba cualquier plan. No caía agua: caía un techo. Las calles se volvían ríos improvisados y el hostal quedaba en un silencio extraño. Yo mataba el tiempo viendo series, conversando con la familia o explicando por qué el mate no es tóxico.
El padre sabía que yo quería arrancar el Annapurna. Hasta que un mediodía, mientras afuera caía otro aguacero, me dijo sin rodeos:
—Podés empezar desde abajo. No tan arriba. La temporada está terminando. Abajo es seguro.
No fue una revelación, pero sí la confirmación que necesitaba.
Entre caminatas cortas y lluvia interminable, llegó un episodio que no esperaba encontrar en Nepal. En una pared habían pintado un “Free Gaza” simple, sin agresión. Caminando por Lakeside vi a tres sionistas israelíes —dos mujeres jóvenes y un varón— borrándolo con pintura blanca como si fuera su derecho natural. Me acerqué y pregunté qué hacían.
Una de ellas dijo, casi ensayado:
—Free expression.
Le respondí que precisamente estaban bloqueando la expresión libre de otros, que nada tenía que ver con ellos. La tensión se encendió al instante. Una me llamó antisemita con la velocidad de quien aprieta un botón. Le dije que era antisionista, no antisemita, y que eso no significaba lo que creían. Varios nepalíes se habían detenido a mirar. Les dije, mirándolos a ellos, que ese gesto —borrar, censurar, tachar— siempre es el principio de cosas que el mundo ya conoce demasiado bien.
Los tres se fueron sin decir nada. A veces, viajar también es enfrentar lo inesperado en un lugar que creías inmune a ciertas tensiones.
La semana se fue entre lluvia, charlas con la familia del hostal, caminatas cortas y la sensación de que algo estaba por empezar. Hasta que decidí que sí: era el momento. Tomé el bus hacia Besishahar.
El Annapurna empezaría desde abajo, como empiezan las cosas importantes.
Pokhara quedó atrás con su calma suspendida, su lago inmóvil, su lluvia obsesiva y una familia que me dio hogar sin pedírselo. Un comienzo perfecto para un viaje que todavía no sabía cuánto iba a transformarme.
La mañana en Pokhara todavía tenía olor a humedad vieja cuando subí al bus. Había decidido arrancar desde abajo, como me habían recomendado en el hostal: "Abajo es seguro". Sonaba casi irónico. Nada del camino hacia Besisahar parecía seguro cuando lo mirabas desde la ventana. La ruta serpenteaba entre barrancos y laderas que amenazaban con desmoronarse con solo mirarlas. Nepal no tiene medias tintas: o estás quieto o estás en riesgo. Ese primer tramo fue mi recordatorio. Y también mi bienvenida: el viaje no empezaría en una postal de cumbres nevadas, sino ahí, aferrado al asiento de un bus que temblaba más que avanzaba.
El bus iba repleto. No de turistas, de gente real. Mujeres cargando verduras que olían a tierra recién cortada, hombres con herramientas oxidadas que hablaban poco y miraban mucho, adolescentes con teléfonos sin señal que seguían deslizando dedos por pantallas muertas, niños que se dormían sin diferenciar curvas de rectas. Yo, mientras tanto, intentaba convencerme de que el Annapurna había empezado ahí, adentro de ese caos de metal y polvo. Pero algo en mí todavía esperaba un momento más épico, una señal más clara. No la hubo.
En Besisahar el aire cambió. Tenía más polvo que oxígeno y una mezcla indefinible de calor y ansiedad colectiva. Me bajé, miré alrededor y entendí que nadie me iba a decir qué hacer. Hasta que alguien lo hizo. Un hombre se me acercó con esa mezcla de curiosidad y experiencia que tienen los que viven de orientar extranjeros perdidos. Me planteó opciones claras: "¿Vas a Chame o a Manang?". Cuando le dije "No, voy a Ngadi", su expresión cambió. Me miró sorprendido, casi como si hubiera dicho algo fuera de lugar, y me señaló hacia una esquina: "Tenés que tomar otro bus local".
Ahí entendí algo que se repetiría a lo largo de todo el circuito: el camino que había planeado en mi cabeza no era el camino que Nepal tenía preparado para mí.
Subí a un bus más pequeño, destartalado, con asientos de madera y ventanas que no cerraban del todo. Coincidió con el primer día de Dashain, el gran festival hindú de Nepal. Era 1 de octubre y la ruta se convirtió en un ritual de paradas constantes. No era un viaje lineal; era un ir y venir de la comunidad entera. La gente subía y bajaba en medio de repartos de productos, bendiciones apresuradas, abrazos entre desconocidos, ofrendas envueltas en papel de diario. El bus tardó una eternidad, pero dejé de mirar el reloj. Por primera vez en semanas, el tiempo no importaba. Fue mi primer contacto real con el pulso del país, lejos de cualquier ruta turística, lejos de cualquier versión prefabricada de lo que "debía" ser Nepal. Era esto: lento, caótico, humano.
Empecé a caminar recién en Ngadi. El valle era una delgada franja de vegetación espesa, ríos que golpeaban contra las rocas con una violencia hermosa, puentes colgantes que parecían sostenidos más por la fe que por los cables. A medida que me alejaba del pueblo, el ruido del mundo quedaba atrás. Entraba en una zona donde todo suena distinto: los pasos resuenan más fuerte, el agua tiene voz propia, el peso de la mochila se convierte en un recordatorio constante de que estás solo, pero no perdido.
La mochila pesaba más de lo que debería. Siempre pesa más el primer día, cuando el cuerpo todavía no entiende el pacto que acaba de firmar. Caminé despacio, ajustando correas, buscando un ritmo que no encontraba. El aire era denso, pegajoso, y el sol caía vertical. Pero había algo en ese esfuerzo que me gustaba. No era placer, era otra cosa: la certeza de estar haciendo algo real, algo que no podía delegarse ni simularse.
Mi plan era seguir más allá de Lampata, pero el destino torció el rumbo. En la entrada del pueblo, dos niños me salieron al encuentro con una sonrisa que no pedía nada a cambio. Detrás de ellos, un padre de familia me invitó con un gesto a tomar té. No dije nada, solo acepté. Sobre la taza humeante, la conversación derivó en una oferta: "Puedes quedarte aquí, en nuestro pueblo". Le dije que sí sin pensarlo demasiado. "Si cenas y desayunas aquí, no te cobro para dormir", añadió.
No fue solo hospitalidad. Fue otra cosa. Había algo en ese pedido sin palabras, en esa invitación que no necesitaba justificarse, que me hizo entender por qué estos pueblos insistían en recibir viajeros. Hace 25 años, cuando terminaron la carretera asfaltada, todo cambió. Los mochileros empezaron a subir directamente a Manang o más arriba, sin mirar atrás, sin importarles las guest house vacías que quedaban en el camino. Lampata, Ngadi, todos estos pueblos que alguna vez tuvieron una economía modesta pero estable, se convirtieron en fantasmas de una ruta que ya no existía.
Quedarme ahí no era un favor que me hacían. Era un trueque de supervivencia. Ellos necesitaban que alguien todavía creyera que valía la pena detenerse. Y yo, sin saberlo, necesitaba exactamente eso: una razón para frenar.
Lampata no era más que un puñado de casas, techos de lata, gallinas que caminaban sin mirar a nadie. Pero estaba rodeado por una extensión de arrozales que, en ese momento de la temporada, comenzaban a cambiar lentamente del verde intenso al primer amarillo. El señor —cuyo nombre no logro recordar, y eso me pesa— me explicó cómo vivían. "Somos 150 personas. En época de cosecha, todos colaboramos con todos." Me describió el sistema con una naturalidad que solo tienen las cosas que han funcionado durante generaciones: arrancan con una parcela de una familia, la terminan entre todos, y siguen con la siguiente.
Le seguí preguntando. No por educación, por curiosidad genuina. Y mientras me respondía, algo se me movió adentro. No fue una revelación grandilocuente. Fue una pregunta incómoda: ¿quiénes son los verdaderos privilegiados acá? ¿Nosotros, con nuestras máquinas que hacen el trabajo, con nuestro tiempo libre comprado a costa de no saber los nombres de los vecinos? ¿O ellos, que sin mediar dinero de por medio, sin discutir, trabajan en modo cooperativo porque no hay otra opción?
No llegué a ninguna conclusión. Pero la pregunta se quedó conmigo, caminando al lado de la mochila.
Ese primer atardecer fue simple. Comí algo caliente que no sé qué era, estiré las piernas sobre un banco de madera, revisé el clima en el teléfono como si eso pudiera cambiar algo. La noche cayó rápida, brusca, sin transición. En la montaña no hay crepúsculo: hay luz y después hay oscuridad. Me dormí con la sensación de que recién había tocado la puerta del Annapurna, como si el verdadero viaje empezara al día siguiente. No sabía si era una sensación real o solo una forma de justificar lo corto del día. Tal vez era ambas cosas.
Y al día siguiente, la montaña puso sus condiciones. A la noche, para variar, se llovió todo. No una lluvia amable, sino un aguacero denso que golpeaba el techo de lata como si quisiera atravesarlo. A la mañana siguiente también llovió. Me quedé quieto, mirando el agua caer, sin poder hacer nada. Y ahí fue cuando la ansiedad me jugó una mala pasada.
No era solo la espera. Era lo que venía después. Si seguía lloviendo, ¿qué pasaba con los días siguientes? ¿Cuánto tiempo podía perder acá, en Lampata, viendo cómo se me achicaba el margen? La montaña te obliga a estar presente, pero mi cabeza ya estaba tres días adelante, calculando, proyectando, midiendo riesgos que todavía no existían.
Arranqué a caminar recién a las 11 de la mañana, en lo que sería otro día corto de caminata. Pero la mochila ya no pesaba igual. Algo había cambiado, algo imperceptible. Llevaba conmigo una historia real, y eso, aunque no lo entendiera del todo, me hacía caminar distinto. Llevaba también una pregunta sin respuesta y una ansiedad que recién empezaba a conocer.
Salí de Lampata a las 11 de la mañana, bajo un cielo que no terminaba de decidirse. La lluvia de la noche anterior había dejado el aire limpio, pero el camino todavía tenía charcos y tramos de barro que no eran graves, solo molestos. Nada del otro mundo. El cuerpo, en cambio, sí era otro mundo.
Hacía meses que no hacía un trekking como este. Desde Kirguistán, había pasado por Asia Central sin mochila pesada, sin pendientes sostenidas, sin ese pacto silencioso entre piernas y montaña. El cuerpo lo sabía. Las rodillas, los tobillos, incluso la forma de respirar: todo pedía tiempo. Y la lluvia nocturna, paradójicamente, me lo estaba dando. Me obligaba a caminar menos kilómetros, a frenar antes de lo planeado, a adaptarme sin forzar. Era una bendición disfrazada de inconveniente.
También me sirvió para otra cosa: ver la furia del río. Con cada aguacero, el caudal crecía, y a lo largo del camino aparecían cientos de cascadas de todos los tamaños, algunas tan finas que parecían hilos de plata, otras tan anchas y violentas que te hacían caminar más rápido para no quedarte mirando. El agua estaba en todas partes, cayendo, corriendo, golpeando. Nepal no hace nada a medias.
El camino fue un sube y baja constante dentro de una especie de selva densa, pegajosa, con una humedad que se te quedaba en la piel. Los cielos eran semi soleados y semi nubosos, como preparándose para las tormentas de las noches. Había algo hipnótico en esa repetición: subir, bajar, subir de nuevo, cruzar puentes, esquivar piedras sueltas, ajustar la mochila. El trekking todavía no tenía narrativa épica. Era solo esfuerzo, un pie delante del otro.
En Bahundanda paré a tomar fotos. El pueblo estaba rodeado de arrozales que se desparramaban por las laderas como escaleras verdes. Las casas parecían colgadas de la montaña, sostenidas por la costumbre más que por la lógica. Todo era verde, un verde loco, casi agresivo. Me quedé un rato largo mirando, tratando de encontrar las palabras para describirlo. No las encontré. Solo saqué fotos y seguí.
Ghermu fue más pequeño todavía, un pueblito que casi no merecía el nombre. Algunas casas, un sendero que lo atravesaba sin detenerse, gallinas, silencio. No me detuve. Solo lo crucé como quien cruza un pensamiento breve.
Llegué a Syange después de cuatro horas de caminata. No fue una decisión estratégica, fue una decisión honesta: no quería seguir. El cielo empezaba a nublarse fuerte y ya me había dicho a mí mismo que no iba a enloquecer si llovía, que iba a esperar, que tiempo era lo único que tenía de sobra. Además, Syange era económico, aunque eso tampoco importaba demasiado. En la parte baja del circuito, todo costaba tan poco que la diferencia entre quedarse en un lugar u otro era casi simbólica.
Me instalé en una guest house vacía. Literalmente vacía. No había otros mochileros, no había parejas de trekkeros con mapas desplegados, no había grupos bulliciosos contando kilómetros. Solo yo, el dueño del lugar, y el sonido del río que corría abajo con esa violencia constante que tenía desde Ngadi.
Y ahí fue cuando la soledad dejó de ser un dato y se convirtió en una presencia.
No es que me sintiera solo en el sentido triste de la palabra. Era otra cosa. Era la conciencia de que nadie sabía dónde estaba, de que podía tomar cualquier decisión sin consultarla, sin justificarla, sin medirla contra las expectativas de nadie. Esa libertad también pesaba. Porque cuando no hay nadie más, tampoco hay con quién compartir la duda. ¿Estaba yendo demasiado lento? ¿Demasiado rápido? ¿Debería haber seguido hasta el próximo pueblo? No había respuestas, solo el eco de mis propias preguntas rebotando en una habitación vacía.
El trekking en solitario tiene eso: te devuelve todo. Las decisiones, los miedos, las certezas falsas. No hay grupo que diluya la responsabilidad, no hay guía que te diga "tranquilo, vamos bien". Estás vos, el camino, y la distancia creciente entre lo que planeaste y lo que realmente está pasando.
Esa tarde en Syange, mientras miraba las nubes acumularse sobre el valle, entendí algo que se repetiría durante todo el circuito: la soledad no era un problema a resolver. Era la condición del viaje. Y había que aprender a caminar con ella, no contra ella.
Comí algo caliente, revisé el mapa sin mucha convicción, y me preparé para otra noche de lluvia. El cuerpo dolía en lugares nuevos. Las piernas empezaban a recordar qué significaba subir montañas. Mañana iba a ser más de lo mismo: subir, bajar, adaptarse. Nada épico. Solo el trabajo lento de volver a estar en forma.
Me dormí temprano, con el sonido del río abajo y la lluvia empezando a caer de nuevo. El Annapurna todavía no se veía. Tal vez no se vería por días. Pero eso ya no me preocupaba. El camino era esto: barro, verde, agua, soledad. Y por ahora, alcanzaba.
Arranqué temprano esa mañana después de un buen desayuno caliente. Cargué agua, siempre acompañada de las pastillas potabilizadoras que se habían convertido en un ritual automático. La lluvia había sido menor la noche anterior, lo que me permitió salir más temprano y con un semblante mejor. Pero era solo una tregua. Sabía que más adelante vendría el resto.
La elevación, poco a poco, iniciaba a incrementarse. Todavía seguía bajo los dos mil metros, pero el cambio se sentía en el aire, en la forma en que el paisaje se iba abriendo de a ratos, en la distancia que ganaba el horizonte. La altura nunca me afectó, ni en este viaje ni en ninguno anterior. Lo que sí notaba era el cuerpo: el cambio de estar quieto a estar en movimiento constante, el ajuste lento de los músculos que habían olvidado lo que era subir y bajar durante horas.
Caminé cinco horas en total. El camino fue parecido al día anterior: verde, rocoso, con el río furioso en todo momento. Crucé dos o tres puentes colgantes, tal vez más, ya no los contaba. Eran parte del paisaje, como las piedras o el barro. Solo antes de llegar a Tal, en la última subida, se complicó un poco. Nada grave, solo el recordatorio de que el trekking no iba a ser una línea recta hacia arriba.
Paré a tomar un café en Jagat. Fue ahí donde ocurrió algo inesperado.
Se acercó una niña, hija del dueño del guesthouse. Tendría unos cuatro o cinco años, no más. Se llamaba Sneha Tamang, y hablaba palabras sueltas en inglés con esa confianza que tienen los chicos cuando todavía no saben que hablar otro idioma es difícil. Me vio escribiendo en mi cuaderno y, de la nada, tomó su lápiz y empezó a hacer dibujos para mí. Dibujó casas, montañas, algo que parecía un sol, y escribió su nombre con letras grandes y desparejas.
Yo le enseñé a escribir del 1 al 10 en inglés. Me salió el gen de familia de profesores y maestros, ese impulso de explicar, de mostrar, de ver cómo alguien entiende algo nuevo. Ella repetía los números en voz alta, concentrada, mordiéndose la lengua mientras escribía. Estuvimos una hora así, compartiendo ese café que se enfrió sin que me diera cuenta. Pegamos sus dibujos y uno mío en la pared del guesthouse, como si fuera una exposición improvisada.
Antes de que me fuera, después de pagar el café, vino corriendo hacia mí. Me dio un abrazo y me dijo: "Goodbye, my friend".
No sé por qué me quedó tan marcado ese momento. Tal vez porque en medio de tanta soledad autoimpuesta, de tanto caminar sin hablar con nadie, ese abrazo me recordó que el viaje también podía ser esto: un café, un dibujo, una despedida. No hacía falta mucho más.
Seguí caminando a mi ritmo, despacio, pausado, sin ningún tipo de regulación salvo la lluvia, que apareció a cuentagotas en el último kilómetro antes de llegar a Tal. Me crucé con el primer mochilero del circuito: un alemán que había empezado en Ngadi también, pero ese mismo día. Quería hacer todo en cinco días porque no tenía tiempo. Lo saludé, le deseé suerte, y seguí. No tenía ganas de hablar de planes, de kilómetros, de optimizar nada. Iba a mi velocidad, y eso, por ahora, me alcanzaba.
Elegí Tal porque es un pueblito pintoresco y, sobre todo, porque al fondo tiene una cascada gigante, como salida de un cuento. No es una cascada más del camino. Es la cascada. Parece una edificación más del pueblo, una presencia vertical y constante que te mira desde arriba. El caudal era escandalosamente alto, una cortina de agua blanca que caía con tanta fuerza que se escuchaba desde cualquier rincón de Tal. Parecía la protectora del lugar, una guardiana de agua y ruido que no te dejaba olvidar dónde estabas.
Físicamente, estaba mucho mejor que los días anteriores. El cuerpo empezaba a recordar. Las piernas respondían sin quejarse tanto, la mochila pesaba menos —o tal vez yo había aprendido a llevarla mejor—. El camino todavía era duro, pero ya no me sorprendía. Empezaba a entender el ritmo del Annapurna: subís, bajás, cruzás puentes, esquivás piedras, y al final del día llegás a un lugar que tiene lo justo y necesario para seguir al día siguiente.
Me instalé en una guest house con vista a la cascada. Comí algo caliente, estiré las piernas, y me quedé un rato largo mirando el agua caer. La lluvia empezó a golpear el techo de lata otra vez, pero ya no me molestaba. Era parte del trato.
Esa noche me dormí con el ruido de la cascada y el recuerdo de Sneha Tamang diciendo "goodbye, my friend". Dos sonidos distintos, pero que, de alguna manera, me acompañaban igual.
Desperté con el ruido de la lluvia golpeando el techo de lata. No era la lluvia suave de los días anteriores. Era un aguacero denso, sostenido, el tipo de lluvia que te dice desde temprano: hoy no vas a ningún lado.
Me asomé a la ventana. La calle principal del pueblo estaba vacía, anestesiada. No había gallinas caminando, no había niños corriendo, no había movimiento. Solo el ruido de fondo de la cascada, que ahora sonaba aún más furiosa, mezclándose con el agua que caía del cielo. Tal se había convertido en un pueblo fantasma por un día.
Decidí esperar. No fue una decisión difícil. La lluvia era más molesta que peligrosa, pero seguir caminando bajo ese aguacero no tenía sentido. Además, algo en mí ya había aprendido que la montaña no negocia. Si te dice que te quedes quieto, te quedás quieto.
Estaba completamente solo en la guest house. Como había sido desde Ngadi, como sería por varios días más. Esta no era una ruta donde los viajeros frecuentaban. Los que hacían el Annapurna arrancaban más arriba, en Chame o Manang, y yo seguía acá abajo, caminando por pueblos que parecían haberse resignado a la ausencia de mochileros.
Pasé parte de la mañana conversando con la familia que manejaba el lugar. Les pregunté sobre la vida local, sobre qué pasaba en el invierno cuando el frío era insoportable y los caminos se volvían intransitables. La madre me contó, mientras preparaba té, que en invierno casi no había turistas, que las guest houses cerraban y las familias vivían de lo que habían guardado durante la temporada alta. Su voz era tranquila, sin dramatismo, como quien cuenta algo que ha vivido tantas veces que ya no le sorprende.
La escuela del pueblo tenía pocos chicos, y muchos de ellos debían caminar horas para llegar. La educación era básica, funcional, lo justo para que pudieran leer, escribir y hacer cuentas. Me mostró el cuaderno de su hijo, lleno de ejercicios de matemáticas repetidos una y otra vez. No había computadoras, no había internet en la escuela. Solo pizarra, tiza, y la voluntad de que los chicos aprendieran algo que les sirviera para no quedarse atrapados en la montaña para siempre.
Les pregunté por las fuentes de trabajo. El padre, que hasta ese momento había estado callado, empezó a hablar. La mayoría se dedicaba a la agricultura: arrozales, papas, algunos animales. Otros trabajaban en las guest houses durante la temporada de trekking, que cada vez era más corta. Algunos hacían de porteadores, cargando mochilas de turistas que no querían o no podían llevar su propio peso. Me dijo que antes, cuando todavía no estaba la carretera asfaltada hasta Chame, este pueblo vivía mejor. Había más mochileros, más trabajo, más movimiento. Ahora, la mayoría pasaba de largo o directamente empezaba más arriba. "Nos olvidaron", dijo sin amargura, solo como un hecho.
Era una economía de subsistencia, ajustada, sin márgenes. Todo dependía de que la montaña permitiera el paso, de que la lluvia no arruinara las cosechas, de que los turistas siguieran llegando. Y cuando no llegaban, simplemente esperaban.
Después de la conversación, me puse a escribir. Abrí el cuaderno y dejé que las palabras salieran despacio, sin apuro. Escribir en la montaña tiene algo distinto. No hay distracciones. No hay notificaciones, no hay ruido de fondo que no sea el agua cayendo. Solo vos, la página, y el intento de poner en palabras algo que todavía no termina de entenderse.
A media tarde, con señal intermitente que aparecía y desaparecía, llamé a mi familia. Fue una de esas conversaciones breves pero necesarias, de las que te recuerdan que hay gente que todavía piensa en vos aunque estés en el medio de la nada. Escuché sus voces, les conté dónde estaba, les dije que estaba bien. Fue reconfortante y agotador al mismo tiempo. Porque me recordó algo que siempre me pasa: la distancia entre lo que extraño y lo que necesito.
Extraño la familiaridad, la presencia constante, la posibilidad de hablar sin tener que explicar dónde estoy o por qué. Pero después vuelvo. Vuelvo 15 o 20 días, veo a todos en sus rutinas, y enseguida necesito volver a irme. No es una crítica a la vida rutinaria, a la vida más establecida y monótona. No juzgo eso. Pero hay algo adentro mío que me dice: salí, rajá de acá. Es un impulso que no sé de dónde viene, pero que siempre está. Lo desconocido, lo nuevo, lo que todavía no entiendo: eso me motiva. Me hace sentir vivo.
No sé si es algo que va a cambiar alguna vez. Tal vez sí, tal vez no. Por ahora, es lo que soy.
El resto del día se hizo largo. Ese tipo de largo que solo conoce quien ha estado atrapado en un lugar sin poder moverse. Miré por la ventana más veces de las que debería. Conté las horas sin querer contarlas. Me paré, me senté, volví a pararme. La quietud forzada pesa distinto que la quietud elegida. Y aunque me sentía tranquilo, relajado incluso, sabía que uno o dos días más así complicarían mi estado de ánimo. Por suerte, fue la última. Al día siguiente, el cielo se abrió.
Esa noche, la lluvia empezó a calmarse. Me quedé sentado en el comedor común, mirando a través de la ventana cómo las gotas se espaciaban. La familia ya se había ido a dormir. Solo quedaba yo, el ruido decreciente del agua, y la cascada al fondo que nunca paraba. Me quedé ahí un rato largo, sin hacer nada, solo esperando que el día terminara.
Cuando finalmente me fui a la cama, supe que mañana volvería al camino. Y eso, por ahora, era suficiente.
Arranqué temprano esa mañana. No temprano de viajero relajado, temprano fuerte, de los que te hacen desayunar a oscuras y salir cuando el pueblo todavía duerme. Tenía un objetivo claro: llegar a Timang antes del mediodía para poder estar a primera hora del día siguiente en posición de ver el Manaslu despejado. Ese trekking que había descartado días atrás en Pokhara, cuando vi los precios y la palabra "guía obligatoria" repetida en todos los carteles como una condena. No fue una decisión difícil, pero sí molesta. Me jodió tener que elegir entre pagar una fortuna por algo que podía hacer solo, o simplemente no hacerlo. Elegí no hacerlo.
No tengo nada en contra de los guías. Pero odio la obligación. Porque los guías, por más buenos que sean, te limitan la ruta. No podés tomar días extras, alargar distancias, desviarte por un camino que te llama la atención, improvisar. Todo tiene su costo diario, y mientras más días, más dinero. El Manaslu quedaría para otra vida. O para cuando el gobierno nepalí levante esa obligación absurda.
Llegué a Dharapani y, pasando el pueblo, me topé con el primer control de permisos del circuito. Un policía aburrido revisó mis papeles sin mucho interés, los selló, y me dejó pasar. Crucé un puente que colgaba sobre el río lechoso y continué subiendo.
Para llegar a Odar había que desviarse del camino principal y subir varias escaleras talladas en la montaña. Era un esfuerzo extra que pocos hacían, pero yo tenía tiempo. El pueblito era pequeño, quieto, con gente trabajando en silencio. Crucé dos grupos de casas donde habían tendido al sol porotos, maíz, granos de distintos colores. Todo ordenado en lonas sobre el piso, secándose bajo un sol que había decidido aparecer después de días de lluvia. Intenté charlar con algunos locales, pero el inglés no era moneda común acá arriba. Intercambiamos sonrisas, algún gesto, y seguí.
El camino bordeaba la montaña con una constancia hipnótica. A un lado, la pared de roca. Al otro, el vacío y el río abajo golpeando piedras con furia. Y en el medio de todo eso, cascadas. Decenas de cascadas cayendo desde alturas imposibles, deslizándose por las paredes verdes, alimentando el río que no paraba de rugir. No eran el centro del paisaje, lo complementaban. Había sol, algunas nubes todavía dudando si quedarse o irse, verde intenso en las laderas, y ese agua furiosa, lechosa, que parecía llevar la montaña entera disuelta en su corriente. Fue una parte extremadamente natural del viaje, sin intervención humana visible, sin carteles, sin nada que te recordara que estabas en una ruta turística.
Antes de llegar a Timang, pasé por Danakyu. En medio de la nada, literalmente en medio de la nada, apareció un puestito de venta de frutas y té. Una mujer estaba ahí, cosiendo pulseras con una concentración absoluta. Estaba acompañada de una amiga y su hijo, un chico de unos doce años que hablaba un inglés perfecto. Me detuve, pedí un té, y terminé quedándome una hora.
Me contaron la vida del pueblo. La mujer me explicó que cada mañana, durante la temporada, subía dos kilómetros empinados para abrir el local. Dos kilómetros que en la montaña significan el doble de esfuerzo que en cualquier otro lado. Y entonces, sin transición, sin falsa modestia, me dijo: "Yo cocino el mejor dal bhat de todo Nepal".
Me reí. No porque no le creyera, sino porque lo dijo con una soberbia tan genuina, tan desprovista de duda, que resultaba extremadamente graciosa. No era arrogancia vacía. Era orgullo puro, el tipo de orgullo que tiene alguien que sabe que hace bien su trabajo y no necesita convencer a nadie. Contaba anécdotas con ese mismo tono, enfatizando sus logros con una seriedad cómica que me tuvo entretenido toda la hora.
Le pregunté por el clima. Me dijo que la lluvia había terminado, que en dos días más empezaban los soles contundentes. "Se acabó el monzón", dijo con seguridad. Eso significaba más turistas, más trabajo, más horas de subida.
Me despedí, pagué el té, y seguí. A lo lejos, antes de llegar a Timang, apareció algo que rompía con toda la armonía del paisaje: una empresa constructora y extractora de minerales china. Maquinaria pesada, camiones, polvo, ruido. Rompía todo el ambiente natural que había estado construyéndose desde Tal. No soy quién para juzgar si está bien o mal, si genera trabajo o explotación. Tengo mi opinión, pero acá no viene al caso. Solo lo vi, lo registré como una mancha en el paisaje, y continué.
Llegué a Timang con las piernas cansadas pero con el cuerpo funcionando mejor que días atrás. El ritmo ya estaba encontrado. La mochila pesaba menos, o tal vez yo había aprendido a llevarla. Me instalé en una guest house, bajé la mochila, y salí a mirar el horizonte. Mañana, si el clima lo permitía, vería el Manaslu desde lejos. No lo caminaría, pero al menos lo vería.
Esa noche me senté afuera de la guest house con un té que se enfrió sin que me diera cuenta. El pueblo estaba en silencio, apenas interrumpido por el ruido lejano del río. No había otros mochileros, no había conversaciones en inglés flotando en el aire. Solo yo, el té frío, y la certeza de que mañana volvería a caminar. Me quedé ahí hasta que el frío me obligó a entrar. Adentro, me metí en la bolsa de dormir y me dormí rápido, sin pensar demasiado. El cuerpo ya había encontrado su ritmo. Y eso, por ahora, alcanzaba.
A las seis de la mañana ya estaba sentado en la terraza de la guesthouse en Timang, con el desayuno calentándome todavía el estómago. Esperaba una sola cosa: que el sol empujara las nubes lo suficiente como para revelarme el Manaslu. La primera montaña de más de ocho mil metros que vería en mi vida.
Cuando finalmente apareció, no hubo música, ni epifanía, ni grito. Solo me quedé quieto. Media hora sin mover un músculo, mirando ese pico blanco levantarse sobre el valle como si no necesitara permiso para existir. Después vendrían cumbres más espectaculares, vistas más limpias, miradores mejores. Pero esa primera visión quedó incrustada de una manera que no se repite.
Empecé a caminar con esa imagen todavía prendida a la cabeza. Sabía que el día sería largo: una cadena de pueblos uno detrás del otro, subiendo metros de manera constante. Era un tramo abundante en nombres y escaso en descanso. Timang, Kurung, Thanchok, Koto. Y más allá, Chame, Thaleku, Bhratang, y la meta del día: Dhikur Pokhari.
Mientras avanzaba, pensé en lo extraño que era estar escribiendo parte de esta historia hoy, desde un tren indio rumbo a Khajuraho. Ventanas cubiertas de polución, bocinas, humo. Nada que ver con el azul cortante y el verde vivo de ese día en Nepal. La nostalgia me apareció sin aviso, como un pellizco. No por romanticismo, sino por contraste: la brutalidad de la India a la mañana versus la calma enorme del Himalaya.
Los primeros pueblos del día eran humildes, casi silenciosos. Gente trabajando en lo suyo, casas de madera que parecían respiraciones lentas. Era ese Nepal que todavía vivía lejos del radar del circuito turístico. Pero bastó llegar a Chame para que el paisaje cambiara.
Fue un golpe. De un minuto a otro aparecieron las primeras señales del turismo masivo: rostros occidentales, carteles en inglés, restaurantes que ofrecían pizzas tibias, cajeros automáticos, una sucursal bancaria perdida entre montañas. Y la mirada de la gente cambió también. No era mala, no era agresiva, solo distante. Profesional. Ahí entendí que para ellos yo ya no era un caminante más: era un cliente.
Seguí, porque después de Chame empezaba otro Annapurna. Uno espectacular. El horizonte se abrió y los primeros picos nevados del circuito aparecieron a la distancia, nítidos, gigantes, como si anunciaran una nueva etapa. Fue un momento hermoso y, al mismo tiempo, el fin de algo. Ahí se quebró la autenticidad de los días anteriores: la soledad verdadera, la compañía de familias que vivían sin esperar mochileros, la sensación de estar caminando un Nepal que ya casi nadie ve.
Pero siempre encuentro el lado positivo. Haber tenido casi una semana de contacto puro, sin filtro, sin multitudes, fue un privilegio. Y aunque esa etapa quedaba atrás, adelante venían los esfuerzos grandes, los días de altura, y la pregunta que me venía persiguiendo desde que cumplí 40: ¿todavía puedo bancarme trekkings así?
El cielo se fue cerrando de a poco mientras dejaba atrás Bhratang. Decidí no acelerar. No tenía ninguna necesidad de llegar a Manang ese mismo día; era absurdo quemar etapas cuando podía seguir a ritmo propio. Me quedé finalmente en **Dhikur Pokhari**, un pueblo mínimo pero suficiente: dal bhat caliente, té humeante, habitación privada, ducha tibia. Lo fundamental.
La familia del lugar era amable, tranquila. Había una niña que se acercaba a cada viajero como si fuera un juego, curiosa, dulce, con esa facilidad para romper cualquier distancia cultural. Ella le dio color a una tarde gris.
El punto extraño del día apareció durante la cena. En una mesa larga compartíamos el plato un alemán —educado, ordenado, meticuloso como si lo hubieran moldeado en una fábrica de disciplina— y su guía local. La conversación era amable, casi automática, hasta que volví de hablar por teléfono y encontré un litro y medio de agua caliente sobre mi mesa.
Él la había ordenado para mí. Sin consultarme. Sin necesidad. Y lo peor: costaba unos ocho euros, un precio absurdo a esa altura del circuito. Le pregunté por qué lo había hecho. Se ofendió. Le dije que no iba a pagarlo; nunca lo había pedido. Estalló en enojo silencioso, de esos que no necesitan gritos. Lo pagó sin mirarme y dejó de hablarme durante el resto de la cena.
Después vino su guía. Se sentó a mi lado y empezó un monólogo de cuarenta minutos. Me ofreció llevarme al Everest, al Three Passes, asegurándome que sin guía no se podía, que él tenía experiencia, que me hacía precio, que lo llamara, que me convenía. Lo escuché por respeto, pero sabía que no iba a contratar a nadie. Cuando rechazó mi negativa, murmuró algo en nepalí que no sonó a bendición.
No fue grave. Solo un anticipo del otro lado del turismo que empezaría a ver en los días siguientes: presiones, ventas forzadas, saqueos de tiempo y energía. Nada que ver con la hospitalidad de abajo. Y aun así, sabía que había tenido suerte. Esa sería la única experiencia desagradable real de todo el circuito. Lo que sí vendría después era otra cosa: la lucha diaria por conseguir una cama en pueblos saturados.
Me fui a dormir con esa mezcla rara: satisfacción física, un cansancio bueno, y la sensación de estar entrando en un tramo completamente distinto del Annapurna. La soledad quedaba atrás. Las montañas grandes estaban cada vez más cerca.
Salí de **Dhikur Pokhari** temprano, sin prisa pero con el cuerpo ya acostumbrado a la rutina de la montaña. El aire estaba frío, limpio, de esos que despejan incluso antes del primer sorbo de té. Sabía que el día iba a ser corto. Upper Pisang estaba cerca, y quería llegar antes del mediodía para asegurarme la vista del amanecer al día siguiente.
Durante el primer tramo coincidí con un francés que caminaba al mismo ritmo. Conversamos porque el paso nos empujó a hacerlo, no por afinidad. Él continuaría hasta Manang ese mismo día; yo me desviaría antes. Aún no habíamos entrado en calor cuando, sin transición, empezó a quejarse de la inmigración en Francia. El discurso de siempre: “llegan muchos”, “rompen la economía”, “no se integran”. Lo escuché mientras caminábamos entre pinos, con el río abajo rugiendo como un recordatorio de que el mundo es más grande que cualquier frontera.
Le respondí con calma. Le expliqué lo obvio —que su país lleva décadas explotando regiones enteras de África— pero fue como hablarle al viento. Le conté cómo funcionan las exportaciones de Burkina Faso, Malí y Níger, dónde va el oro, quién fija los precios, quién se queda con la mitad de las ganancias. No estaba inventando nada: es información pública, incómoda, pero pública. Él no sabía nada. Nada de nada. Y lo decía con total tranquilidad, como si la ignorancia fuera un derecho y no una responsabilidad.
La conversación fue respetuosa, pero reveladora. Lo que más me llamó la atención no fue su posición, sino su lógica:
quejarse del inmigrante, pero nunca del neocolonialismo que obliga a la gente a emigrar.
Hablar del “otro” como invasor, pero no del saqueo como política.
Aceptar como natural que un camerunés pobre en París es un problema, pero que un camerunés convertido en Kanté, Pogba o Thuram es un héroe nacional. Es la magia del capitalismo cultural: transforma al extranjero incómodo en divinidad si rinde lo suficiente.
Caminamos un rato más en silencio. No por tensión, sino porque el paisaje lo pedía. El sendero bordeaba el valle con una amplitud enorme, como si ya estuviéramos entrando en una antesala de altura. Pisang —los dos Pisang— estaba ahí adelante, dividido entre el pueblo de abajo y el asentamiento alto que domina la vista.
Nos despedimos sin ceremonia. Él siguió hacia Manang; yo tomé el desvío hacia Upper Pisang.
Llegué temprano. El pueblo estaba quieto, colgado en la ladera, con casas de piedra que parecían prenderse a la montaña para no deslizarse. Me recibió una familia amable, de esas que todavía sostienen la lógica simple del trueque emocional: cenás acá, desayunás acá, y dormís gratis. A esa altura del circuito, encontrar un lugar así era casi un milagro.
Dejé la mochila, tomé un té, y subí al monasterio del pueblo. Fue una gran decisión. Desde arriba, Upper Pisang se veía como un puñado de casas aferradas al mundo, y el valle se abría como si se preparara para recibir al viajero que entra en la zona alta del Annapurna. El monasterio estaba pintado con ese rojo profundo típico de estas alturas, con rezos escritos en cada muro, banderas moviéndose con un viento helado que parecía llegar desde algún lugar remoto del Himalaya. No había monjes recitando, no había turistas, no había movimiento. Solo silencio y la montaña enfrente.
Y ahí sí sentí que estaba cerca.
Cerca de los 3.000 metros, cerca de las primeras vistas “serias”, cerca de ese punto donde el circuito deja de ser un trekking y empieza a ser algo más íntimo, más exigente, más concreto.
La tarde se fue rápido. Comí bien, conversé un rato con la familia que manejaba el albergue, y me acosté temprano. Me dormí con esa sensación rara de transición: la etapa de abajo ya había quedado atrás; la etapa alta empezaba a respirarme en la nuca.
El amanecer del día siguiente iba a ser el verdadero protagonista.
Upper Pisang era solo el preludio.
Y ese preludio, a veces, es lo que más se recuerda.
Mi viaje por Afganistán había tenido dos compañeros improvisados, Stefano e Ilaria, dos tanos que conocí en el camino, cada uno siguiendo su propio rumbo. Resultó que los dos, en momentos distintos de sus vidas, habían pasado por Nepal e incluso habían hecho el circuito del Annapurna. Me dieron datos, advertencias, rutas posibles, atajos, ilusiones. Y después de un tiempo, Ilaria —del Veneto, de la zona de las Dolomitas— me escribió para ver por dónde andaba.
Cuando le dije que estaba en Upper Pisang, no dudó ni un segundo:
—Tomate un día tranquilo. Subí a Ghyaru. Dormí ahí. Nadie se queda. El amanecer es impresionante.
La del Veneto no falló: la clavó al ángulo.
Así que esa fue mi ruta.
La subida a Ghyaru quedó tatuada como la primera subida realmente dura del trail. Dos horas, no más, pero dos horas intensas, de esas en las que el cuerpo se te adelanta en la mente. Son apenas 250 metros de desnivel, sí, pero puestos uno arriba del otro, sin pausa y sin sombra, te hacen sentir que caminás dentro de un ascensor inclinado. Subí como pude, parando cada tanto para sacar fotos, para respirar, para justificar la falta de aire que ya se notaba a esa altura. El aire tenía esa textura seca, limpia y filosa que anuncia la presencia de los 3.000 metros.
Ese día también fue el primero absolutamente repleto de viajeros. Venía acostumbrado a caminar casi solo, en silencio, en el sonido áspero de mis propios pasos. Haber arrancado un poco más tarde esta vez fue un error que no volvería a repetir. La ruta estaba llena y el ritmo ajeno te contamina, te empuja sin querer.
Aun así, me desvié hacia un pequeño lago verde.
El agua estaba quieta, inmóvil, como si alguien hubiese detenido el tiempo justo cuando el viento quiso tocarla. Me senté ahí, tomando un té caliente que yo mismo había traído desde Upper Pisang. Ese té fue el pequeño lujo de la mañana: el vapor subiendo en espiral, el valle en silencio, la montaña respirando atrás mío como un animal dormido.
La paz duró media hora.
Llegaron dos grupos enormes —veinte personas cada uno, más o menos— con un ruido que rompió el aire en mil pedazos. Fotos a un ritmo frenético, quejas sobre el confort de las guesthouses, críticas sobre detalles mínimos, cero curiosidad por lo que tenían delante. En cuanto escuché esas conversaciones, supe que ese lugar ya no era mío. Volví un kilómetro sobre mis pasos, retomé el sendero principal y seguí subiendo hacia Ghyaru. Lo peor venía ahora: la parte más empinada de todo el día.
Llegué alrededor de las once de la mañana.
La horda seguía de largo, sin freno, sin pausa, sin mirar nada que no fuera su propio destino. Era como si caminaran dentro de una serie de televisión que solo ellos veían: no registraban a la gente del lugar, a los campesinos cosechando, limpiando, sembrando; no registraban el olor a tierra húmeda ni el sonido de las herramientas chocando contra el suelo. Nada.
Ghyaru tiene pocas guesthouses, y entiendo por qué: casi nadie se queda.
Hoy, después de dormir ahí, todavía no lo entiendo.
El amanecer que regala ese pueblo es un privilegio: el Annapurna II de frente, sólido y enorme; el Annapurna III vigilando a un costado; un cielo que empieza siendo violeta y se vuelve naranja; el valle despertando como un animal lento. Es imposible que tan pocos viajeros se detengan.
Me hospedé en una guesthouse muy local: padre, madre e hija.
Me recibieron con una mezcla de timidez y alegría, ese gesto que solo aparece donde el turismo todavía no deformó la hospitalidad.
Tuve un solo inconveniente.
La hija no hablaba inglés. Yo pedí la cena usando el traductor del teléfono, pero cuando le mostré el mensaje, entendí al instante que no podía leer. No hubo incomodidad ni vergüenza: solo un silencio suave, íntimo, como esos momentos en los que te das cuenta de que pertenecés a mundos distintos.
Llamé al padre para explicarle lo que necesitaba porque no había otra forma.
Y ahí comprendí algo esencial:
El problema no era de ella. Era mío.
Ella estaba en su casa, en su lengua, en su vida.
Yo era el que no sabía decir ni tres palabras en nepalí.
Escuché mil veces a viajeros decir:
“No me interesa tal lugar, no me puedo comunicar, no hablan inglés.”
Qué arrogancia tan enorme. Pretender que el mundo entero se adapte a uno, como si la comodidad fuera un derecho universal.
Cuánta soberbia viajera disfrazada de queja.
Esa noche la habitación era un congelador. Dormí a 2.750 metros, bajo paredes frías, con un viento que se colaba por una ventana que no cerraba del todo. Me salvó el saco de dormir y la ropa térmica. Curiosamente, sería la única noche en toda la ruta en la que realmente pasaría frío. Después, el cuerpo, la altura o el clima harían su magia.
Me dormí escuchando el silencio.
Esa clase de silencio que no existe en ningún otro lado del mundo.
Y me fui quedando dormido con una sensación que no sentía hacía mucho:
la de estar exactamente donde tenía que estar.
Al día siguiente, Ghyaru me regalaría uno de los amaneceres más hermosos de mi vida.
Me desperté a las seis, pero recién a las ocho y media me puse en marcha. El amanecer había empezado torcido: nubes bajas, la luz filtrándose a medias, un gris que me frustró apenas abrí la ventana. Pero la montaña, fiel a su estilo, esperó a que yo perdiera la paciencia para abrirse. Cuando las nubes se corrieron, los picos de ocho mil aparecieron enteros, afilados, iluminados por un sol que recién despertaba. Fue la primera escena realmente descomunal del circuito. Una postal que no necesitaba palabras, solo estar ahí, quieto, respirando despacio para no perder detalle.
Salí de Ghyaru con esa imagen aún caliente en la cabeza. El sendero comenzó a descender con suavidad hacia Nawal, un pueblo extendido sobre una ladera que parecía haber sido tallado con regla. Techos bajos, paredes claras y un silencio que no era vacío, sino orden. Ahí el viento llevaba el eco de los rezos desde un pequeño templo, y cada casa tenía algo que me obligaba a mirar dos veces: un cuenco metálico brillando al sol, un grupo de mujeres clasificando granos, un anciano sentado sin hacer nada más que existir. Era un pueblo detenido en un tiempo propio, sin prisa por seguir el ritmo del circuito.
Más adelante apareció Mungji, y el paisaje cambió otra vez. Los campos se abrían amplios, limpios, con terrazas que parecían pintadas a mano. La tierra tenía un color que no había visto en ningún otro tramo del camino, un marrón suave que parecía absorber toda la luz. Había algo en Mungji que invitaba a frenar, no por cansancio, sino por respeto: uno siente que el pueblo está hecho para ser observado en silencio. El sonido del viento se mezclaba con el golpeteo de las banderas de oración, y pensé que si alguien quisiera entender por qué Nepal se vuelve adictivo, alcanzaría con sentarlo ahí por media hora.
Braka apareció después como un golpe, pero un golpe lindo. Una hilera de casas de piedra, viejas, casi medievales, pegadas unas a otras como si estuvieran tratando de no caerse montaña abajo. Sobre ellas, el monasterio en lo alto, observándolo todo con esa presencia que solo tienen los lugares que fueron importantes durante siglos. Había gente que subía a verlo, yo no. Decidí dejarlo para el regreso, cuando tuviera más piernas y más aire para apreciarlo sin apuro. Lo que sí hice fue quedarme un rato largo mirando la estructura desde abajo: era un edificio que parecía más parte de la roca que obra humana.
El último tramo hacia Manang fue un cuadro inmenso. El valle se abría de golpe, como si alguien hubiera expandido el paisaje de un tirón. La altura ya se sentía, no por falta de aire, sino por la claridad exagerada de todo. El cielo era un azul que dolía y las montañas se veían tan cerca que parecía que uno podía tocarlas. Ahí entendí por qué todos hablaban de Manang como una pausa necesaria: el cuerpo entra en otro registro, la cabeza también.
Llegué a las dos de la tarde al albergue de Sunita. Su nombre lo había escuchado antes: “andá con Sunita, cocina como los dioses”, me habían dicho. No exageraban. Me recibió con una sonrisa corta pero cálida. Tenía una manera de moverse que contaba su historia sin palabras: había nacido en esas montañas, crecido en esas pendientes, vivido ahí hasta que sus padres envejecieron y el resto de la familia se mudó a Katmandú. Ella no. “Allá sería infeliz”, me dijo. “Mi lugar es este.” Y lo decía sin épica, como quien afirma un dato evidente.
El albergue estaba lleno de vida. Viajeros entrando y saliendo con pasos cansados, mochilas apoyadas en cualquier rincón, olor a sopa caliente, tazas de té alineadas en un estante de madera. Por primera vez en días, escuché conversaciones en inglés, risas, discusiones sobre rutas alternativas, comparaciones de aclimatación. Conocí a una pareja de escoceses que venía desde Chame y a dos estadounidenses que iban más rápido que yo y que casi nunca estaban. A la noche bajaban los locales a tomar una cerveza, y yo me sumaba. Tenían una forma de conversar directa, sin rodeos, como si no tuvieran tiempo para perder en formalidades. Era fácil sentirse parte, aunque fuera por un instante.
Manang es el primer lugar donde se nota de verdad el contraste entre el mundo tibetano de piedra y silencio, y la influencia inevitable del turismo. Después de una semana de dal bhat, uno puede sentarse en una cafetería, tomar un espresso y comerse un croissant. Y sí: me lo comí como si fuera un premio. También es donde los precios empiezan a subir fuerte, donde un litro de agua cuesta el triple y donde los trekkers compran lo que olvidaron en Pokhara.
Pero Manang no es solo comodidad. Es, sobre todo, altitud. Es el lugar donde la montaña te dice: “Respirá mejor. Comé bien. Dormí fuerte. Si no lo hacés, no pasás.”
Y yo lo sabía. Tenía programados dos días completos de aclimatación, dos trekkings que marcarían ese proceso: Ice Lake y los miradores del Gangapurna. Sabía que eran duros. Sabía también que iban a ser inolvidables.
Me quedé tres noches. La habitación era simple, fría, de ventanas golpeadas por el viento. Pero tenía lo que necesitaba: silencio, comida caliente, y un nombre —Sunita— que hoy recuerdo como se recuerdan las anclas en medio del viento.
El Annapurna seguía avanzando. Pero por primera vez en días, no tenía que moverme. Solo tenía que dejar que el cuerpo se adaptara. A veces, el viaje también es eso: frenar para poder seguir.
Me desperté antes del amanecer, cuando el frío todavía era dueño del valle y el silencio parecía recién lavado. Manang seguía dormido; solo algunas chimeneas tímidas empezaban a largar humo, como si el pueblo se estirara lento después de una noche larga. A 3.500 metros la vida se mueve sin apuro, pero tampoco se detiene. No pensé mucho: me puse las capas necesarias, ajusté la mochila y salí.
La caminata hacia Braka —el verdadero inicio del sendero a Ice Lake— fue corta y tranquila. El sol todavía no había tocado del todo las laderas y el aire tenía ese punto de crudeza que te obliga a sentir cada respiración. Era uno de esos días donde la mente queda alineada al cuerpo desde el primer paso. No había ansiedad, no había dudas: tocaba subir. Subir durante horas. Subir sin negociación.
El sendero arrancó suave, casi amable, como si quisiera engañar. A los diez minutos ya estaba ganando altura de forma abrupta, esa pendiente honesta que no promete alivio. En un par de curvas, Manang se había vuelto una miniatura tibetana a mis espaldas. El silencio era total, salvo por el crujir de las piedras bajo mis botas.
En una de las primeras terrazas me crucé con un grupo de chicos nepalíes, jóvenes, veinteañeros, que subían despacio y con la dignidad averiada de quien carga una resaca en altura. Nos saludamos con un “namaste” medio torcido. Uno de ellos me dijo en inglés básico:
—Bad idea, drinking last night.
Nos reímos. Fue un intercambio de diez segundos, pero suficiente para ver esa mezcla extraña de vergüenza, humor y obstinación juvenil. Siguieron trepando como podían; yo también. No compartimos nada más, pero fue un recordatorio de que incluso en el Himalaya —quizás sobre todo en el Himalaya— la juventud hace estupideces universales.
La subida fue constante, sin tregua. No épica. No dramática. Simplemente fiel a sí misma. A medida que ganaba metros, el valle se abría como un abanico y el cielo, impecable, marcaba uno de esos días que parecen escritos para caminar. Cero nubes. Cero viento. Cero ruido. Era un regalo.
Las piernas respondían perfecto. El cuerpo parecía hecho para esa altura: no había mareos, no había falta de aire, no había señales de alerta. Solo la sensación de estar calibrado con la montaña. Es difícil explicar el privilegio físico de un día así: cuando nada duele, cuando todo avanza, cuando sentís que podés subir mil metros más si fuera necesario.
Los últimos tramos fueron duros por la inclinación, no por la técnica. La tierra se volvió gris, mineral pura, como si alguien hubiera arrancado toda forma de vida para dejar lo esencial: piedra, aire, luz. Respirar. Avanzar. Aceptar. Esas tres cosas sostienen cualquier caminata en altura.
Y entonces, sin anuncio, apareció el Ice Lake.
Nada de azul turquesa de postales falsas. Nada de brillo exótico. Era un lago crudo, denso, frío, con un color entre gris y acero que encajaba perfecto con el entorno. Pero detrás… detrás estaban los gigantes. Los picos del Annapurna cortaban el cielo con una nitidez imposible. Era un paisaje que no buscaba agradar: imponía. Era un escenario que no pedía emoción: la dictaba.
Me senté en una roca. No tomé té, no comí nada. Solo respiré. El silencio era tan profundo que parecía físico. Me quedé una hora, o dos. El tiempo en altura pierde estructura; se vuelve un animal sin forma.
La bajada fue rápida, casi alegre. El cuerpo celebraba. A mitad del camino volví a ver a los mismos chicos nepalíes, ya recuperados, riéndose entre ellos. Nos saludamos de nuevo, esta vez con un gesto breve de complicidad compartida. Nada más.
Cuando Manang reapareció al fondo del valle, la luz ya era cálida. Crucé el puente, pasé las casas de piedra y volví al albergue de Sunita. Ella, sin decir mucho, me señaló una mesa y me sirvió un plato humeante. No preguntó cómo había sido el día. No necesitaba hacerlo. A veces la gente de montaña tiene la sabiduría de entender sin pedir explicaciones.
Esa noche dormí profundo, con una satisfacción que no necesitaba palabras.
No hubo encuentros memorables, no hubo giros dramáticos, no hubo historia.
Solo un día perfecto.
Y eso, en los Himalayas, tiene un peso que no necesita adorno.
Me desperté con la sensación de que el cuerpo estaba liviano. No fuerte: liviano.
La diferencia era importante.
La altura ya no era un desafío, era un estado.
Salí despacio, sin la urgencia del día anterior. El clima seguía impecable, como si Nepal hubiera decidido regalarme un paréntesis perfecto antes del tramo más duro del circuito. El sendero hacia el Gangapurna Lake era más amable, más accesible, más corto. Pero eso no lo hacía menos imponente.
El lago apareció rápido, como un espejismo verde-azulado enmarcado por paredes de hielo. Era un agua extraña, casi lechosa, como si hubiera sido filtrada por glaciares cansados. No había ruido más que algún pájaro ocasional y el crujido seco de las rocas bajo los pasos. La calma del lugar era tan profunda que cualquier palabra se sentía fuera de lugar.
Seguí subiendo hacia los miradores. Ahí sí el paisaje se volvió absurdo. Manang quedó hundido en el valle como un dibujo tibetano. Las montañas parecían demasiado grandes para ser reales, como estructuras que alguien colocó ahí solo para medir la escala humana. El glaciar Gangapurna brillaba con un blanco que casi quemaba. Todo estaba quieto. Demasiado quieto.
Ese silencio no era ausencia. Era presencia multiplicada.
A veces, cuando no pasa nada, en realidad pasa todo.
No había mochileros alrededor. Solo un grupo pequeño apareció a lo lejos, y desapareció igual de rápido en un desvío que subía más alto. Me quedé solo. Me acosté sobre una roca tibia y miré el cielo. No hice fotos por un rato. No pensé en la ruta siguiente. No planeé nada. Fue el día más simple del circuito. Y quizás, por eso mismo, uno de los más necesarios.
La bajada fue tranquila, casi meditativa. Entré en Manang con la sensación de haber limpiado algo interno sin haberlo buscado. Por la tarde volví al comedor de Sunita. Tomé café, comí algo dulce —el primer bocado occidental en días— y escuché las conversaciones de los otros viajeros sin participar. Era suficiente ser espectador. Manang tiene ese efecto: te saca del mundo y te devuelve de a poco.
Esa noche, mientras todos hablaban de los días que venían —Yak Kharka, Ledar, Phedi, High Camp, el Thorong La— yo solo pensaba en lo simple que había sido este día. Sin épica, sin sudor extremo, sin historias para contar.
Y sin embargo, imprescindible.
Dormí temprano. Me esperaba la parte alta del Annapurna. Y yo, después de estos dos días, estaba listo.
Salí de Manang temprano, cuando el frío todavía mordía sin pedir permiso y el valle seguía cubierto por esa luz azulada que hace parecer que todo se despierta más lento. Me despedí de Sunita en la puerta del albergue. Me abrazó como si el viaje fuera mío, pero parte de ella también. Me había preparado un desayuno enorme, de esos que te dejan lleno pero también acompañado. Intenté pagarle. No quiso. Insistí. Tampoco. “Ayer me trajiste a esos tres alemanes perdidos. Con eso alcanza”, dijo riéndose. Y ahí entendí que algunas hospitalidades no se pagan: se honran.
El sol apareció recién cuando dejé atrás Khangsar. El aire todavía estaba helado, pero la luz empezaba a calentar de a poco las paredes secas del valle. Ese primer tramo no tuvo la magia de Ghyaru ni el dramatismo de los miradores de Manang. Era un camino de transición, casi sobrio, donde las vistas eran buenas pero no intimidantes. No sentía ansiedad ni urgencia. Solo un leve respeto por lo que venía: esa noche dormiría a más de 4.200 metros, y aunque el cuerpo ya había tocado los 4.600 en Ice Lake, dormir tan arriba siempre es otra historia.
Shree Kharka apareció rápido, un pueblito mínimo, casi funcional, más punto de paso que destino. Había gente, sí, pero 90% eran nepaleses en pleno mes festivo. Para ellos, el Tilicho Lake es un lugar sagrado, no una excursión. Vienen desde Khangsar, suben hasta el lago y vuelven el mismo día. No continúan hacia el Thorong La Pass. Van a su meta y regresan. Y en esa devoción había algo hermoso: recordaba que este camino no fue creado para trekkers, sino que los trekkers se sumaron después, como invitados tardíos.
Desde Shree Kharka llegué a Upper Shree Kharka, donde el valle se abría en un escenario seco, silencioso, sin adornos. Era el último respiro antes del tramo más delicado del día.
Y recién después vino la parte particular del día:
la sección de ladera inestable.
Un tramo angosto, quebradizo, inclinado hacia el vacío con una mala idea. La tierra era polvo compacto mezclado con piedras sueltas. Había carteles que advertían sobre derrumbes y sobre el paso de animales, pero los carteles no podían explicarlo del todo. Lo entendías recién ahí, parado, evaluando la pendiente y calculando cada paso con una cautela que no tenía nada de épico. Era supervivencia simple.
Lo más tenso eran las mulas. Las usan para transportar garrafas, comida, insumos y cargas que ningún porteador debería llevar sobre los hombros. Pero entre ellas también hay peligro: se asustan fácil, avanzan sin mirar, y el sendero es demasiado estrecho como para confiarse. Las dejé pasar pegado a la montaña, quieto, sintiéndome una piedrita más del paisaje. Y aun así, fue el único momento del Annapurna en que pensé: “Si me equivoco medio metro, no la cuento”. Pasó. Como todo.
A partir de ahí, el valle se abrió en un escenario casi lunar, donde cada piedra parecía puesta para desafiarte. El sol ya estaba alto, sin nubes, sin viento. Un día perfecto. Un día imposible de pedir. Caminé fuerte. El cuerpo estaba en un nivel que no esperaba. Sin dolores, sin malestar, sin fatiga. Solo un tirón constante en la espalda por tantos días de mochila, pero nada que frenara.
La última parte hacia el Tilicho Base Camp fue un desfile continuo de peregrinos nepalíes, mochileros, guías, mulas, polvo y sol. Una procesión. Un flujo humano moviéndose hacia un mismo destino que todavía no se veía.
Llegué temprano, en perfectas condiciones físicas, pero con una preocupación instalada: no había hospedaje disponible en ninguno de los alojamientos. Todos llenos. De verdad llenos. Era temporada festiva y para los nepaleses este lago no es turístico: es espiritual. Me contaron que el récord histórico había sido en 2023, cuando alojaron a 2.500 personas en una sola noche, gente durmiendo en pasillos, cocinas, mesas, escaleras, cualquier superficie horizontal.
“Nadie duerme afuera”, me dijeron. “Pero a veces dormís en una tabla”.
Ya había asegurado un rincón en un restaurante por si tenía que tirar la bolsa de dormir sobre una tabla. Pero en el último hotel, casi resignado, apareció un cuarto tipo hostel con una cama libre. El dueño me dijo: “Si cenás acá, dormís gratis”. No esperaba a esa altura —literal y figurativamente— seguir encontrando esa lógica de hospitalidad. Acepté sin dudar.
La habitación era fría. Más que fría: húmeda, cruda, de esas que te obligan a revisar tu equipo mentalmente para ver si tenés todo para sobrevivir la noche. Yo lo tenía. No iba a dormir muchas horas igual: a las cuatro de la mañana tenía que levantarme para la caminata hacia el lago.
Recién en el comedor del Base Camp conocí a la húngara. Estaba sentada con su guía, agotada, pero con ese brillo de la gente que no necesita contarte nada para que sepas que viene dando batalla. Trabajaba en logística, cargaba su propia mochila y caminaba con un ritmo firme, casi orgulloso. No recuerdo su nombre y eso que compartimos ruta tres días. Cenamos juntos, charlamos un rato. Una conversación tranquila, sin alardes, sin confidencias. Solo un intercambio simple entre dos personas que sabían que al día siguiente la montaña iba a exigir lo suyo y que no hacía falta complicar nada más.
Afuera, el atardecer se encendía sobre las laderas secas del Base Camp. Ese último momento de luz fue perfecto: un silencio absoluto, una atmósfera suspendida, y la certeza de que al día siguiente comenzaba una de las jornadas más intensas del trekking.
Me fui a dormir con un leve cosquilleo de ansiedad, no por el esfuerzo, sino por la posibilidad real de no encontrar alojamiento y haber tenido que dormir sobre una mesa. Pero ya estaba todo resuelto. Calma.
Mañana sería un día inolvidable.
El Base Camp estaba quieto.
El frío endurecía el aire.
Yo cerré los ojos sabiendo una sola cosa:
Me desperté a las tres y media, todavía envuelto en ese frío que parece meterse en los huesos incluso antes de abrir los ojos. Salí del cuarto con la linterna en la mano y encontré el comedor del Tilicho Base Camp convertido en un dormitorio improvisado. Cuerpos por todos lados, colchones en el suelo, mochilas apiladas como barricadas. Había silencio, pero un silencio apretado, de cientos de personas que habían perdido cama y habían dormido donde pudieron.
Busqué un rincón libre, me senté y pedí mi porridge de avena. Necesitaba algo caliente para que el cuerpo despertara antes de salir al frío real. Afuera marcaba once grados bajo cero. Adentro, apenas dos.
A las cuatro en punto crucé la puerta. La montaña estaba completamente oscura, salvo por las primeras linternas que se movían como un rosario encendido sobre la ladera. Me acomodé la banda de la frontal y empecé a subir. Al principio lento, cuidando cada paso para que el cuerpo entrara en ritmo sin ahogarse. Los más ansiosos pasaban corriendo, como si la altura no existiera. Los veía adelantarse con una velocidad que no tenía sentido ahí arriba, y veinte minutos después estaban sentados al costado del sendero jadeando, tratando de recuperar aire. La montaña no perdona la soberbia del apuro.
El sendero era tierra dura, compacta, casi gris. Cada vez que levantaba la vista, veía la fila de luces creciendo detrás de mí. Una procesión silenciosa, ordenada por la necesidad de llegar antes del viento. Yo seguía el ritmo que sabía que podía sostener. Ni más, ni menos.
A medida que avanzaba, la noche empezó a aclararse. Primero las estrellas: miles, encendidas como si se hubieran acercado un poco más para mirar. Luego la luna, pálida pero suficiente para dibujar la silueta de los gigantes a mi alrededor. Los picos iban tomando forma antes que el cielo, blancos que lentamente se volvían naranja. Caminé un rato sin prestar atención al cansancio, solo siguiendo ese cambio de luz que parecía una ceremonia lenta, diseñada para quien estuviera despierto a esa hora.
Los últimos seiscientos metros cambiaron de textura. La tierra helada se volvió hielo fino, y después hielo grueso, y después nieve en bloques. No era peligroso, pero obligaba a pensar cada pisada. Sentía las manos arder del frío, incluso con los guantes que la húngara me había prestado la noche anterior. Sin ellos, no hubiera podido mover los dedos. La altura se notaba: no en la cabeza, sino en la respiración, que se volvía más corta sin avisar.
A las siete llegué al lago.
Tilicho apareció como si alguien hubiera levantado una cortina. El azul era tan intenso que parecía difícil de creer, pero lo que más impactaba no era el lago: era el conjunto entero. Las paredes nevadas alrededor, el glaciar que bajaba como un río congelado, el silencio absoluto de la hora en la que todavía no había llegado la multitud. Apenas quince personas desperdigadas, cada una quieta, intentando entender lo que estaba viendo. A casi cinco mil metros, la belleza no se piensa. Se recibe.
Fui directo a la casa de té, un refugio mínimo clavado frente al lago. Me cambié la remera húmeda —el sudor a esa temperatura es una trampa mortal— y pedí medio litro de té de jengibre con limón. Me lo tomé despacio, sintiendo cómo el calor volvía a entrar por dentro. Afuera el sol todavía no pegaba del todo, y el frío cortaba.
Cuando salí, el lago seguía ahí, igual de inmóvil, igual de irreal. Miré todo lo que pude antes de que empezara a llegar la primera ola de caminantes. En media hora ya eran cincuenta. Una hora después, más de cien. Para cuando me fui, habría fácil doscientas personas. Yo ya había tenido mi momento, y eso era lo único que importaba.
La bajada fue rápida, casi liviana. A las nueve y media estaba en el base camp otra vez. Me senté, pedí un café y un sándwich, y charlé un rato con el dueño del albergue. Nada profundo: comentarios del clima, de la temporada, de cómo ese año no era récord como el 2023, cuando metieron más de dos mil quinientos caminantes en una sola noche y la gente dormía en pasillos, mesas y escaleras. Después agarré la mochila y salí.
Volver a cruzar el tramo del landslide fue más fácil que el día anterior. Ya sabía dónde pisar, cómo esperar a las mulas, cómo evitar ser arrinconado contra el borde. La fila de animales bajaba cargada de garrafas y bolsas de comida. Su paso marcaba el pulso del sendero. Ellos trabajan donde muchos turistas no quieren trabajar con sus propias piernas. Viéndolos otra vez me quedó claro que ese día era de resistencia, no de belleza. El paisaje era serio, áspero, mineral.
Llegué a Upper Shri Kharka a las doce y media. Tenía reserva, pero el albergue estaba desbordado. La familia que lo manejaba estaba saturada, y eso se notaba: poco trato, poca paciencia, poca predisposición. La comida era mínima, cara, y la ducha caliente no existía.
Esa misma tarde, apenas me estaba acomodando, me resbalé en las escaleras y me abrí el codo. Nada grave, pero sangraba. Y fue ahí cuando apareció una familia que parecía salida de otro clima emocional: Maya, una enfermera nepalí radicada en Sídney; su esposo, Rajan, amable y futbolero; su hija Anika, de once años, que soñaba con ser maestra; y su hijo Aarav, de seis, que hablaba inglés con una fluidez que a esa edad solo se aprende creciendo entre dos mundos. Venían camino al Tilicho Lake todos juntos, con una naturalidad que me dejó pensando en mi propia infancia.
Maya me limpió la herida, me vendó el brazo y me dio indicaciones con la precisión de alguien que ha visto cientos de codos lastimados. Fueron minutos cálidos en un día frío. Eran bilingües, cercanos, y tenían algo muy claro: amaban Nepal, pero no pensaban volver a vivir en Nepal. Esa mezcla de raíces firmes y futuro elegido lejos del país me quedó resonando mientras anochecía.
Un rato después, ocurrió lo de Nilham.
Solo quedaban dos camas libres en el albergue: una en mi habitación y otra en la de una israelí de unos sesenta años. Nilham llegó sin reserva, cansada, con ese rostro de quien viene desde muy abajo del valle. La dueña le preguntó a la israelí si podía compartir cuarto. La respuesta fue un “no” seco, rápido, al que siguió un comentario innecesario: “No me importa si dormís afuera. Si no reservaste, es tu problema”.
Me acerqué al dueño y le ofrecí la cama libre de mi habitación. Nilham aceptó con un agradecimiento simple, sin exagerar nada. Hablamos apenas unos minutos: de dónde venía, del frío, del camino. Nada más. Lo importante vendría después, en Chitwan, cuando su familia se convertiría en el vínculo humano más profundo de todo mi viaje en Nepal.
Más tarde, la israelí intentó hablar conmigo como si nada hubiera pasado. La escuché con calma y le pedí que se retirara de mi mesa. No quería compartir espacio con alguien capaz de mirar a una chica local como si fuera descartable. Creo que me insultó en hebreo antes de irse. Nunca un “vieja de mierda” estuvo tan bien aplicado.
La montaña ya estaba a oscuras cuando me metí en la cama. Pensaba en lo que venía: Ledar, Phedi, el High Camp, el Thorong La. Y pensaba, sobre todo, en la herida en el codo, en los guantes prestados, en Maya y su familia, y en la forma en la que Nilham había entrado en mi viaje casi sin querer. Antes de quedarme dormido entendí algo simple: a veces no es la altura la que te cambia, sino la forma en que te cruzás con los demás allá arriba.
A las seis de la mañana ya estaba en movimiento. No tenía ninguna intención de quedarme un minuto más en ese albergue. Antes de salir, me crucé con Nilham en el comedor. Estaba desayunando sola, envuelta en una campera gruesa que le quedaba grande. Me saludó con esa sonrisa cansada que tienen todos después de días de caminar sin parar. Me dijo que se iba a quedar un día más, que necesitaba descansar antes de seguir. Charlamos poco, lo justo. Antes de irme, me dijo: "Vení a Chitwan cuando termines el circuito. Se viene Tihar, la fiesta de las luces. Tenés que estar ahí." No fue una invitación formal, fue más directo que eso. Era una certeza, como si ya estuviera decidido. Le dije que iba a ver, que dependía de cómo me sintiera después del paso. Pero algo en mí ya sabía que iba a ir.
Salí sin desayunar, confiando en el próximo pueblo. El aire estaba helado, pero el cielo era de un azul limpio que anticipaba otro día perfecto. La primera bajada hacia Shri Kharka era fuerte, de esas que obligan a apoyar bien el talón para no resbalar en la escarcha fina que se forma antes de que el sol toque la ladera.
Mientras caminaba, no dejaba de pensar en la familia nepalí-australiana que había conocido la tarde anterior: Maya, la enfermera; Rajan; la pequeña Anika; y Aarav, que a los seis años caminaba por el Himalaya con una naturalidad que yo no tuve ni a los treinta. Los imaginé rumbo al Tilicho Lake, avanzando en la penumbra helada, y sentí una mezcla rara de admiración y envidia sana. Crecer haciendo esto debía moldear la vida de otra manera. Ellos eran amables, cálidos, completamente bilingües entre inglés y nepalí, pero con un destino decidido lejos de Nepal. Me quedó grabada esa tensión: amar un país y al mismo tiempo saber que no vas a volver a vivir en él.
En Shri Kharka me detuve por fin a desayunar. Rápido, apenas lo necesario. Quería llegar temprano a Ledar para asegurar cama y, si la suerte estaba de mi lado, una ducha caliente. Había dormido noches enteras tiritando, y el cuerpo pedía un poco de alivio que no fuera solo sol radiante.
Al dejar Shri Kharka, el sendero volvió a quedarse vacío. No crucé a nadie durante horas. Ni turistas, ni porteadores, ni mulas. Nada. Esa soledad tan limpia, tan parecida a la de los primeros días del circuito, me dejó avanzar en un silencio que era más mental que ambiental. El valle estaba quieto, con colores otoñales que empezaban a tomar fuerza: amarillos secos, rojos apagados, marrones minerales. El río se convirtió en protagonista durante varios tramos, recortando la montaña como si marcara la dirección incluso cuando el sendero se alejaba de él.
A media mañana me encontré con un porteador en una curva amplia. Se detuvo a ajustar su carga —un peso imposible para cualquier caminante europeo con agenda de gimnasio— y charlamos un minuto. Me dijo que me faltaba media hora para Yak Kharka y una hora más para Ledar. Miré el reloj: eran las diez y media. Estaba volando. Sin dolores, sin síntomas de altura, solo un cansancio moderado en la espalda por tantos días de mochila.
Los yaks empezaron a aparecer poco antes de Yak Kharka. Lentos, densos, enormes, moviéndose como si la montaña fuera su casa y nosotros simples visitantes. Había algo tranquilizador en verlos: marcaban un ritmo que no tenía urgencia, un tempo que parecía propio del Himalaya.
Llegué a Yak Kharka cerca del mediodía. El pueblo era apenas un conjunto de edificios bajos, pero la luz que caía sobre el valle lo hacía ver más amplio de lo que realmente era. No me detuve. Seguí directo hacia Ledar.
Ledar me recibió con un sol potente y un aire que ya empezaba a sentirse diferente: más seco, más delgado. La guesthouse era grande, con un comedor ruidoso y camas sorprendentemente cómodas. Lo primero que hice fue pedir una ducha. Pagada, por supuesto, pero a esas alturas una ducha caliente es una forma de felicidad que ni siquiera tratás de explicar. Cerré los ojos y sentí cómo el cuerpo volvía a entrar en sí mismo.
En el comedor me reencontré con la húngara, que había llegado un poco antes. También estaba la israelí, a la que logré ignorar con la precisión quirúrgica que la situación requería. Comer, saludar, esquivar. Un arte.
La comida fue excelente, simple pero bien hecha, y el calor del comedor me aflojó los músculos de una manera que el clima seco allá afuera no podía. A esa altura cada gesto de comodidad es un regalo literal.
Salí un rato a caminar por los alrededores antes del atardecer. Ledar no tiene mucho en sí mismo, pero el paisaje alrededor parecía anunciar el cambio de etapa: el terreno se hacía más áspero, más abierto, más vertical. Desde ahí empezaba el camino hacia Phedi, High Camp y el Thorong La. Todo lo que había vivido atrás era preparación. Lo que venía adelante era lo real.
Esa noche, al apagar la linterna, pensé en Nilham y en la invitación a Chitwan. Tihar. La fiesta de las luces. No sabía bien qué era, pero algo en esa invitación me había dejado con ganas de llegar. Sentí algo que hacía tiempo no sentía: tranquilidad pura. No euforia, no épica. Solo la certeza de que el cuerpo y la cabeza estaban exactamente donde tenían que estar para enfrentar la parte más alta del circuito.
Fue el día en el que no pasó nada.
Y, sin embargo, fue uno de los días más largos.
Dormí de maravilla en Ledar, en una habitación privada que por fin aislaba el frío como debía. Me desperté descansado, con una claridad mental que hacía días no sentía. El desayuno fue un festín: abundante, caliente, servido por dos chicas que trabajaban a destajo pero aun así encontraban tiempo para sonreír. El comedor estaba vacío; desayuné solo, sin ruido, sin conversación, sin más compañía que el vapor del té que se deshacía en la penumbra. No pensé en Nilham, no pensé en Tihar, no pensé en nada que no fuera lo inmediato: caminar.
Y así empezó el día: sin épica, sin expectativas, sin escenas memorables. Solo caminar.
El sendero hacia Thorong Phedi fue, quizás, el tramo más anodino de todo el circuito. No había vistas, no había contraste, no había una sola postal que justificara detenerse. La montaña era un continuo marrón, seco, sin intención de ofrecer belleza. Era un paisaje funcional, casi burocrático: simplemente estaba ahí para conectar un punto con otro.
El cerebro buscaba estímulos y no encontraba ninguno.
Y eso, a esa altura, desgasta más que la fatiga física.
El frío de la mañana no tardó en aflojar, pero jamás encontré un ritmo cómodo con el paisaje. Físicamente estaba perfecto, literalmente perfecto: ni dolores, ni falta de aire, ni señales de altura. Pero la cabeza iba por otro carril. La monotonía de la ruta me dejaba pensando en nada, una nada auténtica, sólida, sin matices. Una nada que no divaga: simplemente existe.
No hice ni una sola pausa. No las necesito en subidas empinadas; me funcionan mejor los pasos cortos y constantes, sin detenerme, sin cederle un centímetro al frío que entra apenas frenás. Caminé como una máquina regulada: sin acelerarme, sin aflojar, sin dramatizar.
Thorong Phedi apareció de golpe. No había nada para ver. Y eso no es una metáfora.
El lugar, a 4.540 metros, es uno de los menos inspiradores de todo el circuito: oscuro, hueco, sin alma. Un campamento funcional, sin encanto, sin esa calidez tibetana que aparece en otros puntos altos. Mi idea era parar a descansar, pero apenas entré supe que no tenía sentido. No había nada que me retuviera. Seguí caminando.
Y entonces vino el tramo más duro del día: el ascenso desde Thorong Phedi hasta el High Camp.
Una pared.
Una subida aburrida, empinada, interminable.
La montaña no ofrecía un solo punto de belleza para compensar el esfuerzo. Era pura pendiente, pura repetición, pura piedra. Es un tramo que prueba más la paciencia que las piernas.
Fui subiendo sin pausa, con ese ritmo constante que ya era ley. A mi alrededor se repetía la misma postal: gente que intentaba subir rápido, que me adelantaba como si estuvieran escapando de algo, y que dos minutos después estaba sentada en el borde del camino recuperando el aire, vencida por la altura y la ansiedad. Un ciclo tan predecible que ni siquiera generaba sorpresa.
Llegué al High Camp antes de lo previsto. Nunca imaginé encontrar tantas comodidades a casi 5.000 metros. Era un lugar grande, ruidoso, lleno de energía contenida. Porteadores durmiendo en el comedor, guías dando indicaciones, viajeros cambiado dinero, otros intentando conectarse a un WiFi inexistente. Pagué casi nada por una cama en un cuarto compartido: un lujo para esa altitud.
En el comedor me reencontré con la húngara, con quien almorcé sin apuros. Me crucé también con Britney, la estadounidense del Ice Lake, que seguía su camino en silencio. Y conocí a dos españoles, Pacho y Harry, que más adelante compartirían conmigo todo el circuito de Langtang y el Gosaikunda Lake. La montaña tiene esas coincidencias finas: gente que vuelve a aparecer justo antes de volverse parte del viaje.
Encargué el desayuno para llevar. No tenía ningún interés en desayunar a las cuatro de la mañana rodeado del malón internacional que come, habla y se organiza entre las 4 y las 5. No quería perder una hora que podría estar ganando en silencio, avanzando antes de la multitud.
La tarde cayó rápido. El frío entró con decisión. A esa altura el aire es seco, delgado, hostil. El refugio no daba abasto, pero todos tenían un lugar donde dormir: eso es ley en el High Camp. Nadie queda afuera. Nadie. Aunque sea en el piso, en el comedor o en la cocina, se duerme bajo techo. Los porteadores lo confirmaron mientras se acomodaban sobre mantas finas junto a la estufa apagada.
Me dormí rápido, cansado, sin resistencia. Pero a las dos de la mañana tuve que levantarme para mear. Ahí afuera, por dos minutos exactos, vi el mejor cielo de todo mi viaje. No lo fotografié. Ni siquiera pensé en hacerlo. Era un cielo tan intenso, tan lleno, tan cercano, que sentí que si me quedaba un minuto más perdería todo el calor corporal que me quedaba. Me metí de nuevo en la cama.
Faltaban dos horas para empezar a caminar hacia el Thorong La.
No pensé demasiado en lo que venía. No había emoción, ni nervios, ni épica construida.
Solo la conciencia tranquila de que estaba listo, de que el cuerpo respondía y la cabeza estaba en orden.
El paso sería largo, duro y frío. Punto.
Cerré los ojos.
El resto lo haría caminando.
No sé en qué momento empezó realmente el día. No fue cuando abrí los ojos ni cuando me puse las botas. El día empezó antes, mucho antes, cuando el High Camp todavía dormía y el mundo entero parecía sostenido por un silencio que no se repetía en ningún otro punto del circuito. Había algo distinto en esa mañana: una quietud densa, apretada, como si la montaña contuviera la respiración esperando a que alguien diera el primer paso.
El frío no sorprendía: imponía. No necesitaba viento para hacerse notar; se instalaba en los huesos como una presencia inevitable. Todo estaba detenido: las voces, las sombras, incluso la luz. Ése fue el verdadero comienzo del último día. No la hora. No la alarma.
La sensación exacta de que lo que venía no era una etapa más, sino el cierre de algo que había empezado a gestarse desde Manang.
Y recién entonces empecé a caminar.
El ascenso hacia el Thorong La se inclinaba con una constancia cruel, como si la montaña quisiera medir la disciplina más que la fuerza. Subía lento, deliberado, con un paso que ya conocía: el ritmo que no se negocia. Ese paso que no se acelera porque la altura te humilla, pero que tampoco se corta porque perder calor puede costar caro. Las manos estaban frías, sí, pero había conseguido un par de guantes usados la noche anterior. Un milagro de los que solo pasan a cinco mil metros.
Alrededor, la fila de caminantes avanzaba como un hilo de luz temblorosa. No había caos: solo una humanidad en miniatura tratando de abrirse camino hacia el punto más alto del circuito.
Cada tanto veía algún gesto de apuro, esa ansiedad inútil que la montaña se encarga de corregir sola. Dos minutos de heroísmo, cinco minutos de jadeo. La misma coreografía de siempre.
Yo seguía. Ni heroico ni derrotado. Solo avanzando.
A medida que subía, el cielo empezaba a tomar forma. Una claridad indirecta, azulada, que convertía la nieve en un mapa sin bordes. Era una luz que no pertenecía a ningún día anterior: parecía diseñada para ese tramo, para ese cruce, para ese final.
La llegada al Thorong La fue silenciosa.
El cartel, famoso y fotografiado hasta el cansancio, no tiene mérito propio. El mérito es llegar.
Cinco mil cuatrocientos dieciséis metros.
Sin drama.
Sin euforia exagerada.
Sin épica impostada.
Solo estar ahí.
Estuve cuarenta minutos, tal vez una hora. Me cambié la ropa húmeda, tomé un té caliente en el pequeño puesto instalado contra el viento y dejé que el cuerpo entendiera lo que había logrado. No me mareé, no tuve dolor de cabeza, no me fallaron las piernas. Fue un triunfo silencioso, real, del tipo que no necesita testigos.
Saqué fotos. Observé. Respiré lo que se podía respirar. Y cuando la multitud empezó a crecer, me fui.
La bajada hacia Muktinath fue larga, pero no pesada. El cuerpo sabía que estaba del lado bueno de la montaña. La hice con Tatiana, una rusa que venía sola porque sus amigas habían abandonado la travesía por mal de altura. Caminamos juntos hablando poco; a veces eso es suficiente. La pendiente era constante, la vista se abría hacia un valle ancho que fingía parecer cerca. Las rodillas aguantaron perfecto.
Almorzamos en Muktinath, un pueblo que parecía algo distinto a todo lo anterior. Más seco, más amplio, más tibetano que nepalí. Las calles estaban llenas pero no ruidosas. Fue un cierre suave para un descenso largo.
Lo que no fue suave, lo que no fue tibio ni amable, fue el bus a Pokhara.
Salió a las 13:00. Llegó casi a las 22:00. Nueve horas de curvas, polvo, frenadas y silencio resignado. Nueve horas de volver, literalmente, a otro mundo. El Annapurna quedaba atrás por primera vez desde que lo había empezado. No en una foto: en la realidad física del movimiento.
Sentado en ese asiento duro, con la espalda hecha cuerda y la cabeza recargada contra la ventana fría, sentí algo que no había sentido en todo el circuito:
la claridad absoluta de que el trekking había terminado.
El cuerpo estaba cansado.
La mente, tranquila.
El viaje, abierto.
Pokhara apareció en la oscuridad como una ciudad que no esperaba a nadie pero recibía a todos. Luces, motos, olor a comida caliente, un ruido que ya no molestaba.
Había cruzado el Thorong La.
Y aunque no hubiera fuegos artificiales, ni discursos, ni abrazos, el día había sido épico sin pedir permiso. Una épica seca, honesta, de esas que solo existen a casi cinco mil quinientos metros.
La clase de épica que se queda adentro. La que nadie te cuenta.
La que no se olvida.
Nunca supe muy bien por qué quise caminar el Himalaya desde adolescente. No era un sueño claramente formulado, tampoco una obsesión. Era una imagen difusa: montañas gigantes, aire frío, un camino largo donde uno pudiera ir probando de qué estaba hecho. De chico parecía una fantasía ajena, algo para otros, para gente con equipos caros, o con vidas más ordenadas, o con valentías distintas. Yo solo sabía que, de alcanzarlo alguna vez, sería un punto marcado en la vida.
Tardé décadas en llegar. Décadas en las que viajé, trabajé, cambié de país, esperé, me frustré, volví a empezar. Y cuando por fin entré al circuito del Annapurna, no lo hice con la épica adolescente del que va a conquistar algo, sino con la curiosidad tranquila de un tipo de cuarenta años que quiere ver si todavía puede sorprenderse. Si todavía puede sentir algo nuevo. Si el cuerpo y la cabeza siguen alineados después de tantos años de rodar por el mundo.
Ya desde Besishahar y Ngadi —entre barro, calor, arrozales, y esos primeros días donde uno todavía no entiende la magnitud del Himalaya— empecé a sentir que algo grande se estaba armando, aunque no pudiera nombrarlo. Esa base humilde, casi anodina, fue la plataforma de todo lo que vino después.
Y el Himalaya respondió.
Respondió en Ghyaru, con esa primera pared de belleza absurda.
Respondió en Manang, donde todo se aquieta para dejarte escuchar la altura.
Respondió en Ice Lake, la pureza total, donde me di cuenta de que todavía tengo asombro.
Respondió en Tilicho, no por el lago en sí, sino por el contexto: caminar casi a cinco mil metros sin perder el eje, sin perderme a mí.
Respondió también en los días que no pasaba nada: esos tramos vacíos, largos, aburridos, donde solo quedaba avanzar con la cabeza limpia.
Respondió en la familia nepalí-australiana, en Maya limpiándome una herida como si me conociera de antes, en Anika y Aarav subiendo la montaña como si fuera su patio de recreo.
Respondió en Nilham, en una invitación inesperada que terminó siendo el vínculo más humano de todo mi paso por Nepal.
Y respondió, sobre todo, en la constancia: en descubrir que puedo caminar despacio, sin pausa, sin necesitar demostrar nada, pero sabiendo que cada metro lo gano yo.
Cruzar el Thorong La no fue un triunfo.
No fue un renacimiento.
No fue una epifanía.
Fue una confirmación.
Una forma silenciosa de decirme que la energía sigue ahí.
Que la curiosidad sigue viva.
Que el viaje de casi cinco años todavía tiene impulso.
Que la montaña no me expulsó.
Que no estaba jugando a ser algo que no soy.
Que podía estar solo en el Himalaya y sentirme, simplemente, en mi lugar.
Desde arriba del paso, con el viento helado en la cara y el amanecer encendido contra la nieve, entendí que no había ido a buscar respuestas. Había ido a buscar coincidencias: entre el sueño que tuve de chico y el hombre que soy ahora. Entre lo que pensé que podía ser y lo que realmente pude hacer. Entre la idea del Himalaya y el Himalaya real.
Y ahí, en ese cruce exacto, en ese punto improbable entre la fantasía pasada y la realidad presente, descubrí algo simple:
todavía puedo seguir.
Todavía tengo cuerda, hambre, ritmo, sorpresa.
Todavía puedo moverme con el mundo en vez de mirarlo desde lejos.
La montaña no cambió mi vida.
Pero me devolvió una certeza que no sabía que había perdido:
la de que estoy exactamente donde tengo que estar cuando camino.
El Annapurna no fue un capítulo más.
Fue un recordatorio.
El más silencioso y el más contundente.
Y mientras bajaba hacia Muktinath, después de haber tocado el punto más alto del camino, entendí que no había terminado nada.
Había empezado otra cosa.
Lo demás —lo que venga después— será distinto.
Porque ahora sé que los sueños que parecían utópicos de adolescente pueden cumplirse a los cuarenta.
Y que, si pudo ser este, puede ser cualquiera.
Samu lloraba sin hacer ruido.
Estábamos sentados afuera de la casa, bajo un cielo tan negro que parecía haber absorbido toda la luz del pueblo. Las cigarras hacían su trabajo mecánico. Yo no sabía qué hacer con las manos.
Me había contado todo en diez minutos: su marido muerto, su suegro muerto, su hijo muerto. Todos del mismo cáncer. Todos en secuencia, como si la enfermedad tuviera un plan. Y ahora Nilham, su hija de veinte años, diagnosticada.
No lloró como se llora en las películas. Lloró como llora alguien que ya gastó todas las lágrimas importantes y solo le quedan las de mantenimiento.
Yo solo dije algo inútil en inglés.
Pero ella me agarró la mano —una mano pequeña, áspera, quemada por el sol y el trabajo— y me dijo algo que todavía me persigue:
"Mi casa estaba triste. Desde que llegaste, respira un poco más."
No supe qué responder. Nunca supe.
Porque había viajado miles de kilómetros para caminar montañas, y ahora estaba sentado en la selva nepalesa siendo la alegría accidental de una mujer que había perdido todo lo que se puede perder.
Y lo peor: en tres días me iría.
Y esa alegría se iría conmigo.
El viaje desde Pokhara fue extrañamente corto.
Casi amable, como si el camino hubiera entendido que ese día no podía empezar con desgaste. Bajé en Bharatpur, tomé un colectivo oxidado que parecía sostenido por rezos más que por mecánica, y cuando llegué a Meghauli ahí estaba Nilham esperándome.
Un té, una sonrisa tímida, y la frase que marcaría todo:
"Vamos a casa. Te están esperando."
No lo podía creer. Iba a dormir en la selva nepalesa.
Venía preparado para un pueblo grande, caótico, húmedo y ruidoso. Encontré lo contrario: calles de tierra, árboles enormes que parecían custodios, casas abiertas —literalmente abiertas, sin cerraduras— como si la idea misma de cerrar algo fuera una ofensa.
Y algo más, algo que se sentía en el aire: todos en Meghauli eran familia, incluso los que no compartían sangre.
La casa de Samu era de material: sólida, honesta, con techos de chapa y un comedor amplio donde me armaron una cama. No era lujo. Era cuidado. Ese tipo de cuidado que desarma.
Me recibió Somu, la madre de Nilham; Punam, a quien Nilham consideraba su hermana; y las dos niñas, Sambi y Saina, dos incendios de risa que dejaban cenizas de juguetes por toda la casa.
No me trataron como visita.
Me trataron como si hubiera vuelto después de una larga ausencia.
Y yo, que había pasado meses viajando solo, sintiendo esa libertad hermosa y terrible de no pertenecer a nadie, de pronto pertenecía.
La hospitalidad era tan natural que a veces me incomodaba de pura generosidad.
No me dejaban pagar nada. Me servían comida a toda hora. Me hablaban como si me conocieran de siempre. Y sin embargo, en pocos días yo también fui ganándome un lugar: con las niñas, con Samu, con Punam, con los vecinos que entraban sin golpear.
Uno de ellos —llamémosle Ramesh— hablaba inglés perfecto porque había trabajado en construcción en Bucarest. Me presentó a su familia. En ese pueblo nadie era extraño: las puertas estaban siempre abiertas, todos compartían: la leche del búfalo, las cabras, los cerdos, las verduras, el arroz.
La economía era simple, circular, comunitaria. Una red sin huecos.
Me contaron que pertenecían a la etnia Tharu, pueblos del Terai, con raíces que ellos vinculan a antiguas migraciones del norte asiático. No sé cuánto hay de mito o de historia, pero lo que importa es cómo viven hoy: con una identidad fuerte, humilde, generosa, resistente.
La primera tarde salí a caminar con Nilham. Saludaba a todo el mundo. Y todos me miraban con esa mezcla de curiosidad y cariño que se reserva para alguien presentado como "parte de la familia".
Esa noche cenamos juntos. Apareció el tío, conversamos sobre su hijo en el ejército y sobre la llegada inminente de su nieto. En ese momento entró su nuera, la panza avanzando un metro delante del cuerpo.
Todo era vida, movimiento, continuidad.
Yo era un turista. Ellos vivían.
Me acosté jugando con las niñas… y ahí entendí algo: no podían dormir si Samu no estaba en la habitación. Recién cuando ella entraba, cuando se sentaba en la cama, los ojos se cerraban.
Esos lazos, esa dependencia afectiva tan directa, tan inocente y tan profunda, me dejaron pensando mucho tiempo.
El segundo día empezó temprano.
Me levanté y acompañé a Samu en su caminata de las 5 a.m. Ella lo hacía cada día, como un ritual. La gente que salía rumbo al trabajo la saludaba y preguntaba quién era yo.
Ella respondía en nepalí, y yo, sin entender, sonreía.
Más tarde me traduciría, riéndose: "Dije que sos mi guardaespaldas personal."
Caminamos en silencio durante una hora. No hacía falta hablar. El pueblo hablaba por nosotros: el búfalo atado bajo el árbol, las cabras moviéndose en manada, el arroz creciendo hasta donde la vista se curvea, los bananos verdes y violentos como columnas de selva.
Todo estaba repartido. Todo era de todos.
Fue ese mismo día cuando las celebraciones del Tihar empezaron a desplegarse como una obra coral.
Fuimos en moto a visitar a familiares. Conocí, en horas, más gente que en dos meses de viaje. Enfermeros que vivían en Australia, un chef que volvía solo para el festival, primos, tíos, vecinos. Gente que regresaba al pueblo solo para esos días, como si Tihar fuera una brújula emocional que siempre apunta a casa.
Ese día vi a los perros pintados.
No era decoración. Era el Kukur Tihar: el día en que se honra a los perros por su lealtad. Tikas rojas, amarillas, naranjas. Collares de flores de caléndula. Parecían criaturas mitológicas caminando por la tierra.
Le pregunté a Nilham por qué honrar a los perros.
Su respuesta fue simple y devastadora: "Porque no te abandonan."
Miré a Samu. Pensé en su marido muerto, su hijo muerto, su suegro muerto.
Pensé en Nilham, diagnosticada.
Pensé en la lealtad que importa.
Más tarde vi vacas adornadas: Gai Tihar. No me tocó ver el Kaag Tihar, dedicado a los cuervos, pero sabía que existía.
Cada gesto tenía un significado. Cada animal un rol. Cada día una intención.
Por la noche salimos a ver danzas. En la plaza del pueblo había un juego de apuestas popular, con figuras y dados. Medio pueblo tirando monedas en una especie de ruleta artesanal.
No me interesaba jugar, pero era fascinante observar.
"Esto solo se hace en Tihar", me dijo Nilham.
Esa noche Samu estaba extraña: callada, triste, con la mirada hundida.
La acompañé a casa, nos sentamos afuera, en silencio.
Y ahí, sin buscarlo, sin pedirlo, sin forzarlo, me contó su historia.
No pregunté nada después de que terminó de hablar.
No indagué.
Solo la abracé.
No sé qué me conmovió más: si su fuerza, su dolor o su forma de decir que mi presencia había traído alegría a una casa que llevaba mucho tiempo sin ella.
No me gusta la sensiblería. No busco dramatizar nada.
Pero esa noche fue dura. Dura y hermosa al mismo tiempo.
Nunca imaginé poder darle algo tan simple y tan necesario a alguien que había perdido casi todo.
Y nunca imaginé el pánico que vendría después: la certeza de que en pocos días me iría, y esa alegría se iría conmigo.
Al día siguiente fui con Nilham a Sauraha, la zona turística de Chitwan.
Vimos elefantes, lagos, y también cosas que me molestaron: tigres encerrados en espacios minúsculos para entretener turistas. No me gustó nada. Preferí no quedarme mucho tiempo.
Volvimos para ayudar con el arreglado del rangoli —dibujos hechos con polvos de colores frente a la entrada de las casas— que en Tihar se encienden con velas.
De noche, cada casa parecía un pequeño templo de luz.
El siguiente amanecer volví a caminar con Samu. Más preguntas sobre mí, más bromas, más sonrisas.
Dos días después volví a pedalear con Nilham por los alrededores. Fuimos hasta el río, vimos cocodrilos moviéndose como sombras líquidas, y la vida del pueblo desplegándose a cada costado.
Y entonces llegó la noche más inesperada.
Un colectivo desvencijado frenó frente a la casa y bajaron cuarenta personas, músicos incluidos.
Samu organizó sillas, la gente se sentó, los instrumentos empezaron a sonar.
Las mujeres bailaban, los hombres también, los chicos imitaban los pasos, las voces se mezclaban, y toda la aldea —literalmente toda— estaba ahí.
Yo estaba incrédulo, viendo cómo la música convertía una casa en el epicentro del mundo.
Ese grupo iba casa por casa llevando música y alegría a cambio de una donación. Una tradición viva, potente, contagiosa.
Después de una hora se fueron a la siguiente.
Y así de casa en casa, como una caravana de alegría itinerante que solo existía durante Tihar.
Cuando el último músico desapareció, el silencio que quedó era distinto.
Como si el pueblo se hubiera recordado a sí mismo que todavía estaba vivo.
El último día fue el Bhai Tika, uno de los rituales más emotivos de Tihar: la celebración entre hermanos.
A la mañana ayudé a Samu a cortar flores naranjas.
Caminamos hasta la plantación donde las pesaban y cobraban con una honestidad que en Occidente sería ciencia ficción. Punam y el mayor de la familia armaron los collares. Cocinaron un festín.
Samu se fue al hogar de su madre, yo me quedé con la familia, recibí mi tika, mis collares, mis regalos.
Me dieron un gorro nepalí, chocolates que compartí con las niñas.
Nunca me sentí tan aceptado, tan incluido, tan parte.
Ahí entendí que el viaje por Nepal nunca había sido sobre montañas.
Era sobre llegar a ese punto exacto.
Esa última noche hablé con Nilham.
No quería hablar de la enfermedad, pero me dijo lo justo, lo necesario.
Nunca vi tantas ganas de vivir en alguien de veinte años.
Una fuerza enorme, silenciosa, decidida.
No dijo mucho. No hacía falta.
Pero en su forma de hablar había una decisión: Nilham había decidido vivir.
No sobrevivir. Vivir.
Y yo, que creía saber algo sobre la vida después de meses de viaje, no sabía nada comparado con eso.
Más tarde llegó el hermano de Samu con dos cervezas heladas.
"Para despedirte", me dijo.
Casi se ofende cuando intenté pagarlas.
Terminamos riéndonos tres horas, sin hablar de nada importante, dejando que la noche hiciera su trabajo.
Al amanecer salí a dar una última vuelta en bicicleta.
Ya había ese dolor dulce de las despedidas. Ese que nombra el Indio Solari.
Volví, desayuné, y la familia entera se reunió para despedirme.
Me llevaron en moto a la parada del bus.
Samu apareció en el último segundo, levantando la mano con lágrimas en los ojos.
No pude despedirme bien.
El bus arrancó.
Nilham me acompañó un tramo del viaje: también tenía días libres y quería ir de trekking.
Nos despedimos en un cruce de caminos, simple, sin vueltas.
"Gracias por venir."
"Gracias por invitarme."
Dos frases vacías que contenían todo.
Han pasado meses.
A veces pienso en Meghauli de madrugada, cuando el mundo todavía no arrancó y todo es posible. Pienso en Samu caminando a las cinco de la mañana, saludando a los mismos vecinos, haciendo el mismo ritual que la mantiene en pie. Pienso en las niñas durmiendo solo cuando ella entra a la habitación. Pienso en Nilham con esa fuerza silenciosa, enorme, decidida.
Nunca vi tantas ganas de vivir juntas en un solo cuerpo.
Eso es lo que me quedó de ella: no el diagnóstico, no el miedo, no la fragilidad.
Sino esa decisión brutal de vivir mientras se pueda.
Hay una parte de mí que se quedó ahí: sentada afuera de la casa con Samu, escuchando las cigarras, sosteniendo una mano áspera que había perdido todo y que todavía encontraba fuerzas para decir que mi presencia había traído alegría.
Y hay otra parte de mí —la que sigue viajando, la que sigue buscando montañas— que sabe que ese momento fue más importante que cualquier cumbre.
Porque las montañas te devuelven el silencio.
Pero Meghauli me devolvió algo distinto: la certeza de que importo.
De que mi presencia —frágil, temporal, accidental— puede cambiar algo en la vida de alguien.
Y eso es hermoso.
Y es aterrador.
Porque significa que cuando me voy, dejo algo que debería quedarme. Y me llevo algo que no debería llevarme.
No sé si volveré a Meghauli.
No sé cuándo.
Pero sí sé esto:
Ellos me enseñaron que la vida no se mide en años. Se mide en presencia. En rituales que se repiten cada mañana. En cervezas heladas que se comparten sin pedir nada a cambio. En música que va de casa en casa recordándole al pueblo que todavía está vivo.
En la forma en que una familia abre la puerta como si volvieras después de una larga ausencia.
Se quedaron con algo mío, y yo con mucho de ellos.
Siempre les deseo lo mejor.
Siempre vuelvo, aunque sea en la memoria.
Y si algún día vuelvo de verdad, no será para despedirme otra vez.
Será para sentarme con Samu a las cinco de la mañana, caminar el pueblo en silencio, y dejar que el ritual me enseñe de nuevo lo que ya aprendí:
Que hay lugares que se visitan.
Y hay lugares —y personas— que te visitan para siempre.
Meghauli es de los segundos.
No duele.
Es otra cosa.
Es gratitud con peso.
Es pertenencia que no se borra.
Es la certeza de que algo cambió en mí, y que ese cambio tiene nombre, tiene rostros, tiene tierra bajo las uñas.
Y eso no se va.
Aunque me vaya.
Partí desde Pokhara en un viaje interminable bajo la lluvia, por una de las rutas más peligrosas y transitadas del país. Colectivos que frenan sin aviso, curvas que parecen dibujadas para borrar vehículos del mapa, barro, derrumbes, camiones que avanzan como bestias cansadas. Ese trayecto, más que un traslado, fue una antesala: un recordatorio de que en Nepal el movimiento siempre tiene un costo.
Katmandú siempre estuvo ahí, en una especie de nebulosa cultural que conocí mucho antes de pisarla.
No por documentales, ni por libros de viaje, ni por mapas: por canciones.
Por Pappo nombrándola con esa mezcla de devoción y distancia, por Fito trazándola como un faro perdido en el mundo, por Skay y ese misticismo oscuro que convertía a la ciudad en un símbolo.
Katmandú era mito, era palabra. Era parte de esa ruta del opio que alguna vez encendió la imaginación de medio planeta; punto final o punto de fuga, según quién la contara.
Después del Annapurna, con el cuerpo todavía vibrando y la mente buscando un nuevo norte, Katmandú era más que un destino: era un descanso envuelto en leyenda. La capital que prometía ruido, templos, historia, y la posibilidad —necesaria— de decidir hacia dónde seguir.
Me recibió el desorden absoluto: bocinas sin tregua, motos que rozan los tobillos, colectivos destartalados que no avanzan sino que sobreviven.
El tráfico en Katmandú no fluye: se arrastra, se traba, se reinicia, se resigna. Cada desplazamiento es una apuesta, y moverse de Thamel a cualquier otro punto puede tomar una eternidad. Nadie está apurado… excepto vos.
Mi hostal era barato, rudimentario, casi vacío. Un edificio con habitaciones que olían a humedad vieja y un silencio que no coincidía con la ciudad rugiendo afuera. No conocí muchos viajeros: quizás porque no los había, quizás porque la ciudad los devoraba antes de que volvieran al alojamiento.
A metros de la puerta había un restaurante familiar donde preparaban todos los platos típicos nepaleses con una honestidad que desarmaba prejuicios. Nepal no es famoso por su gastronomía, pero cuando el dal bhat llega humeante —arroz, lentejas, verduras, un curry tímido pero persistente— entendés por qué los porteadores suben montañas enteras con solo eso. Los momos eran sencillos pero nobles; el chow mein, inevitable; el thukpa, un abrazo caliente en días fríos.
Y al otro lado, mi verdadero hallazgo: el mejor café del país. Un local mínimo donde por menos de un euro servían un capuccino gigante, cremoso, perfecto, acompañado por unas monedas más con un croissant nepalí que no ganaría concursos en París, pero cumplía con dignidad.
Desde las 7:30 hasta las 11 de la mañana ese café se volvió mi oficina: capuccino, cuaderno, escritura.
Producía más texto ahí que en semanas enteras de viaje. Katmandú, sin proponérselo, me dio espacio mental.
En esos primeros días caminé la ciudad sin urgencia. Vi templos históricos desde afuera —no por desinterés, sino por presupuesto. Las entradas para extranjeros eran altísimas. Prefería observar la vida alrededor, que al final siempre dice más que cualquier escultura.
La historia de Katmandú está en el polvo del suelo, en el incienso que sale de cada esquina, en esa convivencia entre lo hindú y lo budista que no necesita explicarse. Es una ciudad que atravesó reinos, terremotos, imperios, contraculturas y migraciones. Una ciudad que alguna vez estuvo en el centro del mapa del deseo: cuando la ruta hippie cruzaba Oriente Medio y terminaba en estos callejones cargados de humo, libertad y, sí, opio. Ese pasado decadente-luminoso todavía vibra en Thamel.
Mientras tanto, yo buscaba rumbo. Everest Base Camp era un caos de turistas. Los Tres Pasos, demasiado caros. Gokyo, lo mismo. Y entonces surgió una alternativa más austera, menos promocionada: Langtang y el lago Gosaikunda. No sabía todavía que sería una de las mejores decisiones del viaje. Eso sería para otro capítulo.
Volví a Katmandú después de ese trekking, con piernas más fuertes y la cabeza más ligera. Fue en ese segundo regreso cuando visité el Bagmati, el crematorio de Pashupatinath.
No estaba preparado. Las piras ardían en secuencia, cada una con su propio duelo. El humo ascendía lento, mezclándose con el murmullo del río que arrastra cenizas, flores y despedidas.
No hay metáforas posibles para ese lugar: es literalidad pura. Vida y muerte expuestas al aire, sin sombra donde esconderse. Observé a distancia, con respeto, con incomodidad y con una extraña calma. Fue una antesala de lo que viviría en Varanasi semanas después.
En Katmandú apenas lo intuía. En India lo entendería.
La ciudad nunca me sedujo por completo. Nunca me atrapó. Pero me dio lo que necesitaba: pausa, perspectiva, historia, caminatas sin rumbo, y un punto desde donde todo podía comenzar de nuevo.
Katmandú fue un puente. Entre trekkings, entre estados mentales, entre versiones de mí mismo. No pedía más. No ofrecía menos.
Katmandú amanecía como siempre: desordenada, impasible, indiferente a tus planes.
Yo ya había decidido. O mejor dicho: había renunciado a otras decisiones. Los Tres Pasos eran demasiado caros; Gokyo, hermoso pero prohibitivo; Everest, un desfile turístico interminable donde caminar se parecía más a hacer fila que a buscar montañas.
Langtang apareció como alternativa y terminó siendo destino.
Los permisos eran los mismos, el precio menor, la promesa más salvaje. Y algo más, algo que no dije en voz alta pero que pesaba: Langtang era cultura tibetana sin cruzar la frontera. Era Sherpa en algunos rincones, Tamang en otros, y esa mezcla fascinante de identidades que sobreviven a las divisiones políticas y a las cordilleras. Era estar cerca del Tíbet sin necesitar visa. Era seguir recorriendo los Himalayas pero desde otro ángulo, otra piel, otra historia.
Y sobre todo: dos españoles que había conocido en el High Camp del Annapurna me habían hablado del valle como quien confiesa un secreto.
Entré en la oficina de turismo a confirmar mi elección. La sorpresa vino de regalo: Langtang se podía combinar con el Gosaikunda, con el mismo permiso, sin pagar nada extra. Un pasadizo inesperado entre dos mundos.
Compré pastillas potabilizadoras, desinfectantes y esas boludeces esenciales que no lucen épicas pero salvan días enteros. El trekking ya estaba escrito; yo solo tenía que caminarlo.
El bus a Syabrubesi salió temprano.
Un minibús cansado, incómodo para cualquiera que no llevara semanas viajando. Para mí era un lujo. El camino fue la típica tortura nepalí: precipicios sin baranda, curvas que desafían la geometría, pozos tamaño cráter y ese vértigo que ya deja de ser adrenalina para transformarse en rutina.
Pero había algo distinto en el aire: las noticias sobre avalanchas en Annapurna y Everest habían obligado a muchos caminantes a buscar alternativas. El chofer me lo dijo con una calma extraña, casi divertida:
"Van todos para Langtang ahora."
Era mala señal para quien busca soledad. Pero no me importó. Soy fanático de las montañas, del Himalaya, de todo lo que eso implica: el frío que corta, el silencio que pesa, la altura que te recuerda que sos pequeño. Y si tenía que compartir el valle con otros caminantes, que así fuera. A veces los mejores caminos empiezan con una advertencia.
En el control de permisos bajamos todos. Yo entregué mis papeles, el oficial miró todo con desgano y me los devolvió sin interés.
Ese era el final de la civilización y el principio del valle.
Llegué a Syabrubesi por la tarde.
El bus escupió a los pocos viajeros que quedábamos y siguió su camino. Y ahí pasó algo raro: todos se fueron. Todos. Ni uno se quedó a dormir en el pueblo. El chofer me dijo, casi sorprendido:
"Hoy nadie quiere Syabrubesi, todos siguen unos kilómetros más para empezar a caminar mañana."
Eso me decidió.
Me dije a mí mismo que si todos ignoraban el pueblo, yo tenía que darle una oportunidad. Es la vieja intuición del viajero experimentado: cuando un lugar queda fuera del mapa turístico, suele guardar historia, risa, olor a arroz recién hervido, conversaciones que no están ensayadas.
Y acerté.
Dejé la mochila en una habitación barata, sencilla pero suficiente, y salí a caminar Syabrubesi con la actitud que abre puertas: lento, atento, mostrando interés. Y cuando mostrás interés, en Nepal las paredes se disuelven.
Vi el puente colgante principal, oxidado pero firme, cruzando el río Trishuli como una vena tensa. Caminé hacia el templo pequeño que los locales mantienen para sus rituales diarios, un recinto humilde, casi escondido, donde el incienso superaba al cemento.
Bajé hasta la orilla del río. Los búfalos se hundían en el agua como piedras vivas. Los niños tiraban rocas sin destino. Las mujeres lavaban ropa a golpes secos, tambores de río que marcaban el pulso del pueblo.
También pasé por las casas de té más antiguas, todavía afectadas por el terremoto del 2015, con paredes remendadas, ventanas torcidas y esa dignidad callada que tienen los lugares que sobrevivieron demasiado.
Syabrubesi no era hermoso. Era real. Y eso alcanzaba.
Y en medio de ese paseo apareció lo verdaderamente importante.
Una mujer desde la puerta de una guesthouse me hizo un gesto para que me acercara. Así conocí a Palmu, a su marido Dorje y a su hija adolescente, Lhakpa.
No hubo formalidad. Me ofrecieron té como si ya supieran que me iba a quedar un buen rato.
Palmu era bajita, tibetana, con manos pequeñas y fuertes que se movían todo el tiempo mientras hablaba. Dorje tenía esa forma de sonreír sin abrir mucho la boca, como quien ya vio suficiente pero no perdió la amabilidad. Lhakpa hablaba un inglés tímido pero claro, y cada tanto traducía lo que sus padres decían con una mezcla de orgullo y fastidio adolescente.
Hablamos del día a día en el pueblo: de cómo Syabrubesi funciona como el centro logístico del valle, el lugar donde llega todo antes de subir a la montaña; de cómo, cuando termina la temporada, la mitad de la gente migra temporalmente a Katmandú o Pokhara; de la dureza del trabajo con mulas y porteadores; de lo fácil que es que un derrumbe deje aislado a un pueblo entero por días.
No lo contaban con pena, sino como quien repite un conocimiento antiguo, asumido.
Y entonces Palmu empezó a hablar del Tíbet.
Me contó —con Lhakpa traduciendo— que su familia venía del otro lado de la frontera. Que muchas familias de Langtang tenían esa historia: migración, división, fronteras que cortaron pueblos en dos. Que la cultura tibetana en el valle no era un detalle turístico, sino la memoria viva de una separación política que nunca pudo separar del todo las costumbres, la lengua, los rituales.
"Acá somos nepalíes", dijo Dorje, "pero nuestros abuelos eran tibetanos. Y nosotros también, un poco."
No lo decía con nostalgia. Lo decía con esa claridad que tienen las identidades que no necesitan papeles para existir.
Pensé en eso mientras tomaba el té. En cómo las montañas dividen países pero no personas. En cómo el Himalaya es una frontera política y al mismo tiempo un continuo cultural que ignora los mapas.
Syabrubesi, ese pueblo que nadie quería, me estaba enseñando algo antes de empezar a caminar: que el Langtang no era solo un valle. Era un territorio de identidades superpuestas, de historias que cruzan cordilleras, de culturas que sobreviven a pesar de las líneas dibujadas por gobiernos.
Jugué un rato con unos chicos en la calle.
"No hay mucho para hacer acá", me dijo Lhakpa, "pero siempre pasa alguien."
Y tenía razón. Syabrubesi es una bisagra: nada empieza ahí, pero todo pasa por ahí. Y quienes viven en bisagras suelen tener más historias que los que viven en destinos.
Mientras anochecía sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: alegría pura, simple, sin motivo.
Alegría de estar ahí, en ese pueblo ignorado, con esa familia que me había abierto la puerta sin preguntar nada. Alegría de saber que mañana empezaría a caminar, pero que hoy no tenía que moverme de ningún lado.
Volví a la habitación barata, me acosté en la cama dura, y escuché el río correr abajo como un animal enorme respirando.
Había llegado al punto de partida del Langtang.
Pero todavía no había empezado a caminar.
Y sin embargo, algo en mí ya había empezado a moverse.
Syabrubesi, ese pueblo que nadie quiere, fue mi primer recordatorio del viaje: a veces el camino empieza donde los demás no miran.
Y a veces, antes de subir a la montaña, hay que entender quiénes la habitan.
Mañana caminaría.
Pero hoy había aprendido algo más importante: que el Langtang no era solo un trekking.
Era una entrada al Tíbet sin cruzar la frontera.
Era cultura Sherpa, Tamang, tibetana, mezclada en un valle que los mapas dividen pero la vida conecta.
Y yo, que buscaba montañas, había encontrado algo más: personas que viven entre dos mundos y no necesitan elegir ninguno para ser completas.
El valle empezaba antes del valle.
Empezaba con Palmu, Dorje, Lhakpa.
Empezaba con un té ofrecido sin razón.
Empezaba con la historia de una frontera que nunca terminó de separar lo que no se puede separar.
Y yo, sin saberlo, ya estaba adentro.
El día empezó antes del sol. Syabrubesi seguía empapado por las lluvias fuera de temporada y tenía ese olor a madera mojada que se adhiere a la ropa sin pedir permiso. Pasé por la casa de Palmu y Dorje porque no quería irme como si nada. La puerta estaba abierta, igual que siempre. Palmu calentaba té, Dorje acomodaba algo en el patio y Lhakpa aparecía de a poco, todavía con sueño. No hubo frases importantes ni gestos especiales, pero había una claridad simple en esa escena: la forma en que te miran cuando entienden que te vas y no hace falta explicarlo. Nos despedimos así, con esa naturalidad tibia que tienen los lugares que no conocen el apuro.
Desayuné fuerte y salí a caminar. Todavía podía usar pantalón corto sin problema; la altura no exigía nada y el cuerpo estaba impecable. Lo único imponente era el ruido: el valle no murmuraba, bramaba. El río venía tan hinchado que parecía impaciente; las cascadas caían por todas partes como golpes secos y constantes. El sonido se volvía pared. Había que aceptarlo para seguir.
El sendero arrancó sin encanto. Bosque oscuro, denso, cerrado. Una especie de túnel vegetal donde no entraba el sol en todo el día. No había vistas ni silencios ni animales. Nada. Solo humedad que se acumulaba como una película sobre la piel. No era un tramo para disfrutar; era un tramo para avanzar, uno de esos días donde caminar no tiene recompensa visual y aun así hay que hacerlo.
Pasé por Tiwari, Doman, Pairo, Bamboo. Más que pueblos eran interrupciones del bosque: dos casas, un banco, una tetera, humo saliendo por un hueco en la chapa. Me impresiona la gente que habita ahí, esperando que empiece la temporada para que el valle vuelva a moverse. Todo depende del paso del caminante: el dinero, la comida, la continuidad. Esa fragilidad sostenida por voluntad y repetición siempre dice más que la postal bonita.
Lo que más abundaba en el camino eran porteadores. Docenas. Subiendo con treinta kilos en la frente como si fuera lo más natural del mundo. No imitaban el esfuerzo: lo absorbían. Me senté a descansar con uno de ellos y charlamos diez minutos. Tenía un hospedaje en Thangshyap con su mujer, trabajaban sin parar en temporada y después bajaban. Nada romántico, nada heroico: supervivencia práctica, limpia, sin pretensión. Y es imposible no notar la desigualdad cuando aparece la otra escena: turistas tratándolos con desdén, hablando desde una superioridad que no tiene sustento. No hace falta nombrar nacionalidades; la actitud se reconoce al instante y te revuelve el estómago.
Llegué a Lama Hotel a las 11:30. Almorcé unas pastas que no tenían gusto a nada y seguí. Me sobraba energía y Ghoda Tabela parecía un objetivo lógico. No sabía que el último tramo iba a ser una mezcla de humedad pegajosa y subida continua. Era cansancio acumulado, no épico: cada paso dolía un poco más que el anterior sin ser trágico. Simplemente agotador.
En Ghoda Tabela pregunté por habitación en los dos lugares posibles. Los dos completos. La frustración apareció así, sin anuncios: no por el esfuerzo, sino por la idea de tener que seguir caminando cuando lo único que querías era quedarte quieto. Pero no había opción. Seguí.
Avancé lento, sin motivación, sin ritmo, solo por obligación física. Y al final llegué a la guesthouse del porteador con el que había hablado horas antes. Ahí estaban él y su mujer, un lugar simple como todos: paredes de madera apenas rectas, olor a humo, cocina que siempre parece estar encendida, una mesa grande en el medio, camas duras que igual se agradecen.
En el comedor estaba Pacho, el español del High Camp del Annapurna. Su amigo ya había regresado a España y él hacía el Langtang solo. No caminábamos juntos, pero coincidíamos. En montaña eso pasa y se siente natural, como una especie de compañía no declarada.
La mujer del hospedaje cocinaba bien. A la tarde me senté a ayudarla a limpiar ajos y ahí empezó la conversación. Sin pausa y sin dramatismo me contó su vida: cómo habitaban ahí arriba mientras duraba la temporada, cómo bajaban a un pueblo cercano cuando el valle se quedaba vacío, cómo sus hijos estudiaban en Katmandú. Lo decía como si fuera una rutina simple, pero mientras hablaba uno entiende que nada de esa vida es simple. Es digna, es concreta, es real. Y eso pesa.
Cenamos los tres: el australiano mayor, Pacho y yo. Spaghetti. Té caliente. Conversación mínima. Nada extraordinario, pero tenía algo que se agradece siempre en montaña: reposo.
Me acosté cansado, sin reflexiones ni sensaciones destacables. No todos los días sirven para entender algo; algunos solo sirven para avanzar. Y este fue exactamente eso: el día necesario, el puente, el tramo que te desgasta un poco pero que también te mete de lleno en el ritmo del valle.
Mañana el paisaje iba a empezar a cambiar.
Hoy tocaba caminar.
Y llegar.
Nada más.
Arranqué temprano, como siempre, alrededor de las siete. Había dormido bien, mejor de lo esperado para la altura, y el cuerpo estaba entero: cansancio normal, pero nada que frenara. El clima acompañaba; nublado al principio, fresco, sin viento. Una mañana que no imponía nada, pero dejaba avanzar.
Los primeros tramos fueron parecidos al día anterior: bosque denso, humedad que no aflojaba, el río avanzando como una máquina vieja que nunca descansa. Caminé en silencio, sin pensar demasiado, dejando que el cuerpo hiciera lo suyo. Poncho arrancó antes; él siempre iba más rápido y después frenaba a comer a media mañana. Yo prefería seguir: paso constante, pocas paradas, fotos cuando había algo que valía la pena. Nos cruzábamos, nos saludábamos, y cada cual seguía su ritmo. Eso también es viajar: compartir sin invadir.
Pasé por Chyamki y Gumba casi sin detenerme. Eran pueblos breves, puestos de paso, lugares donde la vida parece suspendida hasta que llega la temporada. Lo único constante eran los porteadores: más que caminantes, ese día parecía una autopista humana de hombres cargando treinta kilos sobre la espalda. Algunos bajaban, otros subían, todos con esa mezcla de resignación y oficio. Uno, sentado al costado del camino, me saludó con la cabeza. Me acerqué. Diez minutos de charla, lo justo. Vivía en Thangshyap; me contó que la mayoría de los negocios de la ruta se sostienen gracias a ellos, que el trabajo nunca se detiene. En su mirada había cansancio, pero no derrota. Y ahí sentí otra vez lo mismo que el día anterior: muchos turistas no ven personas, ven servicio. El desprecio es sutil, pero está. Y molesta. Mucho.
Langtang apareció más tarde, después de una curva larga. El valle empezó a abrirse un poco y la humedad bajó. El cambio fue gradual al principio, pero se notaba. Y después vino el golpe visual: las ruinas. El viejo Langtang, el que quedó debajo del alud del 2015, estaba ahí, silencioso. Paredes torcidas, piedras marcadas con nombres, banderas de oración deshilachadas, y un terreno que parecía respirar historia aunque ya no quedara nadie. Caminé despacio. No quería sacar fotos. Tampoco quería romantizar nada: solo estar ahí. El nuevo pueblo, más arriba, tenía otra energía. No alegría, pero sí vida. Gente trabajando, casas recientes, techos rectos, señales claras de reconstrucción hecha por manos cansadas. Pasé sin hablar, “namaste” y seguir. A veces no hace falta más.
El paisaje cambió en serio después de Mundu. El valle se abría con ganas y la montaña empezaba a mostrarse sin filtro: cumbres nevadas, aire más frío, menos árboles, más cielo. Ahí sentí algo que no había sentido en los días previos: el trekking empezaba de verdad. No es una frase poética, es la sensación real de entrar en otro mundo.
Llegué a Kyanjin Gompa más temprano de lo que pensaba. La altura se sentía, sí, pero no molestaba. Había aclimatado bien en el Annapurna y eso jugó a favor. El pueblo aparecía limpio, amplio, rodeado de montañas perfectas como si alguien las hubiera puesto ahí a propósito. El glaciar al fondo, las puntas blancas golpeando fuerte, el silencio más seco y más claro.
Encontré hospedaje rápido. El dueño, un hombre amable, tranquilo, de esos que no hablan mucho hasta que se sientan. Por la tarde charlamos. Me contó del terremoto, de cómo todo se movía como si el valle respirara con violencia. Él había estado ahí; vive todo el año, no baja en invierno. Lo decía sin dramatismo, como quien sobrevivió sin convertirse en víctima. Ese tipo de historias no se analizan, se aceptan.
Cené con Poncho. Después de caminar por separado todo el día, compartir un plato caliente tenía otro sentido. Pasta, té, un frío que entraba cuando alguien abría la puerta. Hablamos poco. Cada uno estaba en lo suyo. A veces el cansancio ordena el silencio.
Al salir un segundo afuera antes de dormir, lo vi:
el valle abierto, enorme, la luna cortada por las montañas, un aire que dolía un poco al entrar.
Y pensé solo una cosa:
el Himalaya, desde acá, recién empieza.
Dormí entrecortado, como suele pasar en altura. No mal, pero tampoco profundo. A esa altura el cuerpo duerme cuando quiere, no cuando uno lo decide. Igual me levanté relativamente entero. Afuera seguía ese frío seco típico de Kyanjin Gompa: un pueblo que parece recién acomodado entre montañas descomunales, como si alguien lo hubiese dejado ahí apoyado con cuidado.
Salí temprano. No había ruido. Apenas un par de trekkers ajustando mochilas, alguno bostezando en la puerta de la guesthouse, y los perros que siempre parecen saber el camino mejor que uno. El aire era limpio y la luz empezaba a levantarse del valle. Poncho apareció un rato después, mate mediante, y arrancamos.
El plan era subir al Kyanjin Ri Superior. Era un desnivel grande, más de 1000 metros desde el pueblo, pero la idea no era correrlo ni competir contra nadie. Caminamos despacio. Cada tanto parábamos, no por cansancio sino porque el paisaje obligaba: glaciares quietos, sombras avanzando sobre las laderas y esa sensación de inmensidad que tiene Langtang incluso en los tramos más sencillos.
Los primeros metros tuvieron bastante gente. Algunos subían concentrados, otros demasiado confiados. Familias, grupos con guía, un par de trekkers solos como nosotros. Nadie hablaba mucho; la montaña suele ordenar el silencio. Hasta el Kyanjin Ri inferior lo llevé bien: roca firme, zigzags claros, esfuerzo parejo. Frenamos un rato para recuperar aire y ver el valle como corresponde. Desde ahí ya se veía el Superior, más arriba, más empinado, más técnico. Se veía posible.
Apenas encaramos el tramo hacia el Superior, el terreno cambió. No era nieve ni hielo: era barro. Barro acumulado en zonas donde uno espera suelo duro. No barro superficial, sino pegajoso, profundo, que se quedaba prendido a la suela y te dejaba el pie sin respuesta. Y encima inclinado.
Fueron unos 400 metros de recorrido así. No cuatro: cuatrocientos. Cada paso pedía atención total. Había gente dudando dónde pisar. Algunos directamente se dieron vuelta. Y tenía lógica: el terreno estaba realmente complicado.
Yo resbalé dos veces. Corto, sin golpearme, pero lo suficientemente claro como para que el cuerpo mande un mensaje. El barro no te daba reacción. Si perdías equilibrio en serio ahí, no era un resbalón de dos centímetros: te ibas varios metros abajo.
Seguimos un poco más por inercia y por testarudez. Hasta que el altímetro marcó lo que no quería ver: me faltaban 50 metros de desnivel para la cima. Nada. Un último esfuerzo. Lo típico que empuja por orgullo. Pero esos 50 metros estaban en condiciones que no tenían sentido. No era un desafío: era un riesgo mal calculado.
Vi a Poncho avanzar firme. Él se sentía cómodo y siguió. Perfecto: cada uno vive su propia montaña. Yo no. Decidí frenar ahí. No por miedo ni por flojera: por criterio. Por leer bien lo que tocaba ese día.
Me corrí a un costado para dejar pasar a otros. Me quedé un rato mirando el valle y respirando tranquilo. Volví solo hacia la base. No tardé mucho. A las once de la mañana ya estaba abajo, sentado al sol, con esa mezcla de cansancio leve y claridad mental que te dejan algunas decisiones bien tomadas.
A Poncho lo crucé después, cuando él bajó y nos encontramos para almorzar. Charlamos un poco del tramo, de la gente que seguía subiendo igual y de cómo había quedado el barro después del deshielo.
La tarde fue tranquila. Dal bhat, alguna charla con el dueño de la guesthouse sobre la reconstrucción del pueblo después del terremoto y una vuelta sin apuro por Kyanjin Gompa. Miré el glaciar desde abajo, miré las laderas que habíamos subido y me di cuenta de que no me quedaba ninguna frustración. No siempre completar un objetivo es lo que te define el día. A veces es haberlo encarado con honestidad, haber dado lo que correspondía y haber parado cuando había que parar.
No llegué a la cima, pero llegué hasta donde tenía sentido llegar. Y ese límite, lejos de restar, terminó de darle forma al día.
Volví por el mismo camino. Bajé todo lo que había subido, pasé por los mismos pueblos, crucé los mismos puentes, saludé a la misma gente. No pasó nada nuevo. Y no hace falta inventarlo.
Arranqué temprano, como siempre, solo. Pacho salió después; yo solía madrugar más y mantener un ritmo constante desde el inicio, sin muchas paradas, dejando que las piernas hicieran lo suyo sin interrumpir demasiado el flujo. Él prefería salir más tarde y después caminar más rápido, o frenar largo en algún punto a desayunar o descansar. Nos cruzábamos cada tanto durante el día, nos saludábamos, intercambiábamos algún comentario breve sobre el estado del sendero o el clima, y cada uno seguía su marcha. Esa forma de viajar en paralelo, sin pegarse ni alejarse del todo, tenía algo cómodo. Era compañía sin compromiso, presencia sin invasión.
El descenso fue largo pero automático. Las piernas ya conocían el terreno: esquivar piedras sueltas, frenar en las bajadas pronunciadas con pasos cortos, apoyar bien el pie en las zonas de barro que quedaban de las lluvias. Todo era repetición. Los mismos árboles, las mismas curvas, el mismo ruido del río acompañando desde abajo. Incluso los pueblos parecían idénticos al día que había subido: Langtang con sus ruinas calladas, Gumba con su aire de pausa obligada, Thangshyap con la guesthouse del porteador que ya conocía.
Cuando pasé por Thangshyap, decidí frenar un momento. Entré a la guesthouse donde había dormido en el camino de subida, la que llevaban el porteador y su mujer. Ella estaba en la cocina, como siempre, con las manos ocupadas preparando algo para los próximos huéspedes. Me vio llegar y sonrió con esa naturalidad simple que tienen las personas que no necesitan formalidades. Me ofreció té. Me senté un rato en la mesa grande del comedor, esa que siempre parece estar en el centro exacto de cualquier guesthouse de montaña.
No hablamos mucho. Ella me preguntó cómo había estado Kyanjin Gompa, si había hecho frío, si había subido al Kyanjin Ri. Le conté del barro, de haber frenado cerca de la cima, de los días tranquilos en el pueblo. Ella asintió, siguió cortando verduras mientras hablaba, me contó que la temporada estaba siendo buena este año, mejor que la anterior. Nada profundo, nada extraordinario. Solo esa charla cómoda que se tiene con alguien que ya te conoce un poco, que te vio pasar cansado días atrás y ahora te ve volver igual de cansado pero en dirección contraria.
Me quedé ahí media hora, tomando té despacio, dejando que las piernas descansaran. Después me despedí, le agradecí otra vez por la comida de días atrás, y seguí bajando.
Pasé otra vez por las casas de té donde había parado en el camino de subida. Las mismas caras me saludaban con esa cortesía mecánica que tienen cuando ven pasar a muchos trekkers en temporada. No había conexión especial; solo el gesto automático del "namaste" y seguir. Todo funcionaba como debía funcionar, pero sin chispa.
A mitad de camino, en un tramo donde el sendero se acerca bastante al río, vi algo distinto: monos tibetanos jugando al otro lado del agua. Eran varios, saltando entre las rocas con esa torpeza ágil que tienen los animales cuando no saben que los están mirando. Uno se quedó quieto un momento, observándome desde la otra orilla, y después siguió con lo suyo. Me detuve unos minutos a mirarlos. Fue lo único que rompió la rutina del día, la única imagen nueva en un recorrido que ya no tenía nada por descubrir.
Había mucho que no hacía un trekking ida y vuelta. Siempre busco circuitos, rutas que te devuelven por otro lado, senderos que te muestran algo distinto en cada tramo. Volver sobre tus pasos tiene algo profundamente frustrante: ya sabés lo que viene, ya viste ese árbol torcido, ya conocés esa piedra grande al costado del camino, ya contaste mentalmente cuántas curvas faltan para llegar al siguiente pueblo. El paisaje pierde sorpresa. Y sin sorpresa, caminar se vuelve solo un acto mecánico: poner un pie delante del otro hasta que se termina.
No había novedad visual, no había encuentros inesperados, no había cambios en el clima que alteraran el ritmo. Solo bajar, bajar, bajar. Las rodillas empezaban a sentir el descenso acumulado, ese dolor sordo que aparece cuando llevás varias horas de escalones de piedra y sendero irregular. Pero tampoco era algo dramático; era cansancio normal, el que se espera después de un día largo en montaña.
Pacho me alcanzó a media mañana. Lo vi aparecer desde atrás, con su paso firme y constante. Caminamos juntos un tramo, charlamos un poco sobre el estado del sendero, lo repetitivo del descenso. Después cada uno siguió a su ritmo.
Llegué a Rimche al mediodía, alrededor de la una y media. Había hecho buen tiempo, el descenso no había tenido complicaciones y el cuerpo respondía bien. Almorcé tranquilo: dal bhat, té caliente, sin apuro. La tarde quedaba libre, sin nada que hacer más que descansar y esperar la cena.
Y con eso alcanzaba.
Me senté afuera de la guesthouse un rato, mirando el valle, escuchando el río. Había otros trekkers descansando también, conversación mínima, cada uno en lo suyo. La ventaja de llegar temprano era tener tiempo para no hacer nada, para dejar que el cuerpo se acomodara después de las horas de descenso continuo.
Cené temprano. Dal bhat otra vez, más té, charla breve con un par de viajeros. Nadie tenía muchas ganas de hablar; todos estábamos en la misma: cansados, sin anécdotas nuevas que contar, con la cabeza ya puesta en el siguiente tramo.
Me acosté apenas oscureció. Mañana encaraba hacia Thulo Syabru, un desvío que me sacaría del camino repetido y me metería en un sendero nuevo. El ánimo ya estaba puesto ahí, en lo que venía, no en lo que había sido este día.
No todos los días tienen que ser memorables. A veces el trekking es simplemente avanzar: poner el cuerpo en movimiento, cumplir con el kilometraje, llegar al siguiente punto. No hay reflexión profunda, no hay momento de epifanía, no hay encuentro que te cambia la perspectiva. Solo hay camino, cansancio y la certeza de que mañana va a ser distinto.
El cuerpo sabía qué hacer antes de que la mente despertara del todo. Desayuno mecánico, mochila ajustada por reflejo, botas atadas con la precisión aburrida de quien lleva semanas haciendo lo mismo. Pero había algo distinto en el aire: hoy el camino se bifurcaba. Hoy dejaba de volver sobre mis pasos.
Arranqué con el valle todavía dormido. El sendero empezó en bajada, el mismo que había subido días atrás, pero ahora cargado con otra intención. No era regresar: era salir hacia otro lado. Esa diferencia psicológica lo cambia todo.
Paré en Bamboo casi por inercia. Y ahí estaban: los tres nepalíes que había cruzado el primer día, esos pibes de 19 años con esa mezcla explosiva de inconsciencia y adrenalina que solo tiene la post-adolescencia. Me acordaba perfectamente: habían caminado buena parte de la primera jornada de noche, metiéndose en el bosque oscuro sin linterna decente, sin miedo, sin entender que caminar de noche en montaña es jugarse la vida por pavada.
Los vi acampados al costado del sendero, con una carpa medio desarmada y esa cara de sueño interrumpido que tienen los que durmieron poco y mal. Me saludaron con entusiasmo exagerado, como si fuéramos viejos amigos. Les pregunté cómo les había ido. Me contaron entre risas que habían seguido haciendo lo mismo: caminar hasta tarde, dormir donde agarraba la noche, improvisar todo. Estaban intactos. Esa invulnerabilidad absurda de los veinte años que te hace creer que nada puede salir mal.
Charlamos diez minutos. Les dije que tuvieran cuidado, sabiendo que no me iban a hacer caso. Ellos asintieron con esa sonrisa que dice "sí, sí, tranquilo" pero que en realidad significa "vamos a seguir haciendo lo que se nos cante". Me despedí y seguí.
El sendero continuó siendo el mismo hasta el desvío en Pairo. Ahí el camino giró hacia Thulo Syabru, y todo cambió.
La cantidad de viajeros cayó en picada. De golpe el sendero se vació. Poncho iba más adelante, como siempre, y yo caminé buena parte del tramo completamente solo. Y ahí apareció lo que había extrañado durante días: silencio real, el que no está interrumpido por voces en todos los idiomas ni por grupos con guías gritando instrucciones. Solo mis pasos, el viento suave y el sonido del valle respirando.
El paisaje también se abrió. Salí del bosque denso y húmedo que había dominado los primeros días y entré en zonas más despejadas, con vistas que empezaban a tener profundidad otra vez. Crucé algunos puentes colgantes, esos que se balancean apenas pero que siempre te recuerdan que estás suspendido sobre algo que no perdona errores. Y la subida final hacia Thulo Syabru llegó en forma de escalones de piedra, muchos, empinados, del tipo que te hacen respirar fuerte y parar cada tanto aunque no lo necesites.
Justo cuando terminaba la subida dura, apareció una señora en la puerta de su casa. Me vio pasar y me llamó con un gesto. Tenía al lado una máquina vieja de hilar, de esas que parecen salidas de otro siglo pero que siguen funcionando porque fueron construidas para durar. Me explicó en un inglés entrecortado cómo funcionaba: el pedal, la rueda, el hilo que se iba enrollando despacio mientras ella movía las manos con precisión automática. Me mostró gorros, guantes, pulóveres, todo tejido ahí mismo, con lana que venía de animales que pastaban a pocos kilómetros.
Me quedé un rato viéndola trabajar. No había prisa en sus movimientos, no había performance para el turista. Solo una mujer haciendo lo que había hecho toda su vida, mostrándome su oficio porque le dio la gana, sin esperar nada a cambio. Le agradecí y seguí.
Thulo Syabru apareció más grande de lo que esperaba. No era una aldea de dos casas como tantas otras; era un pueblo de verdad, con calles que subían y bajaban, con gente viviendo vidas normales, sin estar completamente absorbidos por el turismo. Sí, había guesthouses y casas de té, pero también había tiendas locales, niños jugando en la calle, mujeres lavando ropa, hombres arreando cabras. Todo funcionaba con o sin trekkers.
Encontré a Poncho en una de las guesthouses del centro. Paramos ahí a comer y tomar algo. Era un lugar simple: familia tranquila, comida honesta, ese ambiente relajado que tienen los lugares donde no están desesperados por venderte nada. Charlamos un rato, nos pusimos de acuerdo en seguir juntos hasta el próximo punto y arrancamos otra vez.
El camino después de Thulo Syabru siguió subiendo. Cruzamos una o dos aldeas pequeñas donde la vida se veía sin filtro: arroz y porotos secándose al sol sobre mantas extendidas en el piso, cabras moviéndose en grupos desordenados, gente trabajando en sus campos con esa concentración que no se detiene cuando pasa un extranjero. Y las vistas ya eran, directamente, alucinantes. El valle se abría completo, las montañas nevadas empezaban a aparecer otra vez con claridad, y el aire tenía esa limpieza seca que solo existe en altura.
Habíamos visto con Poncho, días atrás, un albergue que tenía buenas calificaciones online: Sary Cottage. Decidimos intentar llegar ahí. Y cuando apareció, después de una última subida larga, supe que habíamos acertado.
El lugar era espectacular. No en el sentido turístico de la palabra, sino en el sentido real: un albergue construido con madera y piedra, ventanas grandes que daban directo a las montañas, limpio, ordenado, con ese cuidado que solo ponen las personas que viven en su propio negocio y no dejan que se les caiga. Todo absolutamente local, sin concesiones estéticas para el viajero occidental. Budista hasta los huesos.
La señora me recibió con un abrazo. Así, sin más. Un abrazo real, cálido, del tipo que te desarma porque no lo esperabas. Me mostró la habitación, me ofreció té caliente, me trajo el menú escrito a mano en un cuaderno gastado. Y después se sentó conmigo a conversar.
Hablaban poco inglés, ella y su marido. Pero eso no frenó nada. Con gestos, con palabras sueltas, con esa paciencia que tienen las personas que no necesitan apurarse, me contaron su vida. Poncho estaba en su habitación, conectado como siempre con María, su novia. Yo aproveché esa soledad para quedarme ahí, sentado con ellos, sin prisa, dejando que la conversación fluyera a su ritmo.
Me explicaron cómo preparaban el queso de yak, todo orgánico, todo local, sin ningún proceso industrial. Me hablaron de sus tres hijos: dos mujeres casadas que vivían en los pueblos de sus maridos, y un hijo también casado que se había mudado a Katmandú. Me mostraron fotos viejas, borrosas, de cuando los chicos eran pequeños. Me explicaron cómo funcionaba la vida en la montaña, las estaciones, los ritmos, las dificultades, las alegrías simples.
Y yo solo escuchaba.
No había nada forzado en esa conversación. No era la típica charla de guesthouse donde el dueño te cuenta lo mismo que le contó a otros cien viajeros. Era real. Eran dos personas abriéndome la puerta de su mundo porque habían decidido que yo merecía entrar.
Cenamos juntos. Comida simple, casera, hecha con las manos de la señora: dal bhat perfecto, verduras que venían de su huerta, té que sabía distinto a todos los que había tomado antes. Poncho estaba ahí también, pero cada uno procesaba la experiencia en silencio. A veces las mejores noches no necesitan muchas palabras.
Me acosté en una cama dura pero limpia, con mantas gruesas que olían a lana recién lavada, y miré por la ventana las montañas recortadas contra el cielo oscuro. Y pensé que esto, exactamente esto, era lo que había venido a buscar al Himalaya. No las cimas, no las fotos perfectas, no la lista de pueblos tachados en el mapa. Esto: ser recibido como persona, no como turista. Ser tratado con dignidad, con afecto, con esa hospitalidad que no pide nada a cambio.
A la mañana siguiente me desperté con el sol entrando por la ventana. La señora ya estaba preparando el desayuno. Bajé despacio, todavía con sueño, y me senté en la mesa. Ella me sirvió té, pan tibio, huevos frescos. Y después, sin decir nada, fue a buscar algo a otra habitación.
Volvió con su marido. Los dos traían una tela blanca, doblada con cuidado. Se acercaron, me la pusieron en las manos, y pronunciaron unas palabras en nepalí. Después me explicaron en inglés entrecortado: era para protección en la montaña. Un regalo budista, una bendición. Me dijeron que si uno respeta la montaña, la montaña te cuida. Me lo dijeron con una seriedad absoluta, sin ningún rastro de performance ni de folclore vendible. Lo creían. Y en ese momento, yo también lo creí.
Me quedé con la tela en las manos, sin saber qué decir. Les agradecí varias veces, con torpeza, sabiendo que ninguna palabra iba a ser suficiente. Ellos sonrieron, me abrazaron otra vez, y me despidieron con esa calidez que solo tienen las personas que entienden que los caminos se cruzan una vez y después se separan para siempre.
Salí del Sary Cottage con la mochila más liviana y el pecho más pesado. Poncho estaba esperándome afuera, listo para seguir. No hablamos mucho. Él también había sentido lo mismo.
A veces uno viaja buscando montañas y encuentra personas.
A veces las mejores decisiones son las que no estaban planificadas: parar en un albergue por una reseña online y terminar siendo recibido como familia.
A veces un día entero se resume en un abrazo, en una conversación difícil pero honesta, en una tela blanca que cargás en la mochila como si fuera oro.
Este fue uno de esos días.
El día que el valle me dejó entrar de verdad.
El día que entendí que el Langtang no era solo un trekking.
Era una puerta. Y yo acababa de cruzarla.
La despedida de Sary Cottage no fue silenciosa; fue radiante. Salí a recibir el sol bien antes del desayuno, buscando el calor que prometía disipar el frío de la altura. Lo que encontré fue una vista que te doblaba.
La claridad de la mañana había barrido la neblina, revelando la silueta de una cordillera inmensa, justo al frente. Cuando el dueño del lodge se acercó con el té y la calma que lo caracterizaba, le pregunté por esos gigantes nevados. Él sonrió, y susurró: "These are the Tibet Mountains."
Me quedé inmóvil, parado en Nepal, viendo la tierra que me había negado. En ese instante, el viaje dejó de ser una ruta más. Se sentía como una tomada de pelo épica. La montaña me había dado un regalo: una vista espectacular de esa frontera sellada, enseñándome que lo buscado a veces aparece cuando ya has renunciado a buscarlo.
Ir al Tíbet es uno de mis mayores anhelos, pero las restricciones chinas para viajar por libre lo hacen imposible... Lo había descartado por completo. Y sin embargo, ahí estaba, desde el lado nepalí, viendo esos picos himalayos que tanto había querido conocer. Fue un momento de profunda soledad y gratitud.
El camino se puso de rodillas después del desayuno. El afecto del día anterior se cambió por una rudeza implacable. La ruta era ahora solo una paliza hacia arriba, diseñada para ganar metros sin preguntar. Chalangpati fue un hito de paso, un pretexto para tragar aire y continuar.
La vegetación se achicó, se hizo ocre, se rindió a la altura. Yo seguía a mi ritmo, que era el ritmo de la cámara; Poncho, más disciplinado, se perdía adelante. En esa extensión pedregosa, cerca de Laurebina, fue donde crucé a Nih. El encuentro fue mínimo, una sonrisa fugaz que traía la calma de Vietnam, un recordatorio humano antes de que la naturaleza se hiciera completamente hostil.
Y hostil como una patada fue el tramo que siguió hacia el Gosaikunda Base Camp. Al ganar la altura definitiva, me enfrenté al viento. No era un aire frío, era un tipo que te empujaba. Me golpeaba de costado, me robaba el equilibrio, y me obligaba a encorvarme, transformando cada avance en una lucha personal. En esa soledad, el viento te decía: te estoy dejando pasar, pero el peaje es caro.
Y sin embargo, la recompensa era brutal.
Al coronar la subida, la violencia del viento se detuvo. Apareció el dominio de los lagos. Espejos de altura que comenzaban a anunciar el santuario principal. Sus aguas eran de un azul oscuro, fuerte y elegante, un tono profundo que solo existe a esa altitud, rodeado por los colores otoñales de la tundra. Era la calma después de la batalla, un lienzo de quietud en medio de la inmensidad rocosa.
Llegué al Base Camp fatigado por el esfuerzo y el frío. El pueblo, lleno de peregrinos que solo hacían este tramo, ofrecía un contraste con la soledad del día anterior.
Pero la tarde estaba reservada para la devoción. Con Poncho, caminamos hacia el Lago Gosaikunda. A pesar de la fatiga, ese lago sagrado, vasto y ceremonial, exigía un esfuerzo final. Era el final de un peregrinaje personal. Entre las ofrendas de piedra y las banderas de oración que batían su mantra contra el viento residual, nos movimos en un silencio que se imponía por respeto.
El lago era imponente, su azul oscuro absorbía la luz del atardecer. Estaba en un lugar de una majestad casi dolorosa.
Esa noche, bajo mantas que olían a lana limpia y dentro de un saco de dormir que me salvó de la congelación, pensé en la transición. Un día antes había sido la calidez inesperada del ser humano. Hoy, la fría, implacable, pero honesta grandeza del Himalaya.
A veces, se viaja buscando la cumbre, y el camino te regala una frontera. A veces, la mayor lección no está en lo que te dan, sino en la lucha que te obligan a librar para llegar al silencio. Y ese silencio, esa majestuosidad de un azul oscuro, me preparaba para el verdadero espectáculo que esperaba, un poco más arriba, con el sol del mañana.
El trek de Gosaikunda era la puerta de entrada a la belleza más cruda del Himalaya.
La noche anterior, los locales nos habían dado la única información que importaba: la verdad sin adornos. El Laurebina Pass tenía nieve y nos exigiría un respeto absoluto. Había que atacarlo temprano, antes de que el viento del mediodía se pusiera jodido y convirtiera el hielo en una trampa. La recompensa, aseguraron, sería una vista excepcional gracias a los días de sol que se avecinaban.
Esa certeza, la que sale de quien vive en la montaña y lee el clima como una biografía familiar, valía más que cualquier mapa digital. La sabiduría ancestral contra la especulación algorítmica. La máquina es útil, pero solo el hombre sabe dónde poner el pie. Con esa guía me até los cordones y dejé que Poncho se adelantara.
Yo iba a mi ritmo, consciente de que ese día el esfuerzo sería lento y constante. El primer tramo fue un engaño amable, un calentamiento suave antes de que la pendiente nos tragara. Y después, la montaña, generosa y dramática, nos entregó el azul.
Primero, la aparición del Gosaikunda. Ahora, con el sol de la mañana pegándole directo, el lago era una descarga eléctrica sobre la tierra. Su azul era intenso, vivo, agresivo de tan hermoso, rodeado de picos que superaban fácilmente los 4.500 metros. Parecía una herida geológica, profunda y sangrante de majestad. Me detuve una y otra vez. Sabía que ninguna lente capturaría esa temperatura del color, pero la necesidad de robarle un fragmento a ese instante era incontrolable.
Luego vinieron los lagos menores. Mini espejos de un mismo azul profundo, casi secretos, escondidos entre las rocas y la tundra ocre. El silencio que flotaba sobre ellos no era solo ausencia de ruido; era la presencia aplastante de lo inmenso, que te obligaba a la reverencia. Era como si la montaña te hubiese concedido acceso a un santuario privado.
Y entonces, la nieve. No era mucha, pero cambiaba el equilibrio. Pedazos de nieve dura, compacta, cubriendo el sendero y brillando bajo el sol como cristales molidos. Sin crampones, las huellas marcadas por trekkers anteriores eran nuestra única cartografía. Me concentré en ellas. La atención se volvió monacal, reduciendo la existencia a ese instante: pisar bien, no apurarse, respetar el terreno. No había peligro, pero sí una exigencia constante.
El Laurebina Pass apareció después de una subida final que me dejó completamente vacío. Me desplomé de pie, usando mi respiración como ancla. Lo que tenía enfrente era directamente increíble: un lago abajo, rodeado de picos que parecían esculpidos en hielo y silencio, con un cielo tan limpio que daba vértigo. Era de esos segundos donde la belleza es tan brutal que duele. El cuerpo procesaba la altura, el esfuerzo; el alma, el paisaje. Hice la pausa, respiré, y solo después saqué la cámara.
Y en medio de esa perfección, vino el golpe. Pisé hielo sin darme cuenta y me fui al piso como un fardo. Un golpe seco. Un corte chico en el codo, nada grave. Más humillación que dolor. Me levanté al toque, sacudí la nieve del pantalón y seguí. Ahí arriba no hay espacio para el drama; solo para la continuidad del paso.
Poncho me esperó en la cima y arrancamos la bajada. La primera parte fue una paliza mental. Pura escalera de piedra: escalones irregulares, infinitos, que te queman la cabeza más que las piernas. Era la bajada de la penitencia, ese esfuerzo que te obliga a estar presente en cada músculo, porque la distracción se paga. Lo alcancé a Poncho, él hizo su ritual de té y descanso. Yo decidí continuar.
Lo que vino después fue una nueva forma de cansancio: la desesperación por la lógica. Subidas y bajadas continuas, sin pausa, sin un patrón que el cerebro pudiera aceptar. Fue el tramo más agotador mentalmente de todo el trek. No por la dificultad, sino por el ritmo machacante, por esa sensación de estar atrapado en una cinta sin fin que nunca te acerca realmente a la meta.
Llegué a Gopte. Reservé habitación y puse mi ropa al sol. Estaba demasiado agotado para lavar. Durante las horas siguientes, el albergue se llenó. Primero llegaron Alfonso, un catalán con la energía relajada de quien lleva meses viajando en solitario, y Shankar, su guía nepalí, de quien supimos tenía un hijo monje budista de nueve años, algo que mencionaba con un orgullo silencioso y profundo. Eran los nuevos compañeros de ruta. Después llegó Poncho. Y más tarde Nih, con esa tranquilidad que ya le conocía desde el encuentro en Laurebina.
Con Alfonso, Shankar, Poncho y Nih compartiríamos el resto del camino.
Antes de cenar, salimos todos a ver el atardecer. Y fue el momento que justificó semanas enteras de viaje: un colchón de nubes blancas, espesas, extendiéndose hasta el horizonte, y el sol hundiéndose en ellas como si se estuviera apagando en algodón. Las montañas asomaban por encima, islas nevadas flotando en un mar blanco. Era la imagen que había buscado sin éxito en Argentina y Perú. Siempre esquiva, siempre prometida. Ahora, finalmente, se realizaba. Valió la pena.
Nos quedamos ahí afuera hasta que el frío nos obligó a entrar. El calor del fogón nos recibió como un abrazo. Cenamos todos juntos en la mesa grande. Ahí arriba no hay jerarquías. Turistas, guías, dueños de lodge: todos comparten el mismo frío, la misma comida, las mismas historias. Y ahí fue donde empezó la conversación que era la verdadera recompensa del día, el clímax genuino del viaje. No sobre los picos, sino sobre la vida.
Nos contaron las diferencias entre las culturas Sherpa, Tibetana y Tamang. No eran datos; eran formas vivas de entender la tierra a 5.000 metros. Pero lo más impactante vino del hombre que nos servía el té. Nos contó la regla no escrita de los albergues: la condición para mantener el negocio abierto es nunca, jamás, dejarlo solo. Tiene que haber alguien, siempre, incluso cuando no pasa nadie.
Nos reveló el costo de esa regla: cinco meses abajo con su familia y siete meses aquí, en el frío extremo de Gopte. Cinco abajo, siete arriba. Año tras año, el mismo ciclo. Nos habló de la soledad blanca del invierno, cuando la única tarea es mantener la lumbre encendida porque el frío te congela los huesos y te roba la voluntad. No lo decía con pena, sino como quien describe un mandato. Pero la verdad detrás de esa rutina era brutal: una fidelidad casi religiosa a la montaña, un sacrificio silencioso que mantiene la red de supervivencia activa para todos los que caminamos por ahí. No era la escena de una tarjeta, sino el motor que hacía posible el camino.
Me fui a dormir con la cabeza llena de esas historias. No de cumbres ni de lagos, sino de la vida real que mantiene vivo el camino. El cuerpo satisfecho de una forma rara. Mañana tocaba seguir bajando. Pero algo me decía que lo mejor todavía no había terminado. A veces los finales tienen más peso que los principios. Y a veces, la despedida es tan importante como la llegada.
La noche fue una pesadilla acústica. Me despertó un estruendo abrumador, más propio de la maquinaria pesada que de un cuerpo durmiendo. A las tres de la mañana, los ronquidos de Shankar se habían convertido en un fenómeno sísmico que hacía vibrar la madera del lodge, un motor de tractor en la habitación contigua. Tuve que levantarme, muerto de frío y sueño, y pedir un cambio. Al otro día hubo risas, pero en el momento fue una tortura impuesta que terminó por forzar una huida temprana.
Dejé atrás el frío glacial. La ruta se abría ante mí como una promesa de aire más denso y suave. El día era de descenso, casi 1.700 metros de desnivel para abandonar los picos y hundirse en el abrazo de zonas más templadas. El grupo estaba consolidado, pero el ritmo seguía siendo sagrado: individual. Cada uno debía tragarse sus 18 kilómetros a su aire. La reunión, sabíamos, era al final.
Los bosques reaparecieron. El aire se hizo más húmedo, portador de aromas de tierra y musgo, y el paisaje alpino fue cediendo a una vegetación exuberante. En el camino hacia Thadepati, alcancé a Alfonso y Shankar. El pueblo era un mirador inmenso, un balcón colgado del Himalaya. Paré, charlamos un poco de boludeces, intenté robarle algunas tomas al paisaje y al pueblo. Ellos querían quedarse un rato más; yo seguí mi ritmo solitario.
Al salir de Thadepati vino el juego de la montaña. Dos senderos se bifurcaban: uno por abajo, bordeando la ladera con una vista mezquina y limitada, y otro por arriba. Elegí el de abajo, caminé cien metros y sentí que la vista era bruta, sin poesía. Volví sobre mis pasos. Y entonces, al tomar el camino alto, hice lo inesperado: sumé otro pico a la cuenta. La subida extra, caprichosa, me regaló una perspectiva espectacular que compensó la fatiga. Fue un pico emocional, más que geográfico.
Continué mi ruta. En un pequeño caserío, hice una pausa para charlar con la hermana de la señora de Sary Cottage, probando que el mundo del trekking es un pañuelo de coincidencias humanas. Le saqué una foto con su hija y se la mandé a la familia por WhatsApp, un pequeño gesto que usaba la tecnología para cerrar un círculo afectivo. Poncho se quedó ahí a comer; yo continué tranquilo sendero abajo hacia Kutumsang.
La última etapa fue un castigo final para las rodillas. Una bajada brutal de escaleras de cemento, un sinfín que te sacaba de la naturaleza para dejarte caer de golpe en la civilización. Llegué a Kutumsang. El albergue era, una vez más, propiedad de la red familiar: la hermana del señor de Sary Cottage. El pueblo ya tenía otro aire: más turistas, más opciones, menos soledad.
Todo el mundo preguntaba por Nih. Ella llegó a las 16 hs y se convirtió en la persona más popular del trekking, todos querían su atención. Cuando finalmente me senté a charlar con ella, me contó su historia: se había graduado en Estados Unidos, pero era originaria de un pueblito en la zona de Hue, Vietnam. Y como todo vietnamita, extrañaba fuerte a su familia y su comida. Lo entendí; ese país me enseñó la fuerza de los lazos familiares en los poblados pequeños. Charlamos de su vida en EE. UU., de sus objetivos. La insulté por sus solo 24 años, lo que me generó una envidia total. Su juventud y su historia eran otro recordatorio de que en la montaña se cruzan mundos enteros.
Después hubo una cena masiva, si se la compara con la soledad compartida de los últimos dos días. Había otros españoles y nepalíes, pero lo importante es que Kutumsang tenía aire de pueblo funcional, no de comuna de tres casas. Los precios eran súper baratos, y la sensación era clara: el regreso había comenzado. Quedaban solo dos días para el final. En Kutumsang, se cerraba la etapa de la altura para darle paso a la nostalgia de la despedida.
La mañana en Kutumsang se sintió definitiva. Después de la cena masiva de despedida de la noche anterior, nos despedimos de Alfonso y Shankar, que tomaron su propio camino de regreso al valle y finalizaron allí su ruta. El grupo se reducía, quedando solo Poncho, Nih y yo para el tramo final. El cuerpo sentía la promesa de la bajada, aunque la ruta fuera a ser una mentira de sube-baja constante.
Dejé Kutumsang bien temprano. Caminé un buen tramo con Poncho, en un silencio compartido que ya era familiar. El paisaje no era el de los picos nevados; era la antesala del valle, la zona cero de la civilización. El cambio era brutal y tangible. Los pueblos se habían agrandado, estaban plagados de niños que nos saludaban con una alegría ruidosa, y las rutas ya mostraban el tránsito de colectivos y motos. Los Himalayas se veían, sí, pero lejanos, como un recuerdo glorioso que se alejaba. Era la última vista de la inmensidad antes de la saturación de la ciudad. El camino en sí fue tranquilo, una caminata sin grandes exigencias físicas.
A las doce del mediodía, la monotonía de la ruta nos separó. Poncho paró en un comedor para su ritual de media mañana. Yo seguí solo. Y fue ahí donde la montaña, como última broma, me presentó un obstáculo inesperado. Tuve que atravesar un camino de selva, una subida repentina plagada de barro espeso. La humedad era asfixiante, el aire pesado. La subida, aunque corta, exigía tracción total. Mis botas lo hicieron fácil, pero el esfuerzo era una recordatorio de que la naturaleza no se rinde sin dar una última pelea.
Físicamente me sentía excelente, con un ritmo constante que me llevaba a pasar por delante de hoteles en medio de la nada con vistas alucinantes, a los que decidí ignorar. Mentalmente, el cansancio ya pesaba, pero mi condición era buena. Alrededor de la una y media llegué a Chisapani. Me detuve en una guesthouse hermosa y tranquila. Pedí un café con leche, descansé y almorcé. Pasé dos horas en un debate interno: ¿Seguir hasta Sundarijal y tomar el bus a Katmandú, o quedarme y saborear la última noche en la montaña?
Al final, la melancolía del final y la química del grupo decidieron. Preferí quedarme. Preferí esperar a Poncho y a Nih, que venía a su ritmo pausado, tranquilo y a pura sonrisa. El último día, fácil y plano, valía más hacerlo juntos en un bus público hasta la ciudad.
En esa primera soledad me crucé con un señor inglés, de unos 65 años, con una mochila ridículamente pequeña. Me dijo que yo era el primer extranjero con el que cruzaba. Era un tipo de viajero raro para un inglés, que suelen buscar ambientes más controlados. Este señor era la excepción: me contó historias de sus trekkings más antiguos, de sus hijos, y de su difunta esposa, en un diálogo íntimo y franco que no esperaba. Era la última persona solitaria en la montaña antes de la cena de bienvenida.
Por la noche, mientras cenábamos, se unió a nuestra mesa un hombre con su guía. Cuando le dije que era argentino, me tiró un "che boludo" con una tonada casi perfecta. Era de origen iraní, vivía en Suiza y había trabajado en complejos petroleros del sur de mi país. Se sumó a la mesa con Poncho, Nih y yo, y enseguida habló de los argentinos. Explicó que allí era conocido como "el turco", esa clásica forma que tenemos de identificar a las personas en mi país, y aclaró que entendía, aceptaba y tenía claro que no significaba absolutamente nada relacionado con el racismo.
La conversación se desvió hacia temas globales. Le dije que tenía muchas ganas de conocer Irán, pero que los ataques recientes de Estados Unidos e Israel hacían imposible la entrada sin una agencia. Charlamos sobre esos temas delicados y los cuatro terminamos coincidiendo en nuestra preocupación sobre lo que pasaba en Gaza. El "turco iraní" se despidió y nosotros nos fuimos a dormir también. Había sido una jornada de esfuerzo físico leve, pero de una densidad humana extraordinaria.
El camino que quedaba era corto, tranquilo y plano, a través de un parque nacional. Habíamos decidido hacerlo todos juntos a un ritmo tranquilo y cansino. El trekking estaba llegando a su fin, pero la mejor parte de la historia se había escrito en esa última cena global.
La última mañana en Chisapani se sintió extrañamente liviana. El camino por delante era de apenas dos o tres horas, una pavada total, un descenso suave. Ya no había desafíos épicos, solo la nostalgia inminente. El grupo (Poncho, Nih y yo) partió sin prisas, adentrándose en el Shivapuri-Nagarjun National Park. La caminata, si bien sencilla, se convirtió en una charla íntima y constante. El cansancio se había ido, dejando espacio para la melancolía del fin y la necesidad de vaciar las historias. Hablamos de todo: familia, amigos, planes futuros. Éramos tres viajeros coincidiendo en la ruta, compartiendo la versión más honesta de sí mismos antes de que la vida diaria nos reclamara.
El Parque Nacional era un oasis de selva húmeda y densa, un último respiro bajo un dosel de hojas. La caminata fue fácil, pero el aire era pesado de humedad y aromas terrosos. El sendero nos escupió sin ceremonia en Sundarijal. No hubo portal mágico, solo el ruido repentino de la civilización. Estábamos con la duda de almorzar ahí o en Katmandú, y optamos por la ciudad, apurados por terminar la transición.
Y entonces vino el bus público. El golpe fue total. Pasamos del silencio del bosque a la saturación sin filtros. Nos subimos a un colectivo viejo y roto, hacinado, que apenas se movía en el tráfico atascado de Katmandú. Volvió el ruido ensordecedor, el smog denso, el desorden vial que te recuerda dónde estás. Si bien uno quiere terminar el trek, el choque con la realidad te obliga a replantearte todo. La mía era clara: la intensidad de Katmandú me recordaba que mi siguiente paso era volver a la locura de la India, a vivir experiencias en uno de los países más únicos y extremos del viaje.
A pesar del agotamiento, la conexión creada en la montaña no se rompió con el asfalto. Quedamos en salir a comer esa misma noche. Y no lo hicimos una, sino dos veces. La primera fue un restaurante italiano: pizza y cerveza, nada más que pedir. Nih, fiel a sus costumbres vietnamitas, tuvo que agregarle picante a su pizza para poder sentirle el gusto. Aproveché para recordarle que el único país donde vi gente tomando cerveza con hielo era en el suyo, una falta de respeto a la moral líquida, lo que hizo reír a Poncho, que me dio la razón. Eran bromas sencillas, pero valiosas, que sellaban la amistad.
El trekking había terminado. Los once días nos habían llevado a través de la belleza implacable de los picos, la brutalidad del clima, y la calidez inesperada de la gente local. Pero lo más importante de la ruta no fueron los 4.500 metros de altura ni los kilómetros recorridos. Lo que se cargó en la mochila fue la certeza de que el viaje más profundo es siempre el que se comparte. La montaña te enseña la humildad, el sendero te da perspectiva, y el grupo te recuerda por qué la vida vale la pena.
Langtang no me recibió con los brazos abiertos. Me confrontó primero. En cada piedra que recordaba el terremoto, en cada mirada que había visto desaparecer un pueblo entero, en cada sonrisa que escondía dolor. Pero cuando me aceptó –después de escuchar sus historias, de compartir su té con sal, de respetar su duelo–, me entregó algo más valioso que cualquier paisaje: la lección de que la vida siempre vuelve.
Caminé diez días entre montañas que guardan memorias de 300 almas perdidas. Entre pueblos reconstruidos piedra por piedra por manos que no se rinden. Entre gente que te mira con la sabiduría de quien perdió todo pero eligió seguir. Y cuando cruzás esa línea invisible, te muestran su verdad. Te señalan donde estaban sus casas, te nombran a sus muertos, te ofrecen queso hecho en las mismas tierras que los enterraron.
Los tamang resumen todo: un pueblo que podría haberse ido pero eligió quedarse. Reconstruyen, sí. Pero nunca olvidan. Eso es Langtang: un territorio que prefiere recordar antes que fingir que nada pasó.
Me voy con el corazón pesado, la mochila llena de historias prestadas, y la certeza de que estos diez días me enseñaron más sobre la fuerza humana que cualquier libro de superación. Kathmandu me espera. Pero una parte de mí ya se quedó en este valle, escuchando ecos de risas que ya no están, entendiendo que hay heridas que no cierran pero se transforman en fortaleza.